Por dentro todo está permitido, de Jorge Baron Biza

Jorge Baron Biza: Por dentro todo está permitido.
Reseñas, retratos y ensayos.
Caja Negra, 2010. Ensayos.

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La editorial Caja Negra ofrece una impecable recopilación de cuarenta textos que Jorge Baron Biza (1942-2001) publicó mayoritariamente en medios gráficos cordobeses. La selección es de Martín Albornoz, quien también aporta una interesante presentación del autor; al cierre hay otra semblanza, más breve y sentimental, escrita por Marcelo Scelso. El caprichoso título del libro proviene de un subrayado hecho por el propio Baron Biza en su ejemplar de Viaje al fin de la noche, de Céline.

El libro se divide en tres secciones —“Reseñas”, “Retratos” y “Ensayos”—, organización que diferencia sobre todo la forma de los textos; sin embargo, a los fines del siguiente inventario, el contenido de las 208 páginas del libro puede subdividirse por tema, así:

I. Artes plásticas (23 textos):
      1. Sobre grandes artistas o sobre muestras (16).
      2. Otros textos que reflexionan sobre Arte (7).

II. Literatura (9 textos):
      1. Relacionados con su novela El desierto y su semilla (5).
      2. Otros textos sobre Literatura (4).

III. Sociedad (8 textos):
      1. De la alta sociedad (6).
      2. De la vida en los márgenes (2).

Estas categorías se solapan en algunos textos fronterizos. A continuación siguen los rasgos salientes de cada tema.


I. Artes plásticas
I.1. Textos sobre grandes artistas o sobre muestras

En general son artículos publicados en La Voz del Interior, muchas veces para reseñar muestras (sobre todo en la Fundación Proa). En el acercamiento a la vida y obra de cada artista, la erudición de Jorge Baron Biza [JBB] no interfiere en su claridad expositiva.

Sostiene por ejemplo que la obra de Jean-Michel Basquiat terminó siendo “el gran negocio del artista joven crucificado”, y suscribe la opinión de que fue un caso de “explotación de un joven por una clase ansiosa de novedades” (la cita es de Susy Gablik). Imposible no detenerse en el detalle de que, al referirse al arte del graffiti practicado por Basquiat, Baron Biza —un futuro suicida— haya escrito: “Es un arte que no permitía titubeos; apenas unos instantes para demostrar que uno tenía lo hay que tener: fuerza para seguir viviendo” [el destacado es mío].

También aplaude a Robert Mapplethorpe por haber accedido “directamente a la participación, una de las metas del arte en todos los tiempos”; y a Sebastião Salgado, por evitar “los métodos abruptos del fotoperiodismo sensacionalista”. Aprovecha una muestra de Dan Flavin para explicar relaciones y rechazos entre el arte conceptual y el minimalismo; da cuenta de las idas y vueltas de Giorgio De Chirico con el surrealismo y de Giacomo Balla con el futurismo; e incluso encuentra, en algunas imágenes de Frida Kahlo, unos “perfectos anti-Riveras”: donde Diego “convocaba a la revolución y hacía girar sus murales en un espacio centrífugo que pretendía alcanzar la sociedad entera”, Frida hacía lo contrario, concentrándolo todo en la figura de su propio cuerpo enfermo (“la negación de la sociabilidad”).

Se destaca su personalísima interpretación etílica de un cuadro de Edouard Manet,
El bar del Folies Bergère [clic en la imagen para ver una síntesis de su análisis]:


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También capta su mirada el popular Florencio Molina Campos, a quien no considera menos que a “otros artistas que han logrado una manera fácilmente identificable” —como Botero—, pero tampoco más. No coincide con Carlos Alonso cuando éste desvaloriza la tradición cordobesa de los pintores de “la cabrita y el burrito”, porque cree que “la historia de la plástica no se agota en una lectura comparativa con la universal o metropolitana” (asunto sobre el que volverá en otros ensayos; ver I. 2). Cuando piensa la obra de
Pedro Pont-Vergés, aflora el mismo tema: señala que la crítica porteña nunca supo entender bien el llamado “efecto Córdoba”, ya que “vio en él una detención de lo que considera rupturas obligatorias en el arte, y no una vía alternativa ligada al mismo tiempo a la tradición y a la interioridad”. (Estas observaciones sobre la plástica de Córdoba muchas veces valen también para su literatura. Las artes son el Arte).


