Frágil memoria de muertos, de Diego Tatián

Colaboración de Adrián Savino |

Diego Tatián: Frágil memoria de muertos.
Alción Editora, 2010. Relatos.

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Todas las muertes, la muerte

En un pasaje de su libro Morir en Occidente, el historiador Philippe Ariès considera a la muerte como el último de los tabúes occidentales, tras el derrumbe del que pesaba sobre la sexualidad. El autor sitúa los orígenes de esa transformación en la segunda mitad del siglo XIX, señalando que “cuanto más distendía la sociedad las coerciones victorianas sobre el sexo, tanto más rechazaba los asuntos relacionados con la muerte. Y al mismo tiempo que la censura, surge la transgresión: en la literatura maldita reaparece esa mezcla de erotismo y muerte (perseguida entre los siglos XVI y XVIII) y, en la vida cotidiana, la muerte violenta”.

A estas tempranas alturas del XXI, no obstante, esa transgresión erótico-mortuoria parece haber perdido mucho de su poder corrosivo. Lo que en todo caso permanece es el miedo a pensar, a decir, a nombrar la muerte, con sus correspondientes “reacciones” literarias.

Los relatos de Frágil memoria de muertos bien pueden incluirse en ese conjunto orientado a afrontar, de manera más o menos deliberada, esa no tan vieja cuestión del tabú de la muerte. En su gran mayoría se trata de narraciones breves y de marcada densidad simbólica, en las que la muerte aparece como tema recurrente aunque desmenuzado en diversos matices. Intempestiva, inadvertida, trágica, violenta, perversa, lenta, apocalíptica, suicida, fantasmal, terrorífica, estatal, visible, invisible, amnésica: todos esos atributos le van cabiendo a la muerte a través de las páginas de este libro.

La apuesta narrativa de Tatián parece menos enfocada en los personajes y las tramas, que en sus tesis y reflexiones sobre el tema en común. Tan es así, que a menudo da la impresión de que las historias no son más que un instrumento para comunicar ideas ya preconcebidas. Como si los personajes, casi siempre anónimos, deambularan indolentes por un escenario donde el pensamiento del autor ya dejó todo dispuesto antes del acto de escritura.

Dentro de un imaginario arco trazado entre los relatos más “reflexivos” (“Monólogo del suicida feliz”; “Conjetura sobre la línea recta”) y los más “narrativos” (“Última voluntad”; “Derrubio”), es notoria la tendencia al primero de ambos gestos. Lo mejor del libro queda entonces sujeto a una suerte de disgregación. Por un lado, sueltos epigramas desconcertantes y reveladores:

La visita de los muertos a los vivos es el origen de la religión.

No había al acecho una bestia (…); había un monstruo que no ataca y así destruye.

Nadie sale vivo de la vida, pero eso no tiene importancia. Que algo haya vivido, en efecto, es el único argumento de eternidad; impotente, nada puede el tiempo contra lo que ha vivido, se desvanece por completo su enorme poder sobre lo que está vivo aún.

Por el otro lado, sueltas escenas de vitalidad sobrecogedora:

Pensaba en las cosas en las que piensa un hombre mayor, en mitad de la noche, cuando el paso del tiempo se ha llevado casi toda su vida.

Fue Laura quien hizo el pozo en el fondo de la casa de su amiga, también ella quien colocó la bolsa negra en su interior y quien la cubrió finalmente. Luego se sentaron sin hablar. Había anochecido ya y una gran luna aparecía tras el muro. Durmieron plácidas.

Queda la impresión de que Frágil memoria de muertos es dos libros a la vez: uno narrativo, y especialmente, uno de pensamiento. Sólo que ambos transitan por andariveles diferentes, y muy raramente consiguen encontrarse.

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Una respuesta a Frágil memoria de muertos, de Diego Tatián

  1. Marcelo D.- dijo:

    A veces pienso que los textos de Tatián son completamente novedosos. Desde “Lugar sin pájaros” en adelante. Creo, no lo sé, que una propuesta sería leer su obra a la manera de Benjamin o Adorno. No sé tampoco si los géneros literarios puros existen pero la denominación (del mismo Adorno) de “Micrología” tranquilamente podría darle sentido a la obra de Tatián. Una vez Fogwill, me lo comentó S. Mattoni en una charla, dijo que no había nada parecido en la Literatura argentina. Y sí que es cierto. Toda una propuesta estética sostenida desde la más periférica de las diferencias. Quizá haya una deuda con Tatián. Una deuda de las universidades de no leerlo. De no tomarlo en una jornada. De no citarlo en un congreso. De no charlar sobre sus textos(digo: los literarios) con amigos después de un asado. La verdad que genial la elección y la lectura del texto.

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