De piedra o de fuego, de Pablo Dema

Colaboración de Marcelo Díaz |

Pablo Dema: De piedra o de fuego.
UNRC-Municipalidad de Río Cuarto, 2009. Novela.

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“No quiero esta vez oír la voz,
quiero solamente ver.”

P. D.

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En 1987, en Río Cuarto se produjo un hecho conocido como “la masacre del Banco Financiero”. Murieron seis personas. La novela de Pablo Dema está publicada a casi veinte años del hecho por la Editorial de la Universidad de Río Cuarto cuando casi que a modo de aniversario el hecho aflora una vez más gracias a la Justicia y los medios locales.

Lo primero que asoma en el texto es su naturaleza polifónica. Dema decide regresar y contar ese acontecimiento desde múltiples voces. La multiplicidad de voces responde a la pregunta acerca de cuáles son los límites para indagar lo que “verdaderamente” sucedió. ¿Qué es importante narrar y qué no? La polifonía va de la mano de la capacidad del discurso literario para reproducir y absorber otras prácticas discursivas. Como un mapa de lectura, la novela se divide en folios y en capítulos enunciados con un número y un horario. Una cuenta regresiva, parecida a un viaje a través del tiempo, para narrar el relato desde sus protagonistas y desde sus orígenes.

Recuerdo que cuando era chico (yo también soy de Río Cuarto), el rumor de lo sucedido era un discurso con mucha fuerza. Recuerdo que generaba imágenes borrosas en mi imaginación. Había algo que no se podía narrar, ni entender.

De piedra o de fuego retoma esa experiencia de lo no-narrable, como en la lectura de Benjamin a la hora de hablar del narrador, y decide construir una voz para superar el desafío. Hay una tensión entre la narración y el modo en que una comunidad recuerda y recupera los hechos del pasado. Paul Ricoeur, por ejemplo, distingue entre memoria e historia. Lo primero registra mecánicamente los hechos y lo segundo, en cambio, se ocupa de atribuirles un sentido. Dema recupera quizá esta necesidad del discurso histórico de construir sentidos sobre hechos que no tienen una explicación acabada. Y hay una búsqueda de conocimiento mediante el seguimiento de las huellas del pasado, huellas llamadas documentos (que en la novela se transforman en auténticas fuentes y que dan cuenta de una instancia de investigación, exploratoria, pero de investigación al fin por parte del autor), que constituyen la prueba de verdad desde la cual se puede sostener una interpretación.

El relato también puede ser entendido desde la matriz del policial. Si tomamos a Daniel Link y sus tres elementos que sirven como criterio de demarcación del género nos encontraremos que la novela admite ser leída desde esa mirada. a) Ley: como un discurso normativo. b) Delito: muerte violenta, y c) Verdad: proceso de averiguación de información. De piedra o de fuego bordea los límites del discurso normativo del Estado (desde la elección de los hechos mismos) y nos lleva a interpelar no sólo la memoria, sino el modo en que funcionan estos tres elementos en simultáneo. La muerte de los protagonistas del relato. La necesidad de encontrar explicaciones. Y hasta aquí algo que no dije: que en algún punto la narración de la novela se aleja del orden lógico y cronológico con el que están organizados los hechos e introduce fragmentos, como un montaje, de otros discursos provenientes del área de la psicología, de la sociología y de la psiquiatría que buscan explicar el perfil, la naturaleza y las características de un criminal.

Por último resta hablar de tradiciones, como decía Bloom, una serie de procedimientos literarios que se repiten en el tiempo y que definen el estilo de un autor. A veces se suele pensar en una tradición con nombres propios de autores que forman parte de una Literatura Argentina (con mayúsculas) que ayudan a esclarecer las dudas y las preguntas de los lectores. No se puede, de esta manera, desconocer la figura de Saer, Di Benedetto o de Sergio Chejfec. Pero no sé, y no es la primera vez que lo digo, si sería pertinente reducir el texto de Pablo Dema a una tradición literaria definida. La novela no funciona como un espejo fiel de la experiencia, sino que constituye un espacio pleno para la reflexión sobre la naturaleza de la memoria y de la violencia. La suya es una narración que vivifica la experiencia concentrada en la metáfora del extrañamiento cuando no de la ensoñación. Las citas que siguen dan cuenta de ese estado, como una escritura en trance permanente:

Algunas veces, cuando está como ahora sentado en el patio mateando, viendo cómo la mañana instala el mundo ante sus ojos atina, de distraído nomás, a convidarle un mate al vacío.

O si no, en:

Pero cuando la luz aparece la intrusión del extraño se torna inverosímil hasta… la siguiente vez que me encuentro en la oscuridad. Cuando cierro los ojos, mi mente los abre y mira.

Los personajes son enfrentados de lleno ante el vacío del mundo. El relato es interrumpido por fisuras narrativas y emocionales que se sostienen desde una cadena de procesos y representaciones mentales organizadas por la lógica de un pensamiento desprolijo, y enlazadas por una sensación, como un hormigueo en todo el cuerpo, de cierto alejamiento del mundo real. Por ahora, eso es casi todo lo que se me ocurre.

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