Un oso polar, de Pablo Natale

Colaboración de Federico Lavezzo~ |

Pablo Natale: Un oso polar.
Ediciones Recovecos, 2009. Cuentos.

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Imágenes que vale la pena vivir

Bajo una apariencia de agua calma transcurren los cuentos que conforman Un oso polar. Pero es eso, mera apariencia. A poco de adentrarnos en las historias nos encontramos con un libro incómodo, no apto para leer en la espera del dentista. Son cinco cuentos reunidos y cinco historias –también en apariencia– inconexas, hilvanadas por cierto afán del narrador de construir, ante nuestros ojos, el guión de lo que pasa y/o lo que podría pasar.

El texto que inicia y da nombre al libro cuenta la historia de Lautaro Hans Melzenberg, un niño obsesionado por el dibujo de un oso polar hecho por su hermana; o mejor, la historia de las manos paralizadas de Lautaro y las fotos de su tío Mel: “…en el momento mismo en que su tío prepara la foto, en esos pequeños instantes, se sabe cómplice. Entre el deseo de la foto, y el disparo de la máquina, Lautaro Hans Melzenberg puede mover las manos” (:13).

En el segundo cuento (“Acerca del verde claro”) la memoria del protagonista procura seguir el rastro de Guillermo Kenny, lejano compañero de escuela y perturbadora influencia, de cuya muerte habría quedado un sumario recorte de diario y jirones de relatos dispersos por la ciudad, que “contaban algo de Kenny, siempre subido arriba de su moto, siempre con drogas, mujeres, pecas y cosas verdes” (:39).

“Dibujos – Diario de viaje” es un diario dibujado a lo largo del “viaje” de diecinueve días (¿y quinientas noches?) de un hombre aparentemente sin trabajo, obligado a mostrar sus dibujos –a exponer su pensamiento– a una psicóloga de recursos humanos. “Un hombre perfecto es un hombre ocupado. No tiene que mostrar sus dibujos” (:63).

“Pieles rojas!” narra la llegada al barrio de unos indios “en un camión de mudanza, como cualquier persona normal” (:69). O más específicamente, la historia de alguien que anota la historia de los pieles rojas en el piso de la entrada de su casa, hasta que se queda sin espacio y decide continuar escribiendo en la calle. Mientras escribe, los pieles rojas, su gato negro y otros vecinos comunes y corrientes van tomando vida. Acaso estemos siendo escritos a medida que leemos esta historia.

Cierra el conjunto “Frío helado sobre la osa mayor”, relato del nacimiento, infancia y juventud de las noruegas mellizas Anne Marié y Judith Taleena Olsen. Otros nombres dignos de mención: Jerónimo Luis Olsen, el padre; Ordalia, la mamá. Judith Taleena se convierte en escritora y se dedica a escribir “increíbles relatos familiares de terror”. Hace frío. “Seis, siete días, de un frío que congelaba el cuerpo, las cosas, la posibilidad de una meta, de cualquier finalidad” (:89).

El narrador escogido por Natale para Un oso polar es un continuista, como el que en las grandes producciones cinematográficas –Wikipedia dixit– “se encarga de supervisar la continuidad de un proyecto en todos sus aspectos, visuales y argumentales, de tal modo que el hilo temporal en el que se narra la historia no experimente ningún salto de continuidad a ojos del espectador.” Sólo que aquí acciona al revés: el continuista no evita saltos lógicos ni oculta detalles incoherentes sino que los señala, los amplifica: los produce. Un continuista subversivo, sui generis. Veamos: una mujer, con el torso desnudo, mira por una ventana mientras fuma de espaldas al protagonista que, en primera persona, la observa, la escucha y advierte, por cierta posición de los dedos de la mujer desnuda, “que estuvo cruzada de brazos todo el tiempo (pero eso es imposible, así no habría podido fumar)” (:35). O: “Las plantas crecen completamente, sin dirección” (:40).

Podríamos no haber conocido nunca algunos detalles (otra vez, en apariencia) defectuosos de los cuentos. El narrador, sin embargo, se empeña en ponerlos de relieve e inscribirlos en una suerte de saga nórdica doblada al español. Natale pasa con habilidad del registro literario convencional a su versión paródica o absurda, en un ida y vuelta construido con cuidado y equilibrio. No resulta caprichoso este proceder: nos instiga, hasta deslizarnos suave pero decididamente fuera de la silla.

Se debe ser obediente para lo que se escribe, se debe mantener la ilación entre frase y frase, se debe ser fiel: la coherencia es, así, una forma más de la genealogía. La familia se expande, la familia crece. Eso acabamos de decir en el párrafo anterior, y en el párrafo anterior al anterior (:20).

En algún lugar perdido del estado noreuropeo en general, una mañana de domingo, queman todo. Corren desnudos alrededor de los papeles, el humo flotando y Judith Taleena moviéndose como si alguien hubiese dibujado la palabra movimiento sobre su cuerpo, y como si ahora la palabra estuviera en ella, y sólo necesitara mover esa palabra (:107).

La lectura de Un oso polar opera entonces como una vacuna contra la línea recta, un anticuerpo para ilaciones lógicas y convenciones literarias. Van quedando, adrede, grietas, huecos en la trama narrativa por los que se ve aparecer otras facetas del ¿mismo? mundo. O como describe Nikita Olsen, personaje literario (y/o hermano menor) de Judith Taleena, la melliza escritora:

Hay historias de dos mundos: uno es el mundo real, el otro es el mundo posible. En uno de esos mundos todo es relativamente bueno, aunque podría ser mejor. En el otro, sucede exactamente lo mismo, pero al mismo tiempo al revés (:108).

Unas líneas de la página 106 condensan, en fin, por su tono y contenido, lo que se puede encontrar en ­­(y esperar de) Un oso polar. Unas líneas, como una luz en la bruma polar, coordenadas borroneadas y vueltas a escribir en un papelito con el que habremos de llegar al polo norte, o a otro que podría ser mejor, o al revés.

Bien. Hasta acá la parte comprensible de la historia de las gemelas Olsen, exagerada levemente en algunos detalles. Por ejemplo, en lo del violinista. Pero un violinista corriendo atrás de un avión es una imagen que vale la pena vivir.

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