Detrás del vidrio, de Sergio Schmucler

Colaboración de Rogelio Demarchi |

Sergio Schmucler: Detrás del vidrio.
Siglo XXI, 2000. Novela.

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Los jóvenes maravillosos

1. Detrás del vidrio (2000) es el título de la novela de Sergio Schmucler. Detrás o delante son adverbios que señalan posiciones. El vidrio, material generalmente transparente, una superficie que permite ver y dejarse ver al mismo tiempo que demarca un límite, separa lo que junta. Aquí se trata de un vidrio de la sala de embarque del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, de modo que marca un estado transitorio en una frontera, define un adentro y un afuera, y anuncia un tránsito, un cambio, la transformación de una identidad, su refundación, y por qué no, su salvación: quien se va, se le escabulle a la muerte.

Quien se va, es un joven revolucionario argentino, cordobés, para más datos, de 17 años, militante de la Unión de Estudiantes Secundarios, la UES, en la jerga de la época, una de las tantas agrupaciones a través de las cuales se ingresaba a las filas de Montoneros.

En 1973, cuando el relanzamiento nacional de la UES, Rodolfo Galimberti anunció la formación de milicias populares; y Juan Manuel Abal Medina señaló a la juventud como la garantía revolucionaria del gobierno de Héctor Cámpora.

Quien se va, se va en agosto de 1976. El ángel de la revolución hace rato que ha dejado de despeinarlos al revolotear sobre sus cabezas. Aunque no todos sus compañeros lo entiendan, el que debe irse es un sujeto en crisis, no sabe dónde está ese punto de apoyo que hace falta para cambiar el mundo. Una salida temporal del país, no más que unos pocos meses, es una alternativa para ponerse a distancia de la muerte que los ronda, hambrienta y loca, y los caza en plena madrugada o en pleno día, en cualquier calle, en cualquier casa. El que debe irse ha cantado Perón o Muerte, Patria o Muerte Venceremos, Libres o Muertos: jamás esclavos. Y su canto ha tenido el valor de una promesa. Quien se va, entonces, es un revolucionario que se siente culpable de irse.

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2. Toda identidad es social y discursiva, relacional. Para un revolucionario es mucho más, es identificación con un proyecto político; uno no es uno, sino la representación de un todo: el revolucionario no es un revolucionario, es la revolución. La revolución lo constituye, lo sostiene, le dice quién es: él es joven, peronista, revolucionario, socialista; él es, entonces, la juventud maravillosa, esa marea humana dispuesta a dar La Vida por Perón.

La lucha. La revolución. Hacer la revolución. Ser la revolución.
[…]

Primero tuvimos que entender que si la vida tenía sentido era para cambiar el mundo, hacerlo más justo.

Después tuvimos que entender que ser revolucionario era dedicar todas las energías a la revolución. Hay una manera revolucionaria de mirar, de reír, de comer, de bañarse, de orinar. Se es revolucionario en la cama, en la calle, en la escuela, en el cine; se respira revolucionariamente, se camina revolucionariamente, se fuma revolucionariamente. [22]

Como toda identidad reclama un nombre, el revolucionario se bautiza a sí mismo. Deja atrás el nombre civil y familiar que ha tenido hasta entonces, y sólo se reconoce en esa nueva denominación, lo que es decir que se asume hijo de la organización revolucionaria que ha parido y que nutrirá con su sacrificio.

La identidad del revolucionario se fragua en la violencia porque toda revolución es un proceso violento al que el revolucionario resignifica como un mecanismo de liberación: está dispuesto a dar la vida, si es necesario, porque la revolución terminará con la opresión que impide la autodeterminación de su pueblo. Por eso la muerte, para el revolucionario, es perpleja alegría, es ejemplo de entrega, de donación. Por eso la sangre derramada jamás será negociada, porque es patria y es bandera.

Con el fusil en la mano
y Evita en el corazón
Montoneros Patria o Muerte
dan la vida por Perón. [29]

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3. La actividad revolucionaria es militancia en las agrupaciones de masas y entrenamiento militar, es asamblea y panfleto, pintadas y bomba casera, coordinación de células e intervenciones callejeras, hacer inteligencia para las operetas, disciplina y estudio, táctica y estrategia, armar y desarmar sin mirar una escuadra 45.

