Lagunas, de Germán Parmetler

Germán Parmetler: Lagunas.
Viceversa, 2011. Cuentos.

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El caso presenta de entrada dos datos importantes. Por un lado, se trata del primer libro de Germán Parmetler, chaqueño nacido en 1981, docente, cantor y letrista que reside actualmente en la provincia de Buenos Aires. Por otro, vale decir que Lagunas forma parte de un proyecto nuevo y novedoso llamado Viceversa: nuevo porque hasta la fecha éste es su cuarto título publicado (aunque se anuncia la salida de dos más en los próximos meses), y novedoso por la propuesta de hacer conocer y promocionar autores del interior del país sin la urgencia prematura que muchas veces sugiere el monstruo editorial porteño. Viceversa nació como un proyecto que pretende federalizar la edición de libros sin la necesidad de pasar por Buenos Aires, aunque sus títulos también se distribuyan en la Capital. La iniciativa, conjunta, está a cargo de la editorial cordobesa Recovecos y de la chaqueña Cuna, y Lagunas es, también, hasta hoy, el primer volumen de cuentos que ha visto la luz bajo este sello.

El libro está compuesto por once cuentos que oscilan entre las cuatro y las doce páginas. Desde la contratapa se anuncian historias realistas y costumbristas que suceden en un tiempo vuelto presente ansioso, y que buscan evocar una estampa cotidiana y formas del habla: hay padres e hijos en silencio, testigos de accidentes, madres e hijos esperando a extraños, matrimonios corroídos, hijos que observan el umbral de la adultez, posibles nuevos amantes; personajes que se reflejan en el vacío de pantallas sin luz. Las historias, entonces, más allá del rótulo usado para el corsé del análisis, refieren a la gente común. No hay márgenes que sobresalgan, ni tampoco personajes marginales o informantes de algún tipo de borde y, de hecho, ni siquiera el lugar (la línea transversal que recorre el libro, desde su título) admite tal lectura, o algún destello extraordinario. Aunque suene repetido, es un libro que habla de gente común viviendo y sobreviviendo la extrañeza en las vicisitudes del día a día, de las relaciones y de los conflictos mudos. Un pueblo común, con gente común, que funciona, ante todo, como el termómetro mismo de los cuentos: una laguna parece estancarse dentro de cada personaje, así como la situación climatológica de cada historia interviene en el núcleo de la tensión humana (cuando llueve, llueve).

Al igual que lo que ocurre con los libros de cuentos pensados con la región más útil y rendidora de la inteligencia, cada recorte del universo Lagunas se intuye como retazo de un universo más amplio. Y tal como ocurre con la herencia de toda literatura bien asimilada, en cierto punto es posible interpretar estos cuentos como un sincero homenaje de lectura. Parmetler parece rescatar algunos elementos distintivos de grandes historias de narradores norteamericanos, para así elaborar su relato según el propio mundo de interrogantes. Como en todo buen homenaje, el valor aquí radica en el trabajo sobre la voz propia: Parmetler no busca reproducir un tono y una respiración mediada y ya gastada; esto es, la paradoja que se ha dado en muchos narradores jóvenes de “tomar prestados” el tono y la sintaxis de una prosa traducida (escribir como el editor, y no como el narrador admirado). Parmetler busca, en cambio, reproducir una forma de concebir la escena, y un modo de admitir sensaciones oscuras (en conjunto, casi una cultura del realismo sucio norteamericano), sin dejar de darse algunas pequeñas licencias en la particularidad de las voces y en las intervenciones reflexivas.

Dentro de esta interpretación, hay aromas agradables para quienes disfrutan del abanico de los narradores mencionados. Partiendo de la naturaleza de los títulos, rebuscados e “interrogados” a la mejor manera carveriana, es agradable el reconocimiento de ciertos elementos que componen las historias: como si se tratara de ingredientes de batallas multiplicadas, se distinguen las esquirlas del famoso “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?” en “¿A qué hora dijo Ester”?, así como se intuye la posibilidad de un homenaje al misterioso protagonista de “¿Por qué no bailais?” (también de Raymond Carver) en el cuento “Flamencos en celo tras conejos enormes”.

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El respeto a la chatura (del agua)

La idea de lo mejor como algo, en realidad, resignado, recorre la raíz de casi todos los cuentos. Esto no pretende más que reflejar la pulpa íntima de la apatía: mejor no, para qué, si, pasara lo que pasara, con viento a favor o no, el resultado hubiese sido el mismo o peor. Apatía, entonces, es: nadie arriesga nada. En Lagunas pareciera que todos los personajes, tácitamente, piensan lo mismo, y así es como modelan, sin explosiones, la chatura que impera.

En el cuento “Mejor”, el título ya expone la ironía: una familia achanchada, un sábado más en el mundo de la ciudad, debate su tiempo entre la ida al hipermercado para hacer las compras y la muerte de la mascota del hogar. La sensación tensa que se percibe entre el hombre y la mujer no termina de sorprender tanto como la chatura del día, que pulsa su latido en la opresión del clima hasta el posterior “alivio” (sólo una forma de desnudar el patetismo) con la llegada de una tormenta. En la resolución del cuento, la presencia de un chaparrón se configura como una maniobra del entorno para descomprimir, o desocultar, la inestabilidad conyugal; en el intento de no decir, la atmósfera se coloca por delante de las personas justo cuando lo debe hacer, no como un salvataje para la trama sino como una decisión coherente con la estética asimilada, y con una tradición de dramas y silencios cotidianos. En el fondo del cuento lo que queda es el agua que lava, y la posibilidad de un perro muerto (una posibilidad definitiva) de no formar más parte de un orden de valores gastados. El valor que Parmetler le imprime a la historia se sintetiza en una búsqueda lapidaria y real: morir para aliviar.

