El entrerrianito, de Mauro Cesari

Colaboración de Federico Raccaø~ |

Mauro Cesari: El entrerrianito.
Alción Editora, 2009. Poesía.

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El enterradito, el entrerrianito

Puto el que lea esto, puto el que lea esto y quiera escribir, porque Césari, un petizo que también es psicólogo —creo— escribió este pequeño —grandote— libro de poemas y encima se lo editó el (de)mente de Maldonado, en una edición que es un lindor —como Bressan—, por lo sencilla, lánguida y coherente con las palabras.

Y es puto Césari —puto El entrerrianito— porque uno no puede dejar de comparar con la literatura propia y la de los amigos y en ese momento putea —puto— porque El entrerrianito es bello —muy— pese a algunos neocarverianos que le tienen miedo a esa palabra —amigo Gaiteri, hermano Sergio, este jueguito es para que entre usted…

Cito: carne codiciada reservada para otros / Carne codiciada para otros.

El entrerrianito es una imprecisión del movimiento, un libro para celebrar, porque en esta época, entre tanta libro de poesía editado, entre tanto verso vacío, entre tanta tontería sin sentido, entre tanta copia de libro plagiado, El entrerrianito te salva y me salva de ponernos fachos y decir —con o sin razón, por más que Césari sea adoptivo—: Córdoba tierra de poetas, pero sin poesía.

El entrerrianito es un exilio. Tierno, duro, le habla al río siguiendo la tradición —lo mejor de la tradición— de Juanele, pero también de Djanira Dos Santos —barroco, barroso el final. Hablo de Djanira, esa que firmando con el seudónimo Nestor Perlongher nunca se fue del río.

El entrerrianito, floración de las imágenes sobre una galería italiana –clásica, clasicista— que se va liberando. Una torsión de la forma –Juanele vuelto la Djanira final; místico, místicos: Solo tenemos memoria de un presente vertebrado al producir pasado: Pétalos de plástico amarillo / tapizan el río anuncian / la llegada de la Virgen de la Angustia. / Nuestra señora / viene bajando desde Corrientes / la traen los fieles en un camalote / cargado de frutas y de panes y de ofrendas y de / ruegos de las madres de los chicos que son sus hijos y piden. / Cantan

No puedo dejar de citar ¿o habrá que unir puntos o sobrevolar la zona de canoas como los élitros o sus primas dulces las chicharras?

Concluyo cortito y al pie —futbolista frustrado que no pierde la memoria— después de leer: …en los bloques de silencio / ¿qué buscan pescar..? / Ustedes / que quitan el pescado del río, sus hijos a una madre / ¡quiten el deseo al rodeo insistido de una forma hacia sí misma! / Dejen / que los sábalos caigan como dispersión nucleada e imcomprensible / que una fuerza sea en la expansión y no el espese / en la mensura de todos los días / en la destreza de un sistema de pesos / y medidas; después de leer, decía, llego a la propuesta final que sería —seria— ¡enterrémoslo! Compremos toda la tirada. Vayamos a la Galería Cinerama, entremos a Alción, hagamos el comercio y nos llevemos todos los libros de El entrerrianito. Cavemos un pozo en el Parque Autóctono y los metamos allí, junto a la estatua del Manco. Pero guardémonos algunos; uno para la mesa de luz, otro para nuestro hijo, el tercero para la amante y el último para ese raro amigo que sabemos que guardará el secreto.

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En El lince miope, este mismo libro también fue reseñado por Gabriela Halac.

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