Murarena, de Jorge Rossi

Jorge Rossi: Murarena.
Llanto de mudo, 2009. Novela.

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Con su fragilidad física y emocional, María Cristina Murarena llega a Villa Santa buscando algunos cabos sueltos de su pasado. El arribo de esta porteña es la excusa con que Jorge Rossi (1978) empieza a barajar las historias cruzadas de algunos habitantes de esa ciudad ficcional de la provincia de Córdoba, trasunto de Villa María. “Villasán” se distingue porque su “Gestionador”, Fabrizzio Bonaventte, mandó cubrir toda la superficie del río que cruza la ciudad con paneles de vidrio. El río vidriado pretende ser la máxima atracción turística de la zona, aunque quizás también sirva para mantener a las clases bajas lejos de ese lugar en el que sus integrantes solían pescar y bañarse.

Alternando narración en tercera y primera persona, o apoyándose en el diálogo como recurso central, Rossi entrecruza —en fragmentos más o menos breves— las vidas de sus personajes, entre los que se destacan Murarena, con la poesía y la enfermedad adentro; Alicia, que estafa a sus vecinas leyéndoles el futuro en las cartas; la pandilla de Cafú, el Topo, Tomás y otros, siempre caminando por la frontera entre un inocente asado y la posibilidad latente del delito; el testarudo y solitario don Mundo; la Gringa, caliente y sola en la recepción de un hotel semivacío; su novio Andrés, sin trabajo y a la deriva, desconectado de un padre que ahora tiene una familia nueva; o Ruiz, un cartonero con un pasado tan turbio como el vidrio que cubre el río de Villa Santa.

Si bien la novela arranca con Murarena (pensaba en su apellido, Murarena. Muro y arena. Muro de arena. Algo firme a punto de desplomarse…; p. 164), enseguida María Cristina queda al mismo nivel narrativo que los demás personajes; incluso llega a desaparecer durante largos tramos del texto, lo que dificulta pensar en ella como en un personaje principal. Esto no es un inconveniente, dada la estructura coral de la novela, pero hace que me pregunte qué habrá llevado a Rossi a elegir el apellido de uno de los personajes para el título. Dicha elección recuerda la época en que la ficción buscaba confundirse con la biografía de un personaje central (Tom Jones, Robinson Crusoe, David Copperfield…), pero esa “centralidad” no encuentra su correlato en una estructura coral como la de esta novela.

Desde la contratapa, Iván Wielikosielek afirma que “la factura final del libro trasciende todo localismo para inscribirse en la vanguardia argentina”. No queda muy claro a qué o a quiénes se refiere con “vanguardia argentina”, pero esa afirmación parece un tanto exagerada (como suelen serlo las contratapas). Murarena es un libro con un plan atractivo pero nada sencillo de ejecutar, por lo que es precisamente en su factura final donde pueden encontrársele algunas dificultades. Éstas no devienen de la construcción de los personajes ni de la concepción de la obra, sino más bien del grado de pericia técnica que exige del autor la escritura de una novela coral (cabe agregar que una mirada más atenta del editor hubiera colaborado para limar varias irregularidades del texto). Tratándose de una primera novela, no es grave: las técnicas de escritura pueden irse incorporando más adelante, mientras que a la concepción estructural de la obra —algo difícil de aprender o enseñar— Rossi sí parece haberla meditado en su trabajo.

Como la Santa María onettiana —aunque en un tono descontracturado y con un estilo que no podría estar más alejado del de Onetti—, la Villa Santa de Rossi se perfila como territorio fértil para las futuras narraciones del autor. De ser así, sería deseable que sepa escuchar lo que sus propios personajes tienen para enseñarle. Por ejemplo el viejo Mundo, que no sólo da lecciones de jardinería cuando dice: Ésas son yuyos. No se riegan: se sacan. La quintita es como todo: lo que no suma, resta. Hay que sacarlo. (p. 26). Rossi tiene muy buen oído para lo coloquial, aunque a sus diálogos le sobran algunos prolegómenos y circunloquios. Yuyos: hay que sacarlos, porque un buen diálogo nunca equivale a una desgrabación directa, sino al acoplamiento de lo oral al pulso de un estilo concreto y a las necesidades de una narración particular.

En resumen, Murarena presenta un plan interesante, una ejecución algo accidentada y un puñado de buenas ideas narrativas. Incluso a algunas se les hubiera podido sacar más el jugo: los homericilios (una plaga de animales extraños que pulula por el paisaje urbano, amenazantes como la gelatina de Levrero e indefinidos como algunas criaturas de Cortázar); un cameo bizarro de Chico Buarque; y, sobre todo, el río vidriado, que ofrece a la imaginación muchas posibilidades narrativas, pero que de a poco en la novela queda reducido a una curiosidad del paisaje. Pareciera que estos sugerentes oasis de inventiva hubieran sido refrenados por el dominio de cierta tendencia —o deseo de pertenencia— al realismo costumbrista. En lo personal, la contaminación narrativa no me desagrada, al contrario; lo que digo es que en Murarena me hubiera resultado más encantadora la proporción inversa. La liberación de la inventiva como un aporte refrescante al panorama narrativo local. Al fin y al cabo, relatos puramente realistas y costumbristas, en Córdoba, tenemos como para hacer dulce.

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2 respuestas a Murarena, de Jorge Rossi

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  2. Leti dijo:

    Estoy leyendo Murarena y me parece un poco despectiva la crítica que se le hace al libro. Aun no lo he terminado, pero en lo que llevo leido me ha metido en los mundos de las historias a través de muchos detalles que hacen que el lector se identifique con los personajes comunes y silvestres (no por eso menos ricos en matices), sus vivencias por momentos contadas con más o menos detenimiento e intimidad, por momentos como un zapping rápido de acciones.. Yo celebro este libro, y que sigan surgiendo más autores, más novelas y más cultura nueva. Porque, como decimos en la Feria del Libro Independiente, hay que leer a los vivos!

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