La actividad revolucionaria es lucha en todos los frentes. Es Luche y vuelve. Y lucharon y volvió. La juventud maravillosa fue el único actor político de la época que le perteneció a Perón por completo. Y lo primero que hizo Perón cuando volvió el 20 de junio de 1973 fue acusarla de todos los males del país y del peronismo, excomulgarla del Movimiento, convertirla en su nuevo enemigo y refugiarse detrás de cualquier aparato que pudiera hacerle frente —y, llegado el caso, exterminarla. La juventud ni siquiera había pensado en mover los pies y Perón les retiraba el plato.

¿Por qué Perón ya no es Perón? ¿Quién le llena la cabeza a Perón en contra de sus naturales herederos? La lucha se radicaliza, y lo militar eclipsa lo social y lo político, y las acciones se vuelven cada vez más violentas, y hay que enfrentar a los traidores que están dentro del Movimiento, y hay que establecer la diferencia entre lealtad a la causa popular y lealtad a un líder que ha sido distanciado de su pueblo. ¿Por qué Isabel, López Rega y la funesta comparsa que cerca a Perón lo ponen detrás de un vidrio? ¿Cómo se enfrenta a Perón? Ser revolucionario, en esas circunstancias, es ir a la plaza a exigirle respuestas a Perón, Qué pasa, general, que está lleno de gorilas el gobierno popular.

Con todo, en medio de ese proceso, el revolucionario se puede preguntar: esa voz que habla en mí, que me habla a mí antes que a otro, en el sueño y en la vigilia, esa voz que por momentos duda de lo que estamos haciendo, ¿aún soy yo?, ¿o es el burgués que he sido y he renunciado a ser? Cuando comienza ese diálogo esquizofrénico, el revolucionario, por más joven y maravilloso que sea y se sienta, se sabe en la cuerda floja porque no hay nada más peligroso que un burgués asustado: dudar y criticar, cuando el enemigo se multiplica y te acorrala y frena el proceso revolucionario porque se apodera de la conducción del Movimiento, puede ser considerado una actitud contrarrevolucionaria.

Si hacía una crítica me descalificaban por no comprender las necesidades de la coyuntura y me terminaban acusando de reformista o liberal por no entender que “toda-guerra-revolucionaria-debe-recorrer-ciertas-etapas-para-la-necesaria-acumulación-de-fuerzas-que-permita-construir-el-partido-y-el-ejército-popular-que-conducirá-inevitablemente-al-pueblo-a-la-victoria-contra-la-burguesía-y-su-ejército”, y mientras hacía esfuerzos por comprender, sentía que unos con otros estábamos en permanente competencia y que actuábamos más que por convicción, para quedar bien con los que estaban en la conducción. [54-55]

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4. La esquizofrenia se multiplica cuando uno llega a sentirse un héroe por cuestiones nada revolucionarias, a saber: acostarse con una puta, contagiarse una venérea y ser usado por un tío médico para enseñarle a los otros chicos de la familia cómo hay que cuidarse. Es un tanto lógico que las demandas pulsionales se conviertan en aliadas del burgués que llevamos dentro: cuando la muerte visita las casas de varios compañeros y golpea a la organización por los cuatro costados hasta forzarla a pasar a la clandestinidad, el revolucionario siente agobio, fastidio, y tiene que invertir su fuerza psíquica en contrarrestar el miedo y la paranoia, porque el clandestino gana algo de seguridad militar al costo de aislarse social, afectiva y políticamente.

no podía andar mucho en la calle y estaba prohibido ver a parientes y amigos; no podía visitar a nadie, por miedo a que sus casas estuvieran vigiladas. Sólo salía una vez al día para cumplir una cita de control con otros compañeros, y esos controles eran la única manera de mantener los contactos internos de la organización. [88-89]

La exacta dimensión del crítico momento que se vive en esa situación fue descripta por Rodolfo Walsh en uno de sus relatos menos conocidos y en clave de dilema ajedrecístico: Zugzwang es el concepto que define al callejón sin salida que sólo conduce a la derrota; haga lo que haga, el jugador sabe que pierde. Para el caso que nos ocupa: el joven revolucionario se convence de que es inútil continuar la lucha en ese marco, pero si abandona a sus compañeros se siente culpable. Sabe que no es el único que se siente mal, conoce los cuestionamientos que llueven sobre la organización por parte de los cuadros que deciden romper con ella, su padre y sus amigos, entre otros, y eso amplifica sus dudas.

