El sangrador, de Lucio Yudicello

Lucio Yudicello: El sangrador.
El Emporio Ediciones, 2006. Novela.

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Que no me meta en líos, ha dicho mamá:
Después usted sangra, y así le va.

Con esta sucinta recreación del famoso “no te metás” argentino, arranca El sangrador, novela de Lucio Yudicello que presume de un raro récord: el de haber sido finalista del premio Clarín en dos oportunidades. En 2004 fue preseleccionada entre 815 obras, para que luego fuera evaluada por Ángeles Mastretta, Antonio Skármeta y Andrés Rivera; la novela ganadora fue El lugar del padre, de Ángela Pradelli. En 2005, El sangrador volvió a ser seleccionada, esta vez entre 1367 novelas, para que finalmente José Saramago, Rosa Montero y Guillermo Belgrano Rawson optaran por premiar a Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro.

El sangrador y la novela de Piñeiro comparten una repelente vecindad que podría materializarse en una línea fronteriza: la medianera que separa un country de lujo —como el del relato de Piñeiro— de un barrio colindante pero relegado a la pobreza y la desidia municipal. Así es Los Ligustros, el territorio ficcional de El sangrador: un barrio humildísimo, en el límite de la ciudad de Córdoba. Se le deben obras de infraestructura básica y, para colmo, ha sido rodeado por una autopista y por el murallón del nuevo country Confort; esos nuevos terrenos elevados provocan que, con cada lluvia, Los Ligustros se inunde peligrosamente. Además, incluso si no llueve, “las aguas servidas afloran en muchas partes del barrio, y el olor es insoportable” [p. 56]. Sus habitantes deciden organizarse para que el gobierno les brinde una solución.

La novela presenta velozmente su fresco de personajes: el solitario Cazador; Maldonado y sus carreros, enemistados con los “gauchos” de utilería del Tano Amazzaluppi; Ponce, el pintor semiciego; Higinio Montes, fileteador, y su hermana Cecilia; Zampanó, irascible y voluntarioso presidente del centro vecinal; o el viejo Pardal, que graficará para el lector el problema que subyuga al barrio.

A diferencia de casi todos sus vecinos, Abelardo Pinto, el tímido narrador, es un iniciado en arte y literatura (ha visto películas de Fellini, ha leído a Camus, a Katherine Mansfield…). Dicha posición resulta conveniente para que la voz que le otorga el autor pueda abrevar en la cultura de éste. Que el autor le transfiera su cultura a sus personajes es algo que Juan Filloy desaconsejaba; sin embargo, Yudicello lo resuelve bien: como Abelardo no es nacido y criado en el barrio, sino que proviene de fuera (incluso trabaja afuera, en una oficina), uno finalmente acepta esas referencias cultas, que de otro modo serían disruptivas en relación al entorno social en el que vive el personaje.

Resulta muy interesante lo de su enfermedad, la hematidrosis. Es un rasgo fuerte que le otorga carnadura al personaje, y también cierto misterio: intriga y motiva la lectura. Sin embargo, ese aspecto a la larga parece subexplotado, una mera nota de color (rojo), si bien provee a la novela de un gran título y de un muy buen giro argumental poco antes de su desenlace. Un giro que reactiva el relato completo.

Y es que, una vez que Pinto es elegido como representante ante las autoridades, el ritmo del relato decae. Se empantana especialmente en los sueños de Abelardo, lentos y de un simbolismo intencional demasiado evidente. En cierto momento, Abelardo y Cecilia —la chica de la que está enamorado— tienen un mismo sueño; esto recuerda aquel “sueño colectivo” de 62/Modelo para armar, de Cortázar. Es un indicio más de cierta nostalgia de la ideología juvenil y cándida de los sesenta, de sus preocupaciones (en un “recuento de los males del mundo” [p. 70], Abelardo llega a referirse a Vietnam y Camboya, al napalm, e incluso a Hiroshima). También se extrañan las luchas de los setenta. En la novela, todo ese bagaje se aplica a un flamante siglo XXI que en sus primeros años no recibe muy bien ninguno de estos revivals.

Abelardo da un paseo kafkiano por laberintos burocráticos que desembocan en la evasión de responsabilidades. A los vecinos de Los Ligustros sólo les queda un recurso. El corte de ruta de El sangrador se desgrana en la mera descripción externa de la protesta, sin develar los términos de la negociación que la medida de fuerza obliga a hacer; Yudicello prefiere recorrer el folclore del piquete rutero e inclinarse hacia la reflexión filosófico-metafísica de los manifestantes (extremada al punto de remitir a la filosofía oriental). Sería un buen ejercicio contrastar este piquete ficcional con la huelga de la novela En dudosa batalla, de John Steinbeck, la cual nos informaba mucho más acerca de las negociaciones tras bambalinas, el tire y afloje y sobre todo el control que mediadores y representantes ejercen sobre la información que darán a ambas partes del conflicto social.