I. 2. Otros textos ensayísticos o teóricos sobre arte en general

La relación “Capital-Provincia” es ampliada por JBB en algunos de estos ensayos. Por ejemplo, el autor marca la diferencia entre lo “provincial” y lo “provinciano” (que es la diferencia entre nuestra posible valoración positiva interna y una mirada externa que nos subestima). Sugiere que no se superponga al arte de Córdoba con las historias del arte europeo o porteño, como una forma de no negarle su propia identidad. Cataloga las etapas del arte provincial y se anima a definir la identidad del arte argentino, no desde la teoría, sino desde una mirada concreta: la del exiliado, que no distingue una obra de arte argentina por definirla teóricamente, sino que lo hace “vivencialmente, porque se le cayeron las medias” al verla.

Además, JBB distingue los territorios comunes y las zonas de exclusión entre moda, arte y política (mediante la comparación de una falda de Gattinoni y una obra de Richard Lyle). Contrapone las idiosincrasias de turistas/viajeros frente a la de los roaders, esos maestros del arte de “la huida sin fin” (cuyo ejemplo más claro sería la película Easy Rider). O analiza las aproximaciones y alejamientos históricos entre la palabra y la imagen, entidades que hoy vuelven a acercarse casi hasta fundirse en los “jeroglíficos de la web”.


II Literatura
II. 1. Relacionados con su novela
El desierto y su semilla

Estos textos completan datos alrededor de la anécdota familiar en la que se basa la gran novela de JBB, El desierto y su semilla (1998). “Leyes de un silencio” —frase que, según Albornoz, era el título inicial para la novela—, es una narración breve sobre la cremación y posterior dispersión de las cenizas de Raúl, el padre de JBB, disfrazado una vez más bajo el seudónimo de Arón. por su parte, “La historia de un disparate” vuelve a la niñez del autor en una anécdota algo dispersa.

Más impactante resulta “A propósito de ‘La verdadera historia’ de Enrique Sdrech”: una breve carta enviada a Clarín en 1986, luego de que se publicara una investigación sobre “la verdadera historia” de la familia Baron Biza. “La excelente investigación periodística de Enrique Sdrech me obliga a reflexionar sobre la diferencia entre el aspecto exterior de una tragedia y su visión interior”, dice JBB. Los lectores de El desierto y su semilla ya imaginarán cuán crucial habrá sido una reflexión así para la escritura de la novela.

Esto entronca con uno de los mejores ensayos del libro: “La autobiografía”. “El auténtico autobiógrafo no debe escribir para elogiarse ni para chismear, sino para salvarse de la muerte”, dice JBB, sentando las bases para su ficción basada en hechos reales. Otro ensayo, “La libertad del cocoliche”, completa el grupo de textos que refieren en forma más o menos directa a la poética o la anécdota central de la que —a la fecha— probablemente sea la mejor novela contemporánea de Córdoba.


II. 2. Otros textos sobre literatura

Son breves, pero tan sustanciales que dan ganas de citarlos íntegramente. Al primero, “Elogio de la reseña”, podría asumirlo casi como un método internalizado (o más aún: como mi credo personal) a la hora de referirle a otra persona —muchas veces, un lector desconocido— la experiencia que he tenido con un libro en particular. En cierto punto, JBB sostiene que:

“Hoy casi nadie quiere practicar reseñas. Tanto académicos como periodistas culturales se montan a las jerigonzas críticas, sin cuidarse del medio para el que escriben. Algunos artículos confeccionados con los vocabularios hegeliano, estructuralista, bourdiano, semiótico o lacaniano, y publicados en medios masivos, han espantado más gente de los libros y las galerías de arte que todas las represiones anticulturales.” (p. 26).

El decálogo de la mala crítica” amplía lo anterior con abundante ironía y un arranque lleno de humor. Es un decenso al infierno literario, que culmina cuando el Dios de la Mala Crítica le ofrece a JBB su jugoso decálogo. Transcribo aquí sólo el primero y el último de sus mandamientos, para que se vea su sentido del crescendo:

1. De un libro se habla para explicarle al autor cómo debiera haberlo escrito. Privilegiar siempre lo negativo (p. 29).

 10. Aceptar todas las invitaciones de las grandes editoriales porque este rebusque de crítico me sirve sólo hasta que publique mi primer libro. Entonces van a ver esos escritores pelandrunes lo que es literatura en serio (p. 30).

En su artículo sobre el centenario del Martín Fierro, JBB nos ofrece dos buenas definiciones de un clásico: “Un buen libro […] debe ser esto: un libro que vuelve siempre a nosotros”. […] “Porque un libro inevitable es sin duda un clásico, y el Martín Fierro es la oportunidad —la única— de experimentar esa relación constante con el espacio y el tiempo que me corresponden, y que sólo un clásico puede me puede brindar”.

