Detalles de las moscas sobre el alambre, de Cecilia Romero Messein

Cecilia Romero Messein: detalles de las moscas sobre el alambre.
Ciprés, 2010. Poesía.

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Funciona raro el título con la imagen de tapa: carretes de hilos de colores, gruesos, desparramados, un dedal, una canasta de agujas. En equilibrio simétrico, el título tiene tres palabras fuertes: detalles, moscas, alambres, que de inmediato quise traducir como guiños a Giannuzzi y Perlongher.

El libro está estructurado en una secuencia espacial prolija, también simétrica: el primer y el último poema, sueltos, se llaman igual y son variaciones; es una puerta, y como tal, no es la misma al entrar que al salir. Luego, entre estas dos versiones, hay tres subtítulos: “Mundo animal”, “Soluciones electrónicas o réquiem para una ama de casa” y “Cacería”. El primero y el tercero tienen cierta correspondencia en la extensión, mientras que el segundo es bastante más breve, aunque más extenso que los poemas de apertura y cierre.

También imaginé que cada una de esas tres palabras fuertes del título estaban conectadas con las tres partes del libro, con líneas navegando por encima o por debajo de la línea de flotación impuesta por la simetría evidente, al estilo de las piezas de Shakespeare, donde las relaciones, las asociaciones, surfean a contrapelo de la estructura.

Sin embargo, ninguna de estas suposiciones –“claves de lectura”, diría el pretencioso, “prejuicios” diría el sensato– contribuyeron a que pudiera ingresar con comodidad al libro, a que pudiera transitarlo con empatía o al menos picoteando las migas de esos festines de lugares comunes que a veces se les propone a los lectores para que nadie se inquiete más allá de los límites del bosque.

Pensar cada uno de los segmentos propuestos por la autora como un conjunto en sí tampoco resulta posible; no hay ejes, o problemas que funcionen con claridad bajo el paraguas de esos subtítulos. Tampoco se podrán encontrar diálogos o discusiones construidos entre un segmento y otro, y de hecho es difícil hallar correspondencia entre más de dos textos a lo largo del libro.

Desactivados todos estos intentos, nos encontramos entonces con un libro de poemas. Un poema tras otro. Una palabra tras otra, como se escribe gran parte de la narrativa contemporánea.  Profuso de recursos el libro parece que nunca va a entrar en cauce, y de hecho no lo hace, sólo en algunos textos aparece una estructura que con todo su rigor ciñe las palabras a determinada matriz.

Son poemas que se vienen como una perdigonada: difícilmente te acierten de lleno, pero seguro que un par te alcanzan. En ese sentido, hay poemas que me dejaron rumiando, las palabras se hacen 3-D gracias al tratamiento (para no decir la táctica) que les brinda la autora, como en “Anguilas”:

ellas me exigen jugar al scrabble
hay un tiempo en que las chicas
son una pequeña novela en boliches under para ser
las anguilas fueron hasta lo profundo y volvieron río arriba

En la contratapa, José Di Marco utiliza las palabras vértigo y metamorfosis, y habla de un teatro autónomo. Es difícil establecer determinantes en este caso, sin embargo, esos rasgos aparecen patentes en “Cadáveres”:

colgarnos de la adolescencia,
colgarnos de ella y balancearnos despacio
como ratas voladoras esperando la oscuridad.

Todo esto para decir que no creo que sea gratuito el desconcierto que genera en el lector encontrarse con este libro: un motor desarmado, con todas las piezas en una caja de madera, para que se las arregle como pueda, para que construya el artefacto que le plazca. Hay un procedimiento de despliegue que no parece limitarse a un ejercicio lúdico bajo control, sino más bien a una necesidad de expansión hasta donde las energías lleguen, sin medir consecuencias.

Antes, en 2006, Cecilia Romero Messein había publicado otro libro de poemas, Antiguo silencio, por la editorial Cartografías. Es un libro conceptualmente más orgánico, tal vez allí se encuentre la génesis de este segundo libro, de su estrategia descontracturante. La autora abre el corral, y detalles de las moscas sobre el alambre es un puente por donde pasan niños, animales, objetos, cada uno desde y hacia una experiencia singular, mientras abajo se arremolina el río oscuro de la lengua.

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