Y entretanto, como una forma de seguir respirando, la ternura. El mismo Carver supo escribir en el final de un poema:

Creemos adivinar los sentimientos del otro,
no podemos, por supuesto, nunca podremos.
No tiene importancia.
En realidad es la ternura la que me interesa.
Ése es el don que me conmueve, que me sostiene,
esta mañana, igual que todas las mañanas.

En “Alas”, el cuento más largo del libro, sobresale mucho más la relación subordinada entre un hombre grande y su amable mujer, a la relación principal, sostenida por ese mismo hombre, en su rol de padre, y su hija ya adulta. Padre e hija no se conocen, y por esa razón acuerdan para encontrarse por primera vez en un bar de un aeropuerto. El cuento soporta la ausencia del amor filial, y la frialdad consecuente, con la ternura y la tibieza de la edad ya avanzada que llevan con dignidad el hombre y su compañera. El cuento “Está para comer torta frita”, a su vez, se ofrece como el cuento más blanco y corto del libro, junto a “¿Qué gustos en uno?”: en el primero reina un filo de inocencia previo a la oscuridad; en el segundo, la ternura se endurece como las patas de la cama que recibe a los personajes y se vuelve el sostén de la escena. Una ternura que opera de a gotas (o parece operar) con inteligencia, para no caer en el pozo de una discusión moralista, sin la confianza de dos personas que recién empiezan a conocerse. ¿Por qué resaltar el mérito de una escena de tan pocas páginas? Porque muestra el destello del conocimiento en una chispa. Foucault escribió alguna vez, citando a Niesztche, que el conocimiento, nacido de una confrontación, es el brillo que surge del choque de dos espadas. En este cuento, el conocimiento del otro se esconde en una conversación leve entre un hombre y una mujer que acaban de hacer el amor; es decir, la verdad rebota entre una confianza incipiente, una relajación bien ganada, una moral superyoica y, por último, una ternura palpable. Como en el amor (la confrontación máxima), cualquiera de estas definiciones es sólo transitoria, y por eso la pequeñez de un cuento puede hacer que, sin embargo, se traduzca en intensidad pura.

Una sensación hermana de lo anterior brota en “El cerrajero”, primer cuento en orden de aparición. La escena final quizás sea uno de los puntos más altos del libro. Allí se encuentra un diálogo entre una madre y un hijo (ya padre) absolutamente preciso, que respeta los picos de paciencia y desencanto característicos de la relación y que genera un potente efecto de verosimilitud. “El cerrajero” es un cuento admirable, tanto por la densidad del clima logrado y el manejo y la explosión de la escena cumbre como por, sobre todo, el espíritu de los personajes. Quizás sea esa madre la única que presiente, y que absorbe con sus gestos, el calor del verdadero poder destructivo. Un poder que, pese a la chatura del agua, late en las modulaciones de la luz, y en los restos del tiempo.

“Un santo diferente”, el último cuento del libro, parece ocupar su lugar de importancia y cierre por la combinación entre una primera persona puesta en relieve, de momentos alternados entre narración y reflexión, y un tiempo verbal que muchas veces es consecuencia de lo anterior: la narración en presente. El cuento cierra el libro con un resultado un poco ingenuo, intentando lograr un efecto irónico que no termina de constituirse del todo por la afectación misma del narrador. La historia, en ese sentido, gira en torno al protagonista: un profesional sin (supuestas) deudas materiales ni intelectuales. El libro termina, así, con un personaje que exalta lo seguro y lo llano, pero su monólogo (su voz) no alcanza el nivel de gravedad que otras historias sí logran desde el silencio, la elipsis y, como corolario natural, la sugerencia. Quizás aquí el autor se haya acercado, voluntariamente o no, a un intento de homenaje para con otra eminencia del realismo yanqui: John Cheever, narrador que trabajó para desenmascarar la angustia de base de lo que seguimos llamando clase media. De hecho, un personaje del cuento se llama Chíver. Los trazos que modelan el ambiente pulcro de la vida del narrador, su afectada energía conservadora, su imposibilidad para asimilar la decadencia latente, y sobre todo ciertas escenas precisas de alternancia entre una acción y otra, lo acercan sin mucho éxito a un cuento paradigmático en la obra de Cheever, “El marido rural”, y quizás eso atente contra la unicidad y el peso que exige el cierre de un libro así, bien pensado. Pero también es cierto que eso no alcanza para lastimar la idea general, sincera y sólida. Lagunas es un libro honesto en su factura y en su búsqueda, que augura una expansión y futuras réplicas. O ése es mi humilde deseo. Otros textos del autor, igual de ricos, igual de sucios.

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2 respuestas a Lagunas, de Germán Parmetler

  1. candelita jaimez dijo:

    el corsé del análisis…una autopsia impresionante del libro , concibo la escena como la leccion de anatomía de Rembrandt.. excelente querida oveja.

  2. Shapewear Men dijo:

    Después de ver este blog, a mi si me interesa leer ese libro, sobretodo me llamo la atención eso de ” conflictos mudos”, ya los libros de suspenso que trae mi esposo me tienen cansada!!

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