El aparecido, de Hernán Tejerina

Hernán Tejerina: El aparecido.
Editorial de la Municipalidad de Córdoba,
2008 (2011). Cuentos.

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Este libro, impreso con una demora inexplicable (fue distinguido en 2007 y recién vio la luz a fines de 2011), ganó el primer premio del concurso municipal de literatura Luis José de Tejeda, en género cuento. En principio, si algo me animo a decir de la escritura de Hernán Tejerina, en los años que llevo leyendo sus textos, es que defiende la concisión como se defiende a un familiar, o a una creencia: más allá o más acá de este libro, Tejerina parece no concebir la escritura por fuera de un tratamiento de la sintaxis que busque, en una impresión casi tramposa, lo justo y necesario para existir.

Y digo “casi tramposa” porque su escritura es ante todo literaria: propone un juego serio, ensaya el artificio sin negociar la concisión, intenta hablar de la escritura desde su propia respiración, desde una precisión en general sin pretensiones, evitando (por ejemplo) los adjetivos carnosos y las subordinadas.

Esta primera descripción podría comunicarse con el repertorio conocido de las escrituras de oraciones cortas, multiplicado con el contagio del realismo y el naturalismo que muchos supimos copiar y perfeccionar en la ciudad a partir de la influencia de amigos o maestros. Pienso en cómo se llegó a escribir de primera mano como si los textos estuviesen traducidos antes de existir; en cómo llegamos, muchos de los que colaboramos o visitamos este blog, a elaborar ese tipo de prosa (hoy demodé), y en cuánta distancia hay, sin embargo, entre esa concepción de la escritura narrativa y la que se puede leer en este libro o en su precedente, reseñado en El lince miope por Nicolás Jozami, o en las notas y fotocopias que Tejerina ha difundido durante años en distintos formatos. Su prosa se sostiene a partir de oraciones cortas, sí, pero se trata de oraciones que apelan a la minuciosidad, verbal y visual.

Respecto al libro, el primer cuento (“El buen ladrón”) muestra una de sus facetas, que es la de producir relatos encriptados donde los códigos importan más que cualquier contexto. En este caso, una primera persona narra una escena carcelaria donde brota un sentimiento recurrente en sus tramas: la piedad, en presencia o ausencia, y por tanto el perdón, bajo la misma salvedad. Tejerina pretende dar cuenta, en el comienzo, de que nadie se salva de eso. El valor gira en torno a la miserabilidad de las cosas y de las personas, algo que se extiende al segundo cuento (“El legado”), donde otro narrador en primera comparte, por goteo, una escena amenazante, cristalizada en la soledad.

“La reconciliación”, el tercer cuento, es el punto más alto del libro. Una escena de amor y raras complicidades con un comienzo perfecto y hasta con elementos trillados, de película de acción, que sin embargo no alcanzan para abrillantar la opacidad ominosa del ambiente. En este cuento vuelve a aparecer la obsesión por la soledad o, dicho de otro modo, la pregunta sobre cómo jugar el juego: cómo convivir con la soledad aún cuando buscamos redimirnos con algo que, sabemos, no va a durar mucho.

“Cuestión de piel”, por su parte, podría haber estado en su libro anterior, Gramática y homicidio. Allí rebrota un tono alegórico que remite a otra faceta de su búsqueda, marcada por una suerte de épica, un impulso quizás más ambicioso. En esa faceta no es la intimidad o lo cotidiano lo que se expande desde las miserias, sino esa cualidad alegórica. Como si en una versión quisiera hablar desde la filosofía y las aporías de lo político y en la otra desde las aporías de la carne y la mente.

Sin dejar de lado cierta épica, en el cuento que da nombre al libro se nota una conjugación de lo anterior, que excede a estos cuentos premiados y se estira a otros textos: la obsesión por la historia política. Pero no es la historia política en sí, regional o global, lo que se vuelve recurrente en su escritura: es la historia de la violencia política, o quizás la violencia en sí misma, inherente a las instituciones, las personas y al destino de las cosas. Dos ejemplos concretos y textuales:

Todos los hombres consideran alguna vez en su vida la posibilidad de un viaje, un suicidio, una traición. (pág. 47)

Echás la cabeza hacia atrás, lo volvés a mirar, es bello como un magnicidio. (pág. 51)

La distinción que hice entre la política y lo político es por el valor que para mí adquieren estas dos nociones en la asimilación de la literatura de Tejerina. Creo que él escribe desde una épica ajena que luego incorpora hasta volverla propia, íntima; es la épica de la violencia, que se restringe en (por) la escritura y aún así busca expandirse en las tramas. Esta sensación que percibo en el reconocimiento, en definitiva, de una épica personal, transita gracias a las puntadas que da el lenguaje sobre la idea de lo político, como algo que excede a la política: es éste el rasgo más fuerte de su trabajo, más allá de El aparecido.

Chantal Mouffe entiende por la política al conjunto de prácticas que se corresponden con la actividad política tradicional. Mientras que por lo político define algo más amplio, el modo en que se instituye una sociedad, el modo (los modos diría yo) que le dan forma. Pero lo político ha sido y es concebido desde distintas perspectivas: algunos lo entienden como un carácter propio de las libertades, como el color de las deliberaciones; otros lo conciben desde el conflicto mismo, y por tanto desde el antagonismo: es decir, desde el poder. Mouffe defiende esta última posición; la política organiza lo que lo político confronta. Intuyo que Hernán Tejerina también suscribe a esta línea, excediendo a las instituciones para hablar de una cualidad humana, confrontativa y esencial.

Creo que El aparecido es un libro inquieto y desparejo, tanto en su intención como en su orden. Esto quizás se pueda explicar por la forma en que se editan los libros ganadores de “premios oficiales” en Córdoba, y por las situaciones a veces forzadas que un autor suele atravesar a la hora de presentarse a un concurso. Probablemente éste sea un libro que, en manos de un editor, mejore su sentido de totalidad. Pero lo que quiero subrayar es que en cada texto de Hernán Tejerina aparecen estas recurrencias, que si uno digiere con gusto, como siempre, remiten a una coherencia más que valiosa en un narrador; y si uno las digiere con disgusto, como siempre, pueden remitir a una cualidad obsesiva o redundante de quien tiene cosas para decir. A mí, con el paso de los años, su prosa (aunque obsesiva) me sigue pareciendo valiosa, minuciosa y coherente. Sobre todo en su factura, lo que hoy no es poco decir.

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