Completa este grupo con un bosquejo de la relación entre Borges y María Kodama, “gran historia de amor” que Albornoz ubica atinadamente en la sección “Retratos”, y que empalma bien con el siguiente grupo temático.


III. Sociedad
III. 1. De la alta sociedad

La parte más aburrida del libro. Supuestamente habría que leerla como una mirada irónica (o ácida) sobre las ocupaciones y modos de vida de las élites, pero sospechamos que, ya desde su apellido, Baron Biza compartía demasiadas cosas con esas mismas élites como para tomar la suficiente distancia en sus observaciones y volverlas irónicas al 100%. Además, esos retratos se publicaron en La Revista —publicación porteña de actualidad en la que JBB trabajaba—, la cual tenía entre sus lectores a esas mismas personas retratadas. De mi parte, reconozco el profundo desinterés que me generan títulos como “En la mesa con los famosos. Nelly Arrieta y Florencia Plate de Rueda”, los cuales parecen sacados de revistas como Hola o Caras. Destaco, sí, dos textos: uno sobre la idiosincracia de la Fiesta en tanto catarsis social; y una ingeniosa carta en la que JBB pinta de cuerpo entero al playboy argentino más famoso: Isidoro Cañones.


III. 2. De la vida en los márgenes

Dos textos potentes, aunque con intenciones distintas. “Toreros de radiadiores” es un texto casi militante, que busca concientizar al lector acerca de las vidas de los llamados “chicos de la calle” mediante el efecto de una función apelativa encarnada en el uso de la segunda persona. Más fuerte resulta “El canto de la lejana libertad”: una memoria descriptiva de una visita al penal de Bouwer, recopilando los escritos que los presos han garrapateado en sus puertas y paredes. Sobre esos textos, JBB se pregunta:

“¿Literatura del verdadero límite? ¿Literatura del otro lado del límite? Aquí nadie jugó al surrealismo ni al dadaísmo. El contrasentido, el absurdo, lo incomprensible tuvieron aquí un valor existencial que hace que nos riamos de todos los experimentos de la ciencia literaria”. (p. 130).

Sorprenden dos cosas. Primero, que a Baron Biza parezca pasársele por alto que uno de los escritos carcelarios recopilados son versos de “La hija del fletero”, lo cual nos lo ubica alejado del rock. Lo segundo que impresiona es la fecha de publicación del artículo: el 2 de septiembre de 2001, es decir, pocos días antes de que JBB tomara la decisión —¿meditada, intempestiva?— de abrir la ventana de su departamento para irse definitivamente de este mundo.

De su personalidad exquisita y cultivada nos quedan una enorme novela, estos brillantes artículos y sobre todo su nombre, “un elemento autobiográfico no mentiroso”: “El nombre va a ser lo que nos va a unir con nuestra muerte y nos va a permitir que después de que muramos sigamos siendo nosotros mismos” (“La autobiografía”, p. 143).

Puede haberse ido, pero todavía podemos leer su nombre en voz alta: Jorge Baron Biza.

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Postdata. Entre los conceptos que destaqué en esta reseña, creo que hay varios aprovechables para orientar la experiencia literaria colectiva de El lince miope. En un breve repaso, esas orientaciones podrían ser las siguientes:
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1) Que —como sucede con la plástica— la historia de la literatura cordobesa no tiene por qué agotarse en una lectura comparativa con la universal o metropolitana; y que, al no superponer esas miradas, se evitará que terminemos negando su propia identidad cordobesa (sea cual fuere).
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2) Que se puede pensar libremente en la literatura “provincial” —¡y en la web, el colmo de lo global!— sin por eso sentir el estigma de lo “provinciano”.
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3) Que podemos practicar con libertad la reseña —la “hermanita pobre” de la crítica— porque es buena para dejar de espantar a los lectores y atraerlos otra vez hacia los libros.
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4) Que, para lograrlo, podemos prestarle atención —por el negativo— al Decálogo de la mala crítica de JBB, como una manera de evitarla; y sobre todo, que podemos apelar a las herramientas más accesibles de la comunicación social para apartarnos de jerigonzas académicas que se degradan si no consideran el medio en que aparecerá el texto crítico en cuestión.
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5) Por último, que la participación es una de las metas del arte en todos los tiempos.

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Una respuesta a Por dentro todo está permitido, de Jorge Baron Biza

  1. “Homenaje a Jorge Barón Biza”
    Viernes 9/sept, de 17 a 18:30hs, En la Sala de Consejo, de la Escuela de Ciencias de la Información (Av. Valparaíso esquina Av. Nogales), UNC
    http://www.facebook.com/event.php?eid=147557998667929

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