Libro de navíos y borrascas, de Daniel Moyano

Colaboración de Augusto Porporato~ |

Daniel Moyano: Libro de navíos y borrascas.
Gárgola, 2006. Novela.

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Ser músico fue una experiencia decisiva para su destino de escritor. Si damos un vistazo a la bibliografía de Daniel Moyano, encontraremos que muchas de las creaciones guardan desde sus nombres un vínculo inmediato con la música o su lenguaje. Tres golpes de timbal, El trino del diablo, Dónde estás con tus ojos celestes (nombre que nos conecta a una canción célebre), Un silencio de corchea justifican un pasado de violinista desde la perspectiva de quien supo sobrellevar el desplazamiento vocacional para edificar, con la escritura, una obra multifacética, original y plena de ambición y riesgo. Su cerebro de escritor pensaba como músico, más precisamente como un compositor de música. En el detalle se asienta la misma diferencia crucial que habría, análogamente, entre un mero intérprete y aquel que se enfrenta a la partitura con la mirada de un creador, atento a desentrañar sus particularidades de estructura, modo, tono y ritmo, esos secretos que hacen que una obra sea, entre muchas otras, una obra maestra.

Y, dentro de sus novelas, ninguna modeló Moyano con mayor musicalidad como Libro de navíos y borrascas, monumental relato que historia las desventuras de un grupo de “setecientos indeseables” (“… éramos setecientas fotocopias de una misma historia, donde no había azar ni diversidad…”), exiliados políticos de la Argentina de los ’70 que viajan en un barco, el Cristóforo Colombo, desde el puerto de Buenos Aires hasta el de Barcelona. La narración en primera persona –los eventuales préstamos se explican por la necesidad de “poner en boca de otro” hechos íntimos que al narrador le “darían un poco de vergüenza”– es subsidiaria a la intención de contar un suceso autobiográfico: el heterónimo Rolando es el mismo Moyano, quien se tuvo que ir del país en 1976, aunque no verdaderamente en un barco, claro, cuya lentitud sirve a los intereses de la novela para que el viaje se advierta, de ese modo, como menos real que alegórico.

Porque todo lo que se desprende de la lectura está matizado con esa intencionada alegoría, el barniz del que se sirve Moyano para emprender un múltiple censo de tragedias –violaciones, asesinatos, suicidios, humillaciones, vejámenes– que, salpicadas en dosis tolerables a lo largo del libro, navegan plácidamente entre el sueño y la vigilia, entre lo dicho y lo sugerido. La sugerencia es inevitable aquí para que uno la sienta cercana a la irrealidad, la ingenuidad en el deseo de que lo que se narra, la nostalgia que subyace en el gran relato, sea vea galvanizado por lo onírico y lo fabuloso, como si nunca hubiera ocurrido del todo.

La narración, lenta, morosa, detallista, atenta a observar con lupa la eufonía de ciertas palabras significativas, se regodea en digresiones que se perciben introducidas sin el más mínimo respeto hacia las prolijas armas del discurso clásico. Guiños como “… y ahora un descansito, ¿no?…” o “… como para hablar de otra cosa, que nos distraiga y ayude a superar tensiones…” ofician de pausas, silencios musicales si se quiere, espacios puente que Moyano incorporaría luego del final de un movimiento sinfónico y previo a la aparición del siguiente de haber sido un compositor de música. Estas distracciones deliberadas valen como puerta de entrada a reflexiones o bajadas de línea, aunque guardan la compostura de no alejarse nunca, temática ni formalmente, del hilo conductor narrativo, siempre cruzado por esa relación de enamoramiento con la música. La obra articula esta larga metáfora del destierro, de cuatrocientas y tantas páginas, acudiendo a diferentes planos discursivos para desalentar el riesgo de aburrir, hiperbolizar o hartar con el ensimismamiento en los desvíos del relato, entre los cuales la digresión, o la digresión dentro de la digresión, es uno de los tantos que componen el tornasolado laberinto de la novela.

Escisión de la trama para presentar sueños, mutación del narrador, recuerdos y fantasías, cambios constantes de registro, fluctuaciones temporales y rítmicas, relatos mínimos que afinan la construcción de los personajes, antropomorfización de objetos a manera de metáfora aleccionadora –es notable el “encuentro sexual” entre el barco y una bahía–, pequeñas escenas de teatro como aliento para completar el sentido ideológico de la historia, componen el arsenal de recursos al que el narrador-personaje apela para fundar, con la ficción, una realidad más amable que aquella que está viviendo –el “barquito paralelo” que hace viajar junto al Cristóforo Colombo y la improbable enamorada que lo espera en Madrid son ejemplos extremos de esa fantasía necesaria–. Con ellos atenúa la desgracia del exilio a modo de bálsamos distractivos, al tiempo que su mirada de músico añade como yapa a aquellos consuelos la búsqueda de la felicidad, concepto absurdo en el contexto de la obra pero que nos conecta, una vez más, con esa voluntad irrenunciable de aliviar la pena y la desolación.

Ya desde el principio Rolando ocupa su lugar para contar la historia “robándole el clima a un viajero de los mares del Sur”, que contará algo que nunca conoceremos, un cuento “de fantasmas, en un refugio de pescadores, invierno europeo”. De modo que narrará sobre “el viejo salitroso”, y el ambiente de borrasca que telonea su relato, hasta que lleguen a él “las palabras justas, el tono que se esconde” para que su “burda historia pueda ganar en fantasía y entrar decentemente en el mundo de la comprensión”. Reconoce que no sabe si será capaz de llevar adelante la tarea porque lo de él “es la música antes que las palabras”, así que fomenta la llegada de la inspiración con el relato de su propia historia –invisible caja china–, un suceso que, principiando el exilio, se convertirá en el hecho capital de la novela: la ruina de su violín, el Gryga, al que una siesta de 1976, “cuando llegaron ellos”, debió dejar colgado de una parra de su patio riojano, a merced del polvo, el viento y la lluvia que el delicado instrumento habría de sufrir en ausencia del único morador de la casa.

La ternura triste de la escena (“… El violincito, colgado de la parra para que tomara un sol modesto, se me fue alejando. Lo quieto era yo y era el violín lo que se iba. Caerían las hojas, llegarían las lluvias de otoño, los vientos de agosto, pasaría un largo tiempo a medir por estaciones y cielos terrestres”) resultará el laboratorio del estilo formal de la novela, un anticipo de su originalidad y su ambición irreverente pues con él fundará Moyano un ejemplo mayúsculo de cómo la música se involucra con la literatura con aquello que más tienen en común: el reconocimiento de un tema y sus variaciones. El abandono del Gryga, entonces, el gran tema de esta novela-sinfonía, desfilará en conmemoración con admirable frecuencia hasta el fin, repitiéndose aquí y allá, apareciendo en momentos poco esperados para recordarnos que alguna importancia tendrá, estratégica, argumental o emotiva, en la clausura de la historia.

La estructura se presenta trabajada así de tal modo que ningún tema bosquejado, por humilde que sea a los intereses finales, es desatendido nunca, modulándose cada vez con variantes distintas, mediante voces, tonos y matices renovados que harán de cada idea, desde la perspectiva fascinada del lector, una modificación permanente que transforma mientras va enriqueciendo. Asistimos a lo deliberado de acudir a un vocabulario técnico –timbre, color, ritmo, arpegio, acorde, armónico–, incorporado en la cotidianidad como el mayor mérito del discurso, para poder explicar el mundo, el mundo absurdo de Rolando, mediante las leyes de la música.

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