Poesía reunida, de Gustavo Borga

Colaboración de José Di Marco~ |

Gustavo Borga: Poesía reunida.
Llantodemudo, 2011. Poesía.

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Lo que puede el poeta que no sabe

Uno

El acápite que inaugura la poesía reunida de Gustavo Borga (Villa María, 1960) es esta frase de Kafka: “No, no soy fuerte ni sé escribir… No sé nada…”; con los juicios negativos que otro se aplicara a sí mismo, Borga traza su figura de autor. La endeblez, la impericia para la escritura y el reconocimiento de la ignorancia absoluta la definen. Es el autorretrato lapidario de un escritor que no sabe escribir, la presentación de un autor sin autoridad. ¿Y cómo es la poesía de un autor que encuentra en la silueta autorreferente y degradada de Kafka una forma precisa de identificación? ¿En qué consiste la poética de un escritor que halla en el no saber el acceso privilegiado a la propia escritura?

Postulado como un modelo y acaso también como una ética —para la cual la imposibilidad creciente es el combustible que la pone en funcionamiento y la mantiene activa y fecunda—  Kafka signa la prosapia de un estilo que esconde, detrás de la sintaxis recta  y la transparencia de su léxico, los mecanismos de su potencia y fertilidad.  La poesía de Borga —la de un autor que se atribuye, por mediación de otro, los atributos de la morbidez y la inoperancia— es, si se quiere, genéricamente kafkiana, tanto como puede serlo toda la que propone situaciones que remedan la asfixia de las pesadillas y rozan el desconcierto del absurdo.

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Dos

Es difícil extirpar de los poemas de Borga un verso y extrapolarlo como un ejemplo de discurso poético, una ilustración de lo que se supone distingue a la poesía de otros géneros discursivos, a saber: desvío de la norma, opacidad del referente, presencia de figuras retóricas, etc. Lo que Borga hace con la lengua —lo que le hace a ese medio del que nos valemos para pedir un café en el bar, responder a una encuesta sobre nuestras preferencias electorales o redactar una reseña bibliográfica— constituye una operación sutil e invisible, que no se localiza en el nivel de la frase: ni en los acentos ni en la medida ni en la rima, como así tampoco en la dimensión tropológica de la misma. Hay un prosaísmo estricto y deliberado y, hay, sobre todo, un arte de la composición por el que los poemas semejan bloques autónomos de sentido, concisas geometrías en las que materia y forma se aúnan para provocar en el lector una suerte de descarga eléctrica.

A fin de mostrar la extrañeza y el asombro, la conmoción y el estupor que nos produce la lectura de los poemas de Borga (ceñidos, sólidos, categóricos) habría que citar, reproducir, íntegramente, cada uno de ellos. Totalidades microscópicas, máquinas minúsculas que fabrican sentido y lo multiplican por medio de la elipsis y la alusión, lo que los singulariza reside, sobre todo, en un efecto enigmático: en los modos en que interponen su musculatura tensa y maciza entre el lector y el mundo, transformando la mirada rutinaria de uno en una ocasión para el asombro y la perplejidad y transfigurando las repeticiones del otro en un ámbito donde la diferencia cobra la fisonomía monstruosa de la crueldad y el pánico, el gesto ácido del sarcasmo, la mansedumbre del candor y la dulzura.

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Tres

En las antípodas de lo que suele designarse como “poesía discursiva”, sus poemas obtienen un máximo rendimiento de la economía expresiva, de la contracción lingüística. Carentes de títulos que los identifiquen, sus versos cortos (de una sola palabra a veces) se agrupan en estrofas también breves: fotogramas nítidos en los que resplandece, como una epifanía fugaz, un soplo de peligro.

Caí
de rodillas
el día
que el sol
me atravesó.

Me levanté

y comencé
a escribir.

Con este poema —en el que se encripta una poética— empieza patitos degollados (2002). Es un texto inaugural, como si toda la obra de Borga, la que recoge el volumen que estamos comentando y aún así la que le sigue, se fundara a sí misma en esta escena fulminante e intensa. Caer, levantarse y comenzar a escribir. Así se caracteriza el advenimiento de la escritura: como el remate de una secuencia que implica primero un desplome y luego un ascenso. Si la leemos invertidamente, yendo del efecto a su causa, encontramos que la intervención de la naturaleza resulta decisiva (“el día/ que el sol/ me atravesó”) para que un sujeto se vuelva escritor. El poema se vuelve una alegoría en miniatura acerca de la praxis poética como una iluminación, la llegada descendente y vertical —un rayo luminoso que baja— de un don inesperado.

De esa fuerza que irrumpe desde la naturaleza —o, mejor dicho, por la cual la naturaleza se presenta, como un fulgor insondable, en el mundo de los hombres— trata, también, el poema que abre hermoso niño rubio (2006).

Un colibrí
atravesó
con el pico
a un recién
nacido

¡Será poeta!
gritó
la partera.

El que atraviesa con su pico al niño que acaba de nacer es un pájaro movedizo, ágil, diminuto; un pájaro que parece estar perpetuamente en vuelo; un pájaro sin nido visible. Antes de recibir su nombre (antes de ingresar en la sucesión temporal, de caerse y de levantarse) el recién nacido habrá de ser, según el grito de la partera, poeta.

Acá no hay encadenamiento (no hay derrumbe ni elevación), tampoco causalidad que se revierte  sino, más bien, un suceso único, instantáneo e irreductible, producto de un encuentro inaudito (el pájaro que rara vez se posa con el recién nacido): la dislocación de un orden que la heteronomía del don trastoca en acontecimiento.

