Un canto pisano, de Sam Hamill

Sam Hamill: Un canto pisano.
Postales Japonesas Editora, 2011. Poesía.

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¿Cuál es el equilibrio ideal entre arte y política, cuándo se potencian y cuándo se aniquilan entre sí? ¿En qué proporción se debe considerar la biografía de un creador cuando se sopesa su obra?

En febrero de 2003, el poeta norteamericano Sam Hamill (1943) encontró en su buzón un sobre con una invitación de Laura Bush. La primera dama de Estados Unidos quería que Hamill participara de un simposio de poesía en la Casa Blanca. Consciente de los planes que George W. Bush tenía para Irak, Hamill decidió rechazar la invitación.

Eso —y la campaña que Hamill inició después contra la guerra— lo resume bien Esteban Moore en el prólogo de la admirable edición cordobesa de Un canto pisano, hecha por un nuevo sello independiente, Postales Japonesas. Se trata de una selección de dieciocho poemas de Hamill en atractiva versión castellana del propio Moore.

Su prólogo resulta crucial. ¿Cómo recibiríamos los versos de Hamill si no supiéramos nada de su rechazo a aquella carta con tan poderoso membrete, The White House? Creo que hay tanta poesía en ese gesto rebelde que antecede a las palabras como en las palabras mismas. Hamill es una prueba viviente de que la poesía puede ser más que lo impreso en una página, concepto que el poeta aprendió de Kenneth Rexroth, su maestro (a quien le dedica un “Réquiem” en el libro).

En los poemas de Hamill, especialmente en el largo poema que da título al libro —con abierta referencia a Ezra Pound—, se traslucen ráfagas de una amarga indignación que uno relaciona de inmediato con aquella semblanza biográfica inicial:

Un presidente que dice mentiras que guían a la masacre,
periodistas repitiendo las mentiras que guían a la masacre,
qué importa un poco de excremento en tu hamburguesa
si esto no impide la producción
y por lo tanto asegura el beneficio?

Yo defiendo algo, dice Hamill en otro verso de ese mismo poema (p. 77). Sobre esta actitud de subrayar que se es “un poeta contra Bush” o “un poeta contra la guerra” —y sobre el hecho de incorporar esas informaciones a los poemas mismos— cabe hacerse algunas preguntas, quizás incómodas. ¿No aprovecha Hamill el aura de la disidencia para así inventar o acrecentar su propio mito? ¿Hasta qué punto se actúa tal cual se siente y desde qué punto se empiezan a calcular efectos y proyecciones? ¿Hace falta incluir, en medio del poema (ver pp. 73-74), una semblanza de premios y honores recibidos en Italia por hablar contra la guerra?

Ya más lejos de la denuncia y la indignación (No arrojes bombas sobre un pueblo / cuya poesía no hayas leído!; p. 65), también se encuentran versos de una resignación sabia, que moderan el “heroísmo” anterior. Por ejemplo algunos del que, a mi juicio, es uno de los poemas más contundentes del libro, “La paz verdadera”:

Y mi amigo simplemente me dijo: “Thich Kuang Dúc
ha alcanzado la paz verdadera”.
Y yo supe esa noche que la paz verdadera
nunca estaría a mi alcance […].

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Esa misma sabiduría se encuentra en otros poemas, como “La flor de la orquídea” —reconocimiento instantáneo del presente y aceptación de una muerte inexorable— o “El don de lenguas”, cuyo remate es una lección sobre el lenguaje:

la Palabra es sólo evidencia de lo real:
en la lengua hopi no hay ballenas;
en el inglés norteamericano no existe el Cuarto Mundo.

Otro motivo fuerte en el libro es la representación del paisaje y la naturaleza, tendencia bucólica que se ve con claridad en algunas partes del “Réquiem”, y también en “Destino, la nada” o “Un fuego frío”.

Hamill, que supo dirigir durante décadas una editorial independiente de poesía, goza de influencias múltiples y variadas, por lo que no se priva de las citas y los guiños (se agradecen las referencias de la edición, que nos permiten no perdérnoslos). Se destacan en particular varias referencias de origen oriental: el Karma, el dragón, autores como Kawabata o Lu Chi… A veces lo oriental simplemente se percibe en algunas formas, como en la del breve y hermoso poema “La canción de Hitomaro”.

El poeta pone de relieve estas preferencias, que lo emparentan con sus contemporáneos, los beats (algo mayores que él).  Seguramente esa influencia oriental también la habrá recibido —otra vez surge lo biográfico— durante el tiempo en que estuvo en una base militar en Okinawa, Japón, mientras pasaba de ser un soldado norteamericano a un objetor de conciencia, transformación acorde al espíritu de los años sesenta.

Me alegra que libros como Un canto pisano se editen en Córdoba (también Alción supo aportar ediciones de Ferlinghetti y Kerouac, traducidas por el mismo Moore). Esa alegría impulsa esta reseña, aun sin conocer todos los secretos de la poesía. Claro que, si se piensa como Hamill, primero uno debería preguntarse quién podría desentrañar de verdad ese misterio que representa un poema:

Si el trabajo del poeta no fuera secreto,
incluso para el propio poeta,
cualquiera podría realizarlo,
y es un tonto aquel que piensa que cualquiera puede hacerlo.

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