Postales, de Frank Báez

Frank Báez: Postales.
Cara de cuis editora, 2011. Poesía.

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Siempre me pareció que había dos maneras de abordar la lectura de los poetas centroamericanos: a través de los paradigmas instalados por la cultura socialista latinoamericanosa, que ha brindado tantas páginas maravillosas como deleznables, y a través de una especie de versión tercermundista del legado de los beatniks.

Claro que en sí mismas esas dos vertientes tienen sus propias complejidades, los hijos de los militantes de la izquierda y el progresismo consumimos durante décadas a Silvio Rodríguez y a Roque Dalton sin filtro ni jerarquías, y cualquier cosa que rozara la afinidad política (da vergüenza decirlo, pero incluso la geografía fue materia de afinidad) generaba adhesión inmediata. Así, por ejemplo, leí en su momento al entrañable Songoro cosongo.

También, la poca información que teníamos –por fuera de los nombres rutilantes que nos habían dejado los beatniks– hacía que cualquier texto que trajera versos libres, insultos, alusiones a las drogas y a referencias bibliográficas que desconocíamos, ponían en alerta estimulante a nuestras neuronas.

Recién a fines de los noventa, o mejor, en los primeros años del nuevo milenio, comenzamos a tener noticias frescas de esa región, a través de los poetas argentinos que tal vez sin proponérselo iniciaron un tráfico de libros, nombres, experiencias.

Es probable que esa ola de novedades (y la construcción de nuevas afinidades, se me ocurre, aunque esta vez en la dirección contraria: la poética argentina de los noventa como matriz para lo que se empezó a producir en los años posteriores en algunos poetas de otras regiones de Latinoamérica) se haya terminado de consolidar con las visitas de poetas como Alan Mills, Homero Pumarol, Juan Dicent y el mismo Frank Báez a la Argentina en los últimos años.

Báez, nacido en República Dominicana en 1978, es uno de esos nombres que como el viento aparecen de a ratos, sólo que un editor cordobés, Andrés Nieva (el hombre multisellos) decidió publicar aquí su libro Postales, que resultó ganador de un premio nacional en Dominicana en el 2009.

Así las cosas, Frank Báez es un boxeador que cancherea la pelea hasta el final, cuando mete una mano demoledora. Son remanidas las metáforas deportivas cuando se habla de literatura, pero la verdad es que la idea del boxeador que entretiene al contrincante hasta que le puede descargar la electricidad de un golpe fulminante, atravesando la guardia, se me apareció cada vez que terminaba un poema de Postales.

Claro que sólo con buenos remates no se construye un libro, ni siquiera un poema, pero ocurre que la escritura de Báez por momentos parece carecer de concentración, de cauce. En los más largos la línea se sostiene apenas por la música (¡gran virtud!), un collar de cuentas a punto de cortar su hilo. El sistema de referencias también trabaja en función de cierta integridad, es una capa menos visible (no las referencias en sí, sino la malla sima que constituyen) y que se disparan en sentidos muy distintos y que tal vez por eso mismo, sostienen el corpus con vigor. Es el caso del poema “Maullido”:

No he visto a las mejores mentes
de mi generación y ni me interesa.

Un tercer elemento que sostiene el devaneo de los versos es el aura del yo que expresa el autor, más beatnik (y también más Whitman, aquí) que latinoamericano. Un ego raro, entrañable, lejos del héroe y del looser, como en el final del poema “Chino con bigotes falsos”:

Soy el tipo que se echa a correr y le
rompe con un hierro la pierna a la viejita
y se lleva su cartera.
Y al mismo tiempo soy la viejita.
Y por supuesto, también la cartera.

Estos tres elementos se conjugan para que el lector no abandone el poema, dosificados, hermanados, acompañan al lector por un camino ancho esperando que se relaje, para darle un certero golpe de gracia en los versos finales. Dan ganas de releerlos y de leérselos a otros.

Frank Báez está en 3D, recortado adelante de aquellos dos abordajes de lectura que mencionaba al principio, conjugando con maestría el vitalismo de la esperanza y el vitalismo de la desesperanza.

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