Criaturas del furor, de Rudyard Killing

Rudyard Killing: Criaturas del furor.
Editorial Cartografías, 2010. Novela.

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Algo pasa en el interior con las nuevas tendencias en la literatura. Algo distinto a lo que ocurre en Buenos Aires. Lo primero, más evidente, es que la dinámica es más lenta, y genera la sensación falsa de que se llega siempre un poco más tarde a la novedad. Lo otro, más interesante, es que lo que aparece último, lo que se instala en los medios de circulación de literatura en Buenos Aires y que siempre genera curiosidad aquí, por aquello de mirar al puerto, no tapa lo anterior como una palada de tierra, no es abrumadora su llegada, sino que se incorpora, lentamente, y se amalgama.

En la poesía eso aparece patente: las huellas de los ’90 tienen tanta influencia como los autores de las generaciones anteriores. En la narrativa también ocurre: La Crisálida, de Augusto Porporato, tiene su cordón umbilical en Tres golpes de timbal, de Moyano, de la misma manera que otros autores lo tienen con Bellatin o Casas.

Entre esos escritores anteriores, por llamarlos de alguna manera, dejados de leer hasta nuevo aviso –hasta que pase el tiempo suficiente para que se relance editorialmente y el aparato crítico lo llame “rescate”– se encuentra Juan José Saer, que sigue haciendo estragos en una buena parte de los narradores del interior.

Ahí ubiqué, desde las primeras páginas, a Criaturas del furor, novela del pampeano Gustavo de la Arada, que firma con el seudónimo Rudyard Killing.

Había leído hace unos años, del mismo autor, bajo el mismo seudónimo, y editado por la misma editorial, Cartografías, de Río Cuarto, un pequeño libro con tres cuentos llamado Panic attack, donde en particular uno de ellos me pareció magistral: una encantadora historia contada con mucho riesgo y una gran pluma. Estos componentes también aparecen en Criaturas del furor, los personajes son entrañables, hay decisiones estéticas importantes y por largos pasajes la escritura es sencillamente demoledora:

…dejo pasar mi mano hacia el montoncito de las 10 cajas de fósforos de seguridad de madera del paquete abierto, e inauguro la primera, y de la primera saco el primer fósforo, pensando si lo debo contabilizar como el número uno o el cuarenta, y si a la caja la primera o la décima. Raspo la cabeza roja del fósforo en el borde de lija y, mientras aguardo que se elimine todo resto químico del fósforo y la llama agarre sólo la madera, sacudo el paquete hacia arriba, hasta que asoma un cigarrillo por sobre los otros. Se asoma; lo aprieto suavemente con los dientes, cuidando que el fósforo no se me apague, tratando de maniobrar su posición de manera que apenas tenga la superficie suficiente de raíz azul en la llama, pueda encender el cigarrillo. La operación perfecta es cuando la cresta amarilla de la llama no está muy alta y engorda un poquito, abajo, la raíz azul, para que el diámetro de la punta del cigarrillo calce justo y, al aspirar y encenderlo, la llama se apague con esa succión.

Objetos y hechos mínimos son relatados con minuciosidad amorosa, la libertad caprichosa del autor posibilita que se detenga en cualquier momento para ajustar su lupa sobre el detalle y disparar su poética. Puede entenderse como un desacierto esa cuota de regodeo, de insistencia en el detenimiento, es una decisión que con semejantes antecesores, el Saer de Cicatrices, o el Sartre de La náusea, puede hacer agua de inmediato.

Las decisiones formales acerca de la estructura incomodan al lector, lo obligan a un decodificador extra, porque la historia llama, genera ansiedad, dan ganas de adentrarse, pero la estructura raspa, no es condescendiente. Lo mejor que tiene la novela es esa dosis poética con que está escrita; más que los personajes, siempre frágiles, o que la estructura, arriesgada, fragmentada, lo que sostiene el texto es el encantamiento que produce leer un párrafo en donde se relata algo particular (si, un narrador que narre, no era tan difícil al final) con tanta belleza.

Por fuera de la poesía –digo por fuera porque en definitiva lo central aquí es lo que casi siempre los narradores ponen como decorado, y viceversa– hay personajes redondos, algunos muy interesantes con marcados componentes de la clase media de la mitad de abajo que consumió los valores culturales de la mitad de arriba, que se mueven en lugares cerrados, un bar, una casa, y que están muy cerquita –de cualquiera de los dos lados– de la línea del borde, o pisándola.

Su virtud es también su defecto: asumir el riesgo de narrar aun a costa de que la novela pierda tensión, naufrague en las mareas de una prosa envolvente que no avanza ni va hacia ningún objetivo.

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2 respuestas a Criaturas del furor, de Rudyard Killing

  1. Asi es, Alejo, la escritura de las “Criaturas…”, valga la musiquita, crea y diluye (crea y diluye, crea y diluye…) estructuras, historias, personajes; se diluye así misma. Una manera de entender la realidad y la literatura. Muy recomendable para los que aman el cine además de la literatura: las descripciones de esta escritura cambian de ángulo, cuadro, ritmo, de una manera sorprendente.
    Felicitaciones por el blog. Siempre pa’ delante… un abrazo.

  2. candelita jaimez dijo:

    como sería un personaje redondo? eso no nos enseñaste en el taller! como te gusta el detalle !!!! la cajita de fósforos… me parece escucharte leyendo ese fragmento acentuando cada acto del personaje , besote!

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