Puertas adentro, de Lilia Lardone

Lilia Lardone: Puertas adentro.
Babel Editorial, 2008. Novela.

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Esta novela, editada por Alfaguara en 1998 y reeditada por Babel Editorial en su décimo aniversario, transcurre en un pueblo de la pampa gringa cordobesa a mediados del siglo XX. En esencia, aunque el relato ofrezca una hábil pintura de una pequeña porción de esa herencia piamontesa que pervive aún hoy en la provincia, se puede decir que la novela hace foco en una casa, una familia, y en los tiempos muertos y silencios que ocupan ese mundo ínfimo, perverso y piadoso al mismo tiempo.

La historia se sitúa en el contexto inmediato a la irrupción del gobierno peronista en la vida política nacional. Por esa razón, desde los primeros pasajes ya se encuentran elementos que, como una veladura de tonos fuertes, sostienen la narración desde abajo, operando como un cimiento multiforme: la relación absolutamente desigual entre hombres y mujeres en el marco de las primeras participaciones femeninas en la vida electoral, o el resentimiento de los supuestos trabajadores verdaderos al momento de aceptar el aura que generaba la figura de Eva Perón. El tono de la novela, en ese sentido, parece un tono que sólo puede funcionar en los discursos que pululan a lo largo y a lo ancho de un pueblo. Desde este punto inicial, la coherencia entre el entorno elegido y la forma de narrar hace de la novela una propuesta concreta y sólida.

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1. Como se guardan las cáscaras

La primera parte, “Ottavia”, se estructura a partir de un mandato que vertebra el pensar y el hacer de la familia entera, y que queda expuesto, como una ética de vida, en la voz de esta primera mujer que acoge el punto de vista. El lugar de la mujer está adentro de la casa. Desde ese axioma brotan los secretos ventilados a través de las tapias, las envidias por la altanería de los vecinos a los que les rindió la cosecha, los errores heredados que dieron como resultados nuevas vidas. En esta primera parte, la mala fama que sobrevuela las acciones de una de las hijas de la familia es consecuencia de su crecimiento y su deseo: un embarazo precoz hace de la perversión familiar un culto. La mala fama, en este relato como en todo pueblo, se hereda por acción de la familia misma: es decir, por la misma estructura que origina la envidia.

Hay, en el desarrollo de la historia, dos virtudes centrales que quedan evidenciadas en el trabajo de Lilia Lardone. En primer término, las decisiones que toma para mostrar el paso del tiempo, marcadas por un uso inteligente de la elipsis que hasta produce una cierta cadencia: saltos bruscos que no desentonan, que siempre operan a caballo de la voz que narra. El manejo de la elipsis (una virtud casi siempre más cercana a la corrección que a la elaboración primera) hace que la novela se suelte al compás de las desapariciones masculinas. Para el lector, el tiempo pasa cuando los hombres de la casa van muriendo, a medida que avanza la historia, por causas naturales pero fulminantes, y la angustia va apoderándose de las voces femeninas que los entierran. Angustia que decanta siempre en una cuestión común: la incertidumbre sobre el futuro sostén económico, sobre el sostén simbólico, y sobre todo el sostén autoritario.

Este hecho de que los hombres vayan muriendo también ayuda a introducir la otra virtud: el trabajo sobre el punto de vista y las voces que narran. A veces es Ottavia quien comunica una muerte (como cuando afirma que su hermano falleció por el enojo que le causó el triunfo de Perón), y otras veces es una voz en tercera la que irrumpe para pintar las escenas trágicas.

La voz de Ottavia (joven, luego adulta, pero siempre jorobada), en un registro firme y bien coloquial, narra desde el monólogo interior y también saliéndose un poco del vértigo del pensamiento, en medio de los tiempos muertos del pueblo. La voz de Ottavia funciona como una cámara íntima que sin embargo dibuja los movimientos internos de la casa, y también lo que sucede por debajo de esos movimientos visibles. El primer anzuelo, entonces, que la novela lanza al lector es la noción de secreto que crece y se reproduce en los pueblos; una noción que difiere del secreto genérico porque se acerca más a la información ventilada. Lo oculto, aquí, es lo que late sobre la piel, la connivencia de una estructura oxidada pero vigente, la cultura del juego del qué dirán.

También aparece una voz en tercera persona que se distingue de la voz narrativa más fuerte por estar en cursiva. Una voz que se sale de Ottavia y amplía el encuadre para el lector, narrando los sueños de la jorobada.

Guardar las cosas en la familia como se guardan cáscaras de sandía para hacer dulce, cáscaras de huevo para las plantas, la borra del café, la yerba, guardar adentro todo lo que no se debe contar.

Comparto este fragmento porque encierra, como se ve, el combustible de esta primera parte de la novela. En primer plano queda la familia que guarda, toda ella y sus integrantes, siempre un poco más allá de cualquier excusa y del tiempo mismo. Crecen así, como metáforas solapadas, dos acciones que en esos años polémicos en términos sociales y políticos conformaban una cultura de la cotidianeidad: el almacenaje de las cosas que pasan y el almacenaje de la comida y sus restos, esto es, el cuidado y el mantenimiento de todas las formas.

Pero así como el texto se regodea en torno al guardar incluso lo que es evidente, lo que sigue, de a poco, comienza a engendrar la posibilidad de una explosión que se ofrece consecuente con lo anterior. Si el secreto es la espoleta de la novela, lo que luego detona es el conflicto puro, que excede a las situaciones y al drama: el ciclo siempre actualizable de la represión y la liberación, el freno y su respuesta de libertad, y viceversa.

Esto funciona, naturalmente, como una dinámica de la castración. La pregunta sobre cómo detona el impulso de libertad, cuánto camino debe recorrer para hacerlo, sabiendo que dentro del cuerpo casi siempre las explosiones suceden en forma paulatina, procesual, como una bomba poderosa pero insegura y tímida.

Las bombas laten dentro de las hijas de la familia en cuestión, y dentro de las hijas de las hijas. Esta primera parte termina con la caída de Perón en 1955.

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2. Ni putas ni sirvientas

En la segunda parte se amplía el juego de voces. Así como antes prevalece la primera persona en monólogo, en ésta es otra mujer protagonista (el punto de vista se mueve con la misma destreza con que opera la elipsis) la que comienza a narrar pero en segunda persona, bajo un imperativo que calza perfecto en combinación con la culpa desparramada. Esta variante agudiza el sonido de la castración. El ritmo de la prosa se mantiene y la voz narradora viaja de Ottavia a Tesa, su sobrina: Ottavia envejece y se aleja del protagonismo en la voz que narra pero no lo abandona definitivamente (todo, en la novela, parece volver tarde o temprano a ella).

Tesa*, entonces, que primero se despega de su familia por ser una niña sucia, y luego, de adolescente, es condenada por haberse vuelto la más linda del pueblo, toma la voz principal para ofrecer su falta absoluta de compañía y, por tanto, de certezas. Tesa crece en el aire: se enfrenta a la dificultad de convivir en ese contexto con su propio deseo, y así termina pagando el precio que se calcula en cualquier pueblo por el solo hecho de sincerarse: la soledad.

Pero a medida que crece en el aire, también comienza a mirarse los pies, y a poner en juego la cadencia de esa dinámica que mencioné antes. El tránsito desgastante entre la castración y la liberación se va expandiendo desde el registro mismo (otro mérito de la autora), y la segunda persona que nace como un imperativo de represión se va convirtiendo en algo parecido a la convicción, una fuerza de cambio. El devenir de la chatura de la pampa, logrado desde el principio, comienza a saturar; el ritmo de la prosa sigue parejo, los hombres siguen especulando y huyendo, la alternancia de registros no deja de sumar. Todo se mantiene tan indemne que el relato pide a gritos algo que alivie el hartazgo y la ansiedad.

En los últimos capítulos retornan los sueños al relato: así como en la primera parte correspondían sólo a Ottavia, en la segunda se adecuan al nuevo del punto de vista y también corresponden a Tesa, ya adulta y maestra. Resalto esta reaparición de los sueños porque exponen, con el relato ya maduro, el movimiento general que propone Lardone. Los sueños de cada una reflejan los caminos que funden sus actos, sus miedos y sus dudas. Por un lado, el camino de Ottavia, la jorobada sin posibilidades, lo que busca permanecer pese a todo. Por el otro, el camino de Tesa, mal nacida pero dotada, esto es, lo que necesita, de una vez por todas, explotar.

Casi sobre el final muere el último hombre de la familia, y Tesa habla y toma decisiones, por primera vez, en primera persona. Tesa habla de verdad, e inaugura un hacer. La novela puede leerse, entonces, como una historia de dos caminos paralelos pero inversos, algo semejante a las sendas de una ruta de campo. Por una parte, es sin duda la historia de la desaparición: un relato que busca exponer la desaparición muda, la inacción como único destino. Por otra, es la historia de una fuerza liberadora. Una liberación que, como tantas, se demora, pero que aparece contra todo obstáculo porque no es más que el mismo instinto de supervivencia, ejecutado, prolapsado.

La castración no tiene más edad que la que nos separa de nuestros progenitores. Por eso esta novela tiene herramientas para permanecer en el tiempo, más allá de lo que dicte el mercado editorial, la tierra o la soja.

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* Sería interesante tender algún hilo que conecte el personaje de Tesa con el de Nefer, la protagonista de Enero, nouvelle escrita por Sara Gallardo en 1958. Hay una cercanía evidente entre las formas de decir y de pensar en ambas niñas-mujeres, cada una con su pequeño gran entorno a cuestas.

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2 respuestas a Puertas adentro, de Lilia Lardone

  1. Marcelo D.Díaz dijo:

    Muy minuciosa la lectura. Se me ocurre que otra forma para ingresar puede ser la de pensar el texto desde la Lit. de aprendizaje, usar una noción como la de género, no digo reducir “Puertas adentro” en su complejidad a una cuestión de elementos/convenciones que se repiten pero funciona me parece desde todas las sentencias que circulan en la novela (enfatizando la figura de Ñato). La otra cuestión, relacionada con lo anterior, es pensar en la presencia de discursos hegemónicos, a la manera de Angenot, que andan dando vueltas por ahí. Maximas, que no son otra cosa más que construcciones discursivas, que definen pautas y normas de pensar y estar y actuar en el mundo. Me sirvió mucho la idea de ” la historia de la desaparición(…) la historia de una fuerza liberadora. Una liberación que, como tantas, se demora, pero que aparece contra todo obstáculo porque no es más que el mismo instinto de supervivencia, ejecutado, prolapsado.” creo que cierra, pero no clausura, la propuesta de lectura de “Puertas adentro” Saludos.

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