Que se quiebre pero que no se doble, dice el viejo lema radical. Pero aquí y ahora, se trata de un lema burgués. Aquí y ahora, el que se quiebra es un traidor y el que se va es un quebrado. Quebrado es lo que no está entero, lo que está roto, lo que no está sano. Por eso al que es chupado por las patotas de la muerte se lo representa en el discurso de la organización como alguien que se enfermó, alguien de quien hay que tomar inmediata distancia porque en una sesión de tortura puede cantar sus contactos, las casas de seguridad. En las citas, entonces, lo que controla el control es si el revolucionario está entero.

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5. Del otro lado del vidrio está el exilio, y en el exilio, el descubrimiento de que se pueden recuperar las certezas y seguir siendo revolucionario, joven, maravilloso, montonero, porque lejos de la muerte se puede criticar, analizar, sopesar las decisiones de la organización, proponer cambios en sus políticas, creer que la victoria está cerca y hasta creerse más revolucionario que los que se quedaron.

Acá hay muchos chantas que se fueron por miedo y se la tiran de grandes capos. Para colmo se creen que allá todo está muy lindo, en fin, están medios locos. (Creo que yo también me estoy empezando a volver loco.) [113-114]

Es que el narrador-protagonista está solo, fuera de la organización, sin disciplina, sin proyecto, angustiado, confundido. Ha adoptado el hábito de robarle dinero a sus compañeros. Su cuerpo es ahora su principal campo de batalla (su enemigo: una enuresis).

Con todo, lo único que parece hacerle bien son las cartas del revolucionario crítico exiliado militante en comités de solidaridad para salvar vidas y denunciar a la dictadura que está decidido a alejarse de la organización, a permanecer en el exilio hasta que cambie la situación política en el país, y a mantener latiendo su corazoncito revolucionario hasta que las circunstancias sean nuevamente favorables.

Ese compañero se erige en el nuevo guía de nuestro narrador-protagonista. Por eso en la autocrítica que elabora al cuarto mes de su partida recupera con claridad tanto el objetivo como la conciencia de su situación:

En principio, debo dejar algo claro que domine todo lo demás: mi objetivo es “luchar en un proyecto revolucionario en la Argentina y si es necesario dejar de lado todo lo demás”.

Como elementos de análisis puedo vertir [sic] estas cosas concretas: tengo 17 años; estoy muy ansioso debido a mi situación; estoy con una incertidumbre de la san puta. [170]

Tan sólo un día después, el estado anímico es desesperante, y una semana más tarde planea un viaje al país dentro de seis meses, pero no a militar con ellos. ¿Nueva contradicción o deslumbrante resolución? Y no es la única pregunta. ¿Puede el revolucionario sentir miedo a ser torturado y a morir y seguir siendo un revolucionario? ¿Puede el revolucionario preguntarse revolucionariamente si vale la pena morir por la revolución? ¿Puede el revolucionario preguntarse qué podríamos haber hecho para que la Historia fuera distinta? Y el problema no es cómo encontrar las respuestas sino cómo aprender a convivir con las preguntas.

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6. El que se va es un quebrado, ha dicho Pablo. Y lo ha dicho de un modo tajante, con todos los ejemplos que ha tenido a su alcance. Lo ha dicho en términos personales: «optaste mal, elegiste mal, actuaste mal, y espero que te des cuenta» [126]. Lo ha dicho en términos universales, y sin dudar: «revolucionarios son aquellos que hacen cosas por la Revolución, los que no abandonan a su pueblo por cuidar el pellejo» [127]. Y lo ha dicho apelando al sacrificio ejemplar de un compañero de otra generación: «para el viejo Paco Urondo el cianuro no significó dejar de amar a la vida» [128].