En su afán de revancha y ajuste de cuentas con el pasado, la expresión literaria del discurso ideológico se percibe un poco demodé, anclada en otra época aunque quiera hablar de ésta (todo transcurre durante la presidencia de De La Rúa). Es una queja constante, y por momentos explícita, que realza esa impotencia que no se resigna:

Somos una generación derrotada, digo a Higinio, a la que le arrebataron todo; le fueron expoliando cuidadosamente cada uno de sus sueños. […] Nos vendieron un país; nos persiguieron y torturaron; nos hicieron desaparecer, física y mentalmente; nos cerraron las facultades; nos lanzaron al exilio; nos arrebataron el futuro; nos quitaron la esperanza; nos enajenaron las fábricas; nos convencieron de que la solidaridad es una estúpida quimera. Y qué podemos esperar de un país donde, desde hace años, los únicos que protestaron fueron los jubilados. [pp. 60-61]

Esta indignación es muy diferente de la que ha aflorado en 2011 en distintas partes del mundo. La de El sangrador no es mediática, irónica ni efervescente; es tanguera y amarga, nos dice: “todo tiempo pasado fue mejor”. Es razonada y extremista en su deseo de vencer a “todo o nada” (ver por ejemplo la pancarta Cloaca o muerte, en p. 106). Puedo coincidir con buena parte de lo que propone y reclama aquella ideología —excepto su inclinación a la violencia—, pero en lo estrictamente literario sus fórmulas retóricas romantizadas ya no hacen mella en mí en tanto lector nacido en décadas posteriores.

Al proponer la batalla campal como elemento de presión decisivo —más que el diálogo o la negociación—, Yudicello ofrece un cierre que desemboca en la violencia (si bien es cierto que arriba como último recurso, y a raíz de un malentendido). No comparto ese criterio, y menos aún la salida “mística” que propone Higinio [pp. 100-102 y p. 140] en relación con los desaparecidos:

…viven, a su modo, claro, en los lagos adonde fueron arrojados, en los socavones y ríos profundos, entre otros lugares. En ocasiones, se cobran alguna presa. [p. 100]

Decir que los desaparecidos operan como fantasmas o espíritus “justicieros”, que “se mueven en otra dimensión”, me parece una metáfora de dudosa efectividad. Ese mandato de “venganza” del espíritu de los desaparecidos por la dictadura, esos fantasmas que conminan a la acción, quieren funcionar como el espectro del padre de Hamlet, que urgía a éste para que tomase medidas drásticas de justicia pero, a la vez, lo sumía en tironeos interiores, desesperanzas e impotencias varias. El recurso, central en el desenlace de la novela, hunde la dinámica concreta del conflicto social bajo el aliento sobrenatural de unos “espíritus” vengativos. Una mistificación que, como yo, quizás otros lectores actuales no acepten sumisamente.

Puede que la generación de Yudicello —nacido, según estimo, en los años cuarenta— disfrute de El sangrador sin interponer ninguna de las reservas expresadas aquí. Los lectores más jóvenes —entre los que me cuento—, aun si comparten algo del trasfondo ideológico del autor, quizás prefieran menos bronca e indignación literarias, para aproximarse a las consecuencias actuales de un pasado nefasto con formas narrativas nuevas, o con un ángulo de visión diferente (pienso, como ejemplo y a modo de contraste, en Los topos de Félix Bruzzone). No favorezco el olvido ni reclamo un cambio de tema, sino sólo la renovación del discurso narrativo. Higinio, entrampado en su propio funcionamiento, quizás me diagnosticaría “debilidad ideológica” posmoderna.

Cierro con una hipótesis inverificable: podría pensarse que Las viudas de los jueves se impuso a El sangrador en aquel concurso de 2005 porque —más allá de la correcta factura del texto—, cuando los lectores necesitaban un enfoque narrativo nuevo para los problemas de hoy, Yudicello eligió un enfoque tradicional para los problemas de siempre. No optó por abordar el flamante fenómeno del country y sus contradicciones morales y sociales, sino por narrar el barrio pobre de al lado; no quiso usar el lenguaje de los noventa con ironía (para así volverlo contra sí mismo), sino que insistió en criticar las consecuencias del menemismo con el lenguaje inflamado de décadas pasadas. La decisión, por supuesto, es respetable en lo ideológico, pero en lo estético deviene en una canción desencantada, tan repetida que incluso un convencido como Saramago quizás ya la había oído (y leído) demasiadas veces.

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3 respuestas a El sangrador, de Lucio Yudicello

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  2. Silvia dijo:

    Hola dónde se puede comprar este libro? No lo consigo soy de Tucumán

  3. Silvia, no contamos con esa información. Podés probar contactándote con la editorial. Éste es su sitio web: http://www.elemporio.com.ar/

    Saludos.

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