La moza, de Sergio Gaiteri

Colaboración de Santiago Olagaray~ |

Sergio Gaiteri: La moza.
Eduvim, 2010. Relato.

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Sólo cincuenta y cinco páginas de narración pura.

Terminé y me quedé con el libro apoyado en el pecho. Sentí esta pregunta como un varillazo: ¿se puede percibir belleza observando una línea recta?

Voy a ser sincero: me había propuesto este comentario de La moza (Eduvim, 2010) porque me había llamado la atención el primer párrafo, pero con semejante pregunta encima dudé si seguir o no. Me pareció que la cuestión me quedaba muy grande. Sin embargo, cuando el desafío se lo pone uno mismo, se puede fracasar tranquilo. De ninguna manera creo que La moza sea un fracaso, pero sí un riesgo que probablemente el autor se haya autoimpuesto.

Volví al comienzo del relato. Miren, el punto inicial de la historia está tan visible sobre el papel que uno siente que tiene que avanzar:

Nunca voy a entender por qué después de tantas idas y vueltas, de más de un mes de tratar el tema, de algunas noches de hablar hasta la madrugada y de cruzar llamadas telefónicas a horarios insólitos del día, una mañana, sin hacer un gesto para demostrar qué se le pasaba por la cabeza, así nomás, sin decir nada, a Roxana se le ocurrió levantar sus cosas e irse con los chicos a la casa de la hermana.

Me pareció que esa marca hecha en el tiempo tenía algo muy particular. Prometía un relato de paradojas, o al menos de enredos, porque a la vez tenía todo y de la forma más general posible: Nunca, después, más de un mes, algunas noches, la madrugada, horarios del día, una mañana. La marca era nítida, pero costaba saber exactamente dónde se ubicaba.

Avanzando en el texto encontré otra cosa. Pronto sentí que el libro es un segmento de la vida de un tipo: de acá hasta acá. A partir de ahí, tuve otra pregunta dándome vueltas: ¿no es cualquier historia más o menos eso, un pedazo de la vida de alguien? Me quedó a mano decidir sin ningún fundamento que sí, de lo contrario no podía avanzar más.

Creo que lo que hizo Gaiteri es ir del punto A al punto B cubriendo la menor distancia posible. Así, además de una dirección, aparece un sentido: el punto A (el comienzo) existe sólo para poder llegar al punto B (el final). Ahí pensé en Un hombre serio, la película de los hermanos Cohen, que va marcando un camino hasta un final majestuoso donde todo lo anterior cobra sentido de golpe. Así es como se agrega una segunda y una tercera dimensión. Ésas eran mis expectativas, pero el final de La moza no logra eso, sino otra cosa. Ténganme paciencia, ya voy a llegar ahí.

Diría que lo que sigue a aquel párrafo con el que empieza el libro es una ampliación. Pronto queda claro por qué se fue Roxana: una infidelidad; y se nos dan detalles de adónde se fue, con quién y más o menos en qué momento; luego nos enteramos que el hijo mayor del narrador se vuelve con él y conviven hasta el final. Y así sigue la línea del relato hasta llegar al segundo punto, que ya se nos avisó en el título: la moza.

En el transcurso, el texto nos lleva por lugares reales. No solamente en la forma de escenas que nos hacen pensar “ah, esto a mí también me pasó”. Y no sólo en sentimientos ordinarios habilísimamente transmitidos sin necesidad de adjetivos. Pasamos por lugares realmente reales: Villa Giardino, San Francisco, la avenida Colón de Córdoba, un salón de fiestas de la Recta Martinoli.

En ese escenario de la Recta, alcanzamos a verla a lo lejos. Y cuando finalmente llegamos a ella, la moza es real. Yo, que vivo en Córdoba, sé en qué barrio vive, cómo habla de hombres con las amigas, cómo consiguió el trabajo. ¿Pero y si yo no viviera en Córdoba? ¿Qué sería de la moza? Con poco se puede hacer mucho, y Gaiteri lo logra, pero rara vez con poco uno se da una panzada.

Y justo ahí, donde yo personalmente me quedo insatisfecho, me parece que está la virtud del autor: poner a disposición algo bello para el que lo pueda ver.

Esto, más que sentirlo, lo tuve que pensar: creo que se puede percibir belleza en una línea recta, sí. Se puede si esa línea tiene la longitud justa.

Hay un par de páginas más, las palabras finales donde se nos da a entender que la línea podría seguir, pero no sin dar un giro. Sería necesario un quiebre, y nos vemos privados de eso. A lo sumo está sugerido. Como cuando uno levanta la birome y el final desprolijo del trazo deja una marca que rompe con la simetría. Eso es algo que me resulta sumamente inquietante.

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