Pero de golpe Pablo deja de ser Pablo, el hermano mayor, el que marcó el camino. Desde principios de 1977 y hasta siempre, incluso hasta cuando nosotros ya no estemos aquí, hasta mucho después de que el viento haya borrado nuestros últimos pasos y no quede nadie que recuerde nuestras voces, Pablo seguirá siendo un desaparecido. Y entonces a nuestro narrador-protagonista se lo traga el mar de la culpa.

Una rata.
El exiliado es una rata.
Rata por escabullirse en la penumbra.
Rata por asustado.
Rata por perseguido.
Rata por agazapado.
Rata por sentirse en un laberinto.
Rata por sentirse una rata. [203-204]

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7. ¿Qué es un desaparecido? ¿Qué límite nos representa? ¿Por qué ese sujeto que no está ni vivo ni muerto, que es una ausencia tan absoluta que está siempre presente resignifica el tiempo y la lucha? ¿Por qué no es lo mismo ante la sociedad y sus instituciones haber caído en combate que ser un desaparecido? ¿Por qué se concentra en la figura del desaparecido la idea de que las organizaciones revolucionarias se equivocaron a partir de que no pudieron prever que ésa sería la siniestra respuesta del enemigo? ¿Por qué desde entonces la culpa se difumina como una densa bruma que a décadas de distancia aún pervive entre todos los sobrevivientes?

Cuando el régimen militar se desmorona, los actores políticos y sociales implicados en la reconstrucción de un sistema democrático establecen —simbólicamente— un pacto que no sólo afecta el futuro sino que tiene una extraordinaria capacidad para condicionar las lecturas del pasado reciente: todo sujeto que se levanta en armas, se dirá, es un violento; y es una locura, se dirá, responderle a la violencia con violencia; así, con razonamientos semejantes, se vacía de contenido y finalmente se impugna la opción revolucionaria. Aquello por lo que se luchó y la forma en que se encaró la lucha se vuelven por igual discursos inverosímiles, llagas incurables y humillantes. La operación tiene el efecto de una amnesia.

Me olvidé de la revolución. Ya no creo que haya que dar la vida para cambiar el mundo. Me olvidé de la revolución, de que había un pueblo y socialismo y patria o muerte y liberación o dependencia, y todas las palabras y las frases y las consignas que fueron tan importantes.

Un día el mundo se quedó sin esas palabras. Ahora me río y lloro y pienso y odio y amo pero sin que ellas estén ahí cerca, no las podría ni siquiera pronunciar porque suenan raras, y a veces siento que con las palabras disueltas algo más se disuelve, porque sin ellas no entiendo qué pasó. [219]

Si el amnésico no puede saber quién ha sido, qué ha hecho y por qué, tampoco puede entender las elecciones de Pablo y de los cerca de cuatrocientos compañeros de la UES cordobesa que cayeron en manos del enemigo. Por lo tanto, necesita, justamente, hacer memoria.

Este es el objetivo de la novela: Sergio Schmucler eligió el camino de la autoficción para interrogar el pasado y producir una verdad que tuviese entidad suficiente para enfrentar las desvalorizaciones que sus identidades han recibido desde el discurso social: ellos no fueron ni demonios ni perejiles; fueron jóvenes revolucionarios, los jóvenes maravillosos.

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Este trabajo fue presentado en las Jornadas de Literatura y Política en Córdoba, Escuela de Ciencias de la Información (UNC). Córdoba, octubre de 2007.

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2 respuestas a Detrás del vidrio, de Sergio Schmucler

  1. el lucas dijo:

    diego, aca te va una entrevista que le hice a sergio en el año 2001 mas o menos, despues el hernan acomodo las preguntas y respuestas y le hizo una bajada, de más está decir que es, junto a dos o a lo sumo tres libros más de lo mejor que tiene para mostrar en narrativa la literatura de córdoba, sevemos

    el lucas

  2. Gracias, Lucas. Nos tomamos la libertad de linkear la entrevista en tu comentario, sobre todo para que constara la fuente. Abrazo.

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