Nivel medio, de Sergio Gaiteri

Colaboración de Pablo Dema~ |

Sergio Gaiteri: Nivel medio.
Raíz de Dos, 2010. Novela.

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En los últimos dos o tres años se han generado algunos acontecimientos que permiten hablar de la existencia de una nueva generación de narradores en la provincia de Córdoba. Alrededor de una decena de autores han sacado sus primeros libros (principalmente de cuentos) en editoriales cordobesas y de Buenos Aires, a la vez que han obtenido premios de distinta envergadura en diferentes lugares del país y del extranjero. Hay por lo menos dos antologías que sirvieron para dar impulso y visibilidad a esta nueva generación, la cual también ha recibido la atención de la crítica en el diario más importante de la provincia y en numerosas revistas publicadas en papel, en soporte digital y en blogs. Todas éstas son señales de una renovación en el campo literario cordobés dentro del cual Sergio Gaiteri tiene ya un reconocimiento. Le he oído decir al propio Gaiteri que él es “el viejo” o “algo así como el tío” de los jóvenes, lo cual indica (para mí) que, a diferencia de los otros autores que se están iniciando, él ya tiene una trayectoria y está afianzado en el oficio. Lo que es interesante es el hecho de que Gaiteri se define como viejo (siendo una persona y un escritor más bien joven) porque se piensa en función de los novatos (si tuviera en cuenta a escritoras como Lilia Lardone o María Teresa Andruetto, quince o veinte años mayor que él, entonces sería el escritor joven). Da la impresión de que la emergencia de este nuevo grupo, relevante por lo menos en cuanto al número, de alguna manera permite que la figura de Gaiteri, diez años mayor, se recorte de forma más nítida y algo solitaria, un poco a modo de punta de lanza de los que vienen apareciendo. Recientemente el periodista Emanuel Rodríguez realizó una nota en La voz del interior sobre la “nueva generación” de escritores cordobeses señalando en ellos una fuerte impronta de la estética realista. Entre los nombres de Luciano Lamberti, Diego Vigna, Federico Falco y Fabio Martínez aparece el de Sergio Gaiteri, pero un poco corrido del resto del grupo, como si Rodríguez se hubiese estirado en el tiempo para ponerlo junto a los demás. Tal vez sea forzado este razonamiento si se piensa que Falco y Lamberti sacan sus primeros libros en los mismos años que Gaiteri, sin embargo en las antologías que tratan de dar cuenta de lo nuevo Gaiteri queda afuera porque es mayor, porque viene de antes de este momento actual de efervescencia que observan Lilia Lardone y Alejo Carbonell como antólogos y un número no despreciable de periodistas y críticos. Se esté de acuerdo o no en la manera de presentar a Gaiteri en relación con los demás, lo cierto es que indudablemente hay un dinamismo y una vitalidad en la narrativa cordobesa actual y es verdad también que un buen inicio para caracterizarla desde el punto de vista estético es, como hace Rodríguez, a partir de su relación con el realismo. Esta sería entonces el contexto en el que la novela Nivel medio apareció en Córdoba a mediados de 2010.

La estrategia principal a partir de la cual se estructura esta novela es la alternancia de dos narradores en primera persona cuyas vidas tienen más de un punto en común pero fundamentalmente uno, o mejor dicho una… una mujer, Cecilia. Tan importante es esta alternancia de voces que cada uno de los doce capítulos que componen la novela (que obtuvo una mención, dicho sea de paso, en el premio Clarín Alfaguara de 2008 y fue finalista del Emecé del 2009) lleva el nombre de los personajes narradores seguido de la mención del episodio que se narra en cada caso: por un lado está Claudio, el joven profesor de lengua y literatura que comienza a dar clases en la secundaria y es pareja de Cecilia; por el otro, Julio, el odontólogo maduro con los hijos ya criados, el matrimonio terminado y un vínculo incipiente con Cecilia, quien trabaja como asistente en su consultorio.

Me he enterado hace poco de que protagonista es una palabra compuesta por agonista, que designa al que participa de un combate, un agon, más la partícula proto, que indica al primero en hablar en la contienda. El antagonista es el que se opone al primero, al protagonista, y habla en segundo lugar. En Nivel medio el primero en hablar, en contarnos los aprietos económicos por los que pasa, las preocupaciones por la crianza del primer hijo, la necesidad de vivir con la familia de su mujer a merced de los maltratos de sus cuñadas y los inicios accidentados en la docencia, es Claudio. Al final del primer capítulo nuestro protagonista se entera, y nosotros con él, de que Cecilia lo engaña con Julio. Entonces, cuando Julio toma la palabra en el segundo capítulo estamos instalados en la lógica del enfrentamiento, del agon, de la oposición. Claudio y Julio son el proto y el anta-gonista, los adversarios; y, siguiendo esa lógica, Julio es el ganador; Claudio, el perdedor, un looser.

Si Claudio tiene dificultades económicas, no conoce Buenos Aires, anda a pie y se ve obligado a volver a vivir con su madre después de la separación con Cecilia; Julio tiene el consultorio lleno, conduce un auto de alta gama, vacaciona donde quiere y tiene varias propiedades. La cuestión del nivel económico que los opone no es un dato menor, de hecho uno de los sentidos del título de la novela apunta en esa dirección. Como en la literatura de Fogwill, en los textos de Gaiteri se le otorga un lugar importante a los hábitos de consumo de los personajes en tanto que constituyen un rasgo de identidad muy fuerte. Julio tiene un Mégane, antes tenía un Gol que le robaron, conoce de vinos, tiene un paladar lo suficientemente fino como desestimar un plato que no está a la altura de sus hábitos gastronómicos. Sus vacaciones, su ropa, la escuela de los hijos, todos datos que en principio no tienen una función fuerte en la trama se van acumulando para definir al personaje. No en vano lo primero que le comenta un colega cuando se encuentran en el cumpleaños de quince de un amigo en común es que Garnieri, un ex compañero de ambos de la facultad, “la está amasando en Merlo, San Luis”. El dato del nivel de ingresos es la síntesis de ese personaje. En la misma línea, ante todo Julio es un tipo que tiene un cierto nivel de vida, clase media alta digamos. Claudio, clase media baja. La novela, así definida, podría leerse como un examen sobre la clase media, sobre las divergencias al interior de la misma clase social.

Por su parte Claudio trabajaba en un kiosco antes de terminar la carrera de Letras. En el inicio de la novela entra a dar clases en un colegio privado (aunque siempre parece a punto de echarlo todo a perder; en lugar de ascender nos preocupa que caiga, que empeore). Además, y esto es fundamental, su energía y sus máximos anhelos están puestos en la literatura, en ser un escritor. La carta de presentación de Claudio, la primera frase de la novela, remite a esta tensión entre lo que —supuestamente— es y lo que se ve obligado a hacer para ganarse la vida. Dice: “por aquella época tenía la arrogancia de pensar, y muchas veces de decirlo, que yo no era un profesor sino un escritor que daba clases de Literatura”. A medida que transcurre la novela nos vamos dando cuenta de por qué expresa que tenía la arrogancia de pensar y de decir eso porque, en verdad, más que un escritor es un aspirante y, de hecho, lo que hace para vivir, lo que efectivamente es, es ser profesor. Cualquiera que se mueva en el ámbito educativo sabe que alguien que se cree un intelectual pero que trabaja en el nivel medio es considerado un fracasado, un mediocre. Esto no es así en Finlandia por ejemplo, donde un profesor de secundaria tiene el prestigio y el salario de un médico. En Argentina, en Córdoba, por efecto de una degradación crónico del sistema educativo, el secundario es el último desván del infierno, la última cloaca, la vergüenza y el signo del fracaso. Está en la doxa y en el sentido común: no se aspira a ser docente de nivel medio, se cae allí cuando no hay más remedio.

Como escritor, Claudio es un personaje que quiere pero no puede, que llega cerca pero le falta. Puede, por ejemplo, llegar a entrevistarse con Locasio, un escritor serio de Córdoba. Puede entregarle un manuscrito y recibir la devolución del maestro. Pero el encuentro es frío y la devolución consiste en mostrarle su manuscrito lleno de marcas coloradas, inscripciones y tachaduras. Falta corrección, falta definición en el tema dice Locasio. Luego, Claudio tiene un logro, un premio. Pero resulta que en verdad es sólo una mención en un concurso de la SADE, pero no en Buenos Aires, no en Córdoba sino en una ciudad más chica, en Río Cuarto. Igual Claudio la siente como una caricia para su ego y como una chance para hacer contactos. De hecho, en Río Cuarto, una escritora local de trayectoria radicada en Buenos Aires le tira una punta para contactar a un editor. Pero el viaje a Buenos Aires es, literalmente, un suplicio, un deambular errático del que vuelve con su carpetita de textos inéditos.

A Claudio lo miran con desconfianza, le quitan el saludo, le ladran los perros, lo odia su suegra.

El mismo espacio tienen en la novela los dos personajes, y sus universos, tan antagónicos al parecer desde un principio, enseguida comienzan a cruzarse porque Julio y Claudio tienen, digamos, algunas personas conocidas en común. Pero Claudio sigue siendo el protagonista, ahora dicho esto en el sentido tradicional del personaje principal de una obra. Porque de su mano nos llega un arte poética que se formula y se ejemplifica en la novela. A partir de esta sensación de fracaso en torno a la literatura que define a Claudio se van deslizando ideas sobre el tipo de literatura que él quiere hacer. Tal vez él no sea un mal escritor, a lo mejor, simplemente, lo que pasa es que su idea de la literatura no coincide con la idea de buena literatura dominante. Esta idea, más que ser afirmada, se define por la negativa a partir de la crítica a otras posiciones. Primero: cuando Locasio lo acusa a Claudio de no tener claridad en el tema él se queda callado. Se podría pensar que, para Claudio, un texto no necesariamente tiene que tener un tema claro; dicho de manera afirmativa: para Claudio la ambigüedad es un valor. Luego, Locasio le dice que es importante la corrección. Claudio está de acuerdo, ha corregido hasta el cansancio su texto. Lo que pasa es que si se parte de dos ideas opuestas de lo que es lo bien escrito, uno (Locasio) encuentra un defecto donde el otro (Claudio) ve un producto bien terminado. Segundo: en el concurso de la SADE de Río Cuarto el señor Rampulla, del jurado, opina que el cuento de Claudio está bien pero le falta desarrollo; en realidad es como si fuera el primer capítulo de una novela, le dice. A Claudio le parece que no es así. Un detalle interesante es que el primer capítulo de la novela que estamos leyendo es, de verdad, un cuento que Gaiteri publicó en su libro anterior, Certificado de convivencia, libro que obtuvo el primer premio en el Fondo Nacional de las Artes. Luego está la novela que Susana le regala a Claudio. Según él la novela está demasiado bien escrita y sus personajes adolecen de cierta rigidez moral. De allí sacamos dos rasgos más de la idea que Claudio tiene de lo que es la literatura: otra vez la ambigüedad, los matices, los tonos indefinidos, los grises, el rechazo de lo rígido y lo claro y distinto. Además, un rasgo de estilo que está presente en Nivel medio y en los libros anteriores de Gaiteri: una prosa tan económica, tan despojada de los recursos retóricos tradicionales que corre el riesgo de ser tachada de pobre y deslucida. Tercero: en una charla con una compañera de trabajo y efímera amante, Claudio describe la trama de una supuesta novela que está escribiendo: esta novela toca el tema del conflicto moral de un joven que descubre que aprendió la técnica de su arte de un abuelo que tiene un pasado oscuro vinculado con el nazismo. Una novela así, piensa Claudio, es moralmente reprochable porque no se puede obtener prestigio y rédito económico a costa de un tema como el Holocausto. Como haciéndose eco de la sentencia adorniana, Claudio se prohíbe apelar a los traumas históricos para erigir una obra y obtener prestigio. “Mis temas, reflexiona amargamente, no le interesan a nadie”. ¿Cuáles serían esos temas? ¿Cuál es la apuesta que Claudio lleva hasta el final por más que no obtenga, todavía, reconocimiento? Contar historias de gente común, que vive entre nosotros, que no tiene ningún rasgo espectacular, y hacerlo apostando a un registro realista que entronca con una antigua tradición que confía en la capacidad del lenguaje para aproximarse a lo real y que tiene en la narrativa anglosajona, entre otros representantes, al Joyce de Dublineses, a Carver, a Philip Roth. La economía, el lenguaje directo, la confianza en lo no dicho, la elocuencia de lo concreto, la cercanía con respecto a lo personajes para mostrarnos la enorme complejidad de los individuos “comunes”. Además, y teniendo en cuenta que Claudio felicita y realmente disfruta de las producciones de su alumno Alfio, podríamos agregar que para Claudio es valioso un texto surgido de la necesidad, de un ímpetu verdadero (odio, resentimiento, amor, lo que sea) aunque tenga imperfecciones formales.

Esta prosa que acumula datos que parecen banales y episodios comunes y corrientes que no tienen mérito —aparentemente— para ser novelados, al final nos persuade de que es mucho más de lo que parece. Porque si nos entregamos a esta propuesta comprenderemos que la distancia económica y moral de los individuos que supusimos antagonistas y que volvía a cada uno el fantasma del otro (Claudio y Julio no se miran, no quieren cruzarse, se hacen los que no se ven) no es tal. El dolor, las sucesivas pérdidas (pérdidas de seres queridos pero también del sí mismo de cada uno: ¿no nos dice Julio en determinado momento que perdió la noción de quién era? ¿No lo vemos en más de una oportunidad perdido también a Claudio persiguiendo en secreto al fantasma de su padre?), eso, sumado a la persistencia implacable del deseo de vivir, de ser felices, de realizarse, irá limando las diferencias y la distancia entre ambos hasta ponerlos cara a cara bajo la luz, el uno confiando en el otro, el uno curando al otro, reunidos, confidentes. Rota la rigidez moral que Claudio denosta de la literatura de Susana, eliminado el barroquismo y lo superfluo, dejando de lado el prestigio de ciertos temas históricos, la prosa de Gaiteri hace pasar por su tamiz la vida cotidiana para entregarnos un producto delimitado y potente que quizá vaya un poco más allá del lenguaje, algo así como un talismán que se puede apretar en un puño para enfrentar la vida.

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El presente texto fue leído parcialmente durante la presentación de Nivel medio en la Feria del libro de Río Cuarto, en noviembre de 2010.

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3 respuestas a Nivel medio, de Sergio Gaiteri

  1. Jacinto dijo:

    Al final, el Fabio es Martínez o Rodríguez, o Martínez Rodríguez y vice versa?
    Esta literatura joven me desorienta…

  2. nicolás saavedra dijo:

    medio largo para comentario. dejé de leerlo porque me pareció que estaba contando demasiado del argumento. quizás tendría que leer primero el libro…

  3. Aquí el texto de la presentación de Nivel medio en la ciudad de Córdoba.

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