Hospital, de Marcelo Dughetti

Colaboración de Sebastián Pons |

Marcelo Dughetti: hospital.
Ediciones Cartografías, 2012. Poesía.

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Entre los orinales / y el olor a verdura hervida / a medicina infame, /
a viejos ultimados, / con las escupideras amuralladas de saliva espumosa /
y las pirámides de jeringas abandonadas / repetidas hasta el infinito. /
Con los rostros de esas ratas hocicudas / gozando el néctar de los papagayos, / abiertos al herrumbre y a la corrupción / alza sus torres eléctricas / el infierno.

Marcelo Dughetti

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Con una cautela mordaz, con un academicismo lírico –con esos tipos de oxímoron que articula un buen ensayista–, al referirse a Giuseppe Ungaretti, supo escribir el poeta cordobés Pablo Anadón que el hombre trata de trasformar y darle sentido al dolor para superar su sentimiento de absurdo y encontrar en el sufrimiento algo válido para la existencia. En tal sentido, la palabra poética, esa “provisoria superación del desamparo”, sería una especie de percepción pura (y sufriente) de la herida, del dolor, como una forma que le damos a nuestra condición de indefensos ante el insoportable mundo y sus devenires. Concluye Anadón al respecto: “…no existe palabra más necesaria ni necesitada de expresión que la que brota desde esa hondura del desvalimiento” (en G. Ungaretti, 2001, pág. 7) Dichas consideraciones pueden aproximarnos a una contemplación –del acto creativo y de las percepciones lectoras­– del poemario hospital, sólo que, si bien hay algo del tema ungarettiano, en la escritura de Dughetti en lugar de “dolor” debemos decir “locura”.

Si tan sólo desmenuzáramos porciones cinéticas y circunstanciales del contenido, y suspendiésemos momentáneamente la forma (de la que posiblemente mucho se escribiría), podríamos arriesgar que estamos ante la micro-novela de la locura. Se trataría, en tal caso, de una narrativa mayormente alegórica (o de metaforización extendida y casi pura) y con un poder de síntesis extraordinario, porque desde esta perspectiva (esta interpretación posible en la que hospital, antes que un poemario, es un relato) no podríamos tratar la obra como a un simple cuento: es una novela diminuta, con sus evoluciones, sus peripecias, sus complejidades narrativas. Y, por supuesto, con sus personajes novelescos, sus seres bendecidos por la locura, ardientes y genuinos:

  • el hombre aferrado a su pala, que desde una inmortal tragedia isabelina siempre estuvo allí, embadurnado de materia poética y acodado a la muerte;
  • el albatros, que viene planeando desde producciones anteriores de Dughetti;
  • el dulce príncipe que en estos versos parece haber extinguido todos sus soliloquios;
  • las enfermeras y los médicos, acaso los únicos personajes que, a pesar de la oscura torsión que cobran en este delirio, son los más reales, los que justifican que hospital esté escrito así, con minúscula inicial, porque en cierto modo se trata de cualquier hospital, cualquier hospicio o manicomio o loquero o asilo;
  • el anciano, una especie de celador de ese infierno de torres eléctricas, herrumbre y corrupción;
  • un niño que a veces parece ser el príncipe, o su doble siniestro, o una infancia –¿una reencarnación?– latiendo en su cerebro;
  • la mujer que cantaba o canta desde su torre, desde todas las torres de su deseo herido, de su voluntad hospitalizada;
  • el pájaro enjaulado, como el vuelo reprimido del albatros;
  • el imponente y a la vez frágil San Judas, mascarón de proa de ese barco que llega de las tinieblas y encalla en la locura;
  • el ejército de animales marinos: peces endemoniados, cangrejos en la segunda línea de ataque, luego un centenar de rayas;
  • los cisnes iodados de las enfermeras;
  • y esa potente figura de la cocinera como un cíclope asimétrico.

Acaso mi intención de leer la obra en clave de novela –e incluso aceptarla como una diminuta épica del alma deprimida o la mente abismada– sea hija de la imposibilidad de decir algo de ella como poemario; digo, la imposibilidad de agregar algo a lo que sus versos profesan. El comentario de literatura es a veces este dar vueltas alrededor de un cristal impenetrable y vocalizar intelecciones falsas sobre una estructura cuyo punto de apoyo difícilmente alcancemos a vislumbrar. A esta altura ya puedo develar que escribo tan sólo mis impresiones –no quiero analizar, no quiero interpretar con fundamentos– sobre el libro de Marcelo Dughetti.

En otras oportunidades, me han criticado el calificar a Los caballos de Isabel (anterior poemario en formato libro del autor) como una obra luminosa, y con buena razón lo han hecho, basta con adentrarse en sus páginas y ser arrojado por el verso contra el verso. Mi opinión era comparativa: considero que Los caballos de Isabel (2009) y El monte de los árboles sogueros (2007) son –además de sus notables independencias– obras gemelas, o símbolos significándose uno al otro desde las antípodas, como caras de luna