O comienzo o nacimiento (y no deberíamos considerar ambos términos en tanto que sinónimos), la poesía obra siempre como una donación, y es, en un caso y el otro, una unión impredecible y un hechizo sin genealogía ni término: iniciación luminosa, nacimiento que recusa y descarría los mandatos de la herencia.

Con una mano
escribe
Con la otra
asfixia

a un niño.

En otro poema la poesía es también el asunto relevante, en este caso se trata del acto mismo de escritura presentado como un ejercicio de la crueldad. El paralelismo sintáctico organiza los cinco versos del poema, y la supresión del sujeto de los verbos (escribir-asfixiar) produce un efecto curioso. El lector tiende a adjudicarle ambas acciones a un mismo sujeto, como si leyéramos: “mientras”, “al mismo tiempo que” (él) lleva a cabo esto asimismo (él, el mismo) realiza esto otro. ¿Por qué tendemos, sin hesitaciones, a considerar, recurriendo a la sintaxis como criterio, que este poema consta de una sola oración de predicado compuesto y que, en cambio, no resulta de la yuxtaposición de dos cláusulas diferentes (A escribe/B asfixia)? ¿Por qué inferimos, basándonos en la evidencia sintáctica, una interpretación al fin, que quien escribe es, también, el que asfixia? La respuesta, por supuesto, habrá de ser inevitablemente conjetural, aunque obre a nuestro favor el paralelismo “con una mano/con la otra”.

El poema muestra cómo opera la escritura de Borga. Elíptica, concentradamente, por omisión y a través de la ambigüedad, nos induce a (y nos permite) efectuar derivaciones. Lo que justificaría la validez de ésta es la activación de un motivo recurrente en la obra de Borga: la crueldad. En patitos degollados, el niño/la niña aparece como el objeto insistente de la ferocidad ejercida sin compasión por los adultos. Más específicamente: los padres castigan a los hijos. El vínculo filial está afectado por la violencia desmedida e impiadosa. En hermoso niño rubio, el objeto se transfigura en sujeto y la crueldad recibida se vuelve transgresión y venganza. Pero, en el universo opresivo y crudo que el autor postula, los adultos (los padres) lastiman y dañan a los niños (los hijos). De allí que la escritura, un acto consumado por un mayor, se torne también una cifra de la brutalidad y el crimen.

Otros poemas del volumen ofrecen —además de la del iluminado— distintas figuras de poetas. Junto a los homenajes para Alejandra Pizarnik y Dolly Pagani (en el que la escritura se considera una práctica vital, continua y obstinada), se disponen aquéllos en los cuales los/las poetas, íntima o públicamente, exhiben su impostura o se dejan ganar por el resentimiento. En la galería de poetas que Borga propone —y en la que se destacan las mujeres— están los que asumen su don con autenticidad y lo multiplican frente a los que, en cambio, lo malversan o dilapidan. En los retratos de quienes hacen de la poesía una forma de vida y un modo del lenguaje que conjugan la entrega incondicional, el riesgo extremo y la indiferencia social, Borga encuentra tanto su ámbito de pertenencia como los rasgos de su propia cara de artista, paradojalmente famélico y portentoso.

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Cuatro

En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges glosa algunas pocas páginas de una enciclopedia que describe y cataloga las particularidades de un planeta creado por una conjuración de hombres sabios y anónimos. Los hrönir son ciertos objetos que, provenientes de Tlön, están invadiendo, con sigilo, nuestro mundo: una brújula enigmática, un cono de un metal reluciente y pesadísimo. Extraños y singulares, los poemas de Borga se instalan entre nosotros como los hrönir, para sumirnos en el vértigo y la confusión; inescrutables, fúlgidos y espesos son, debido a su drástica brevedad, curiosamente portátiles (la obra reunida que estamos comentando abarca apenas algo más de 100 páginas). Pueden estar ahí, al alcance de nuestras manos, esperándonos, reticentes y escuetos. Firmados por alguien que se quita todo mérito de escritor, eximidos voluntariamente de ornamentación y verbalismo, condenatorios de la sumisión y la demencia que padecen los niños, nos desafían a experimentar la poesía como un golpe, una revelación veloz, una sacudida dolorosa y lúcida. Agitación, develamiento y encontronazo que afectan nuestros modos de hablar, percibir y entender.

Silenciosamente, el mundo (y cada uno de nosotros) se va volviendo Borga.

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4 respuestas a Poesía reunida, de Gustavo Borga

  1. lautreamont, salvando las distancias , claro- .ups , también baudelaire. si para vos hay ambigüedad donde solo existen golpes de efecto, te regalo la ambigüedad aunque el texto señale lo contrario.
    diría, pegale una leída a los cantos del maldoror

    • José Di Marco dijo:

      Supongo que sos un lector experto del francés y que has leído el texto de Benjamin sobre “Las flores del mal”.
      Apenas leo castellano, en su variante rioplatense, y no soy el dueño de lo que dice ningún, pero ningún texto.
      Como el sentido no me pertenece, al igual que me son ajenos los colores de las prímulas y el zureo de las palomas, le llamo ambigüedad a todo lo que me sitúa ante mi finitud e ignorancia.
      Dale una leída a Nicolás de Cusa (a lo mejor dominás el latín).
      Bye.

  2. Erika Madrid dijo:

    Genial!

  3. araujo dijo:

    excelente lectura, josé. además, vía Kafka, se entronca (aunque vos lo decís también) la cuestión de la Ley, la figura paterna, uno de los ejes sobre los que opera la poesía de Borga. lo llamativo, una de las cosas particulares de la escritura de Borga, es que se salta los últimos… ¿30? años de poesía nacional, lo que, probablemente, sea una gran cosa y un ejercicio a tener en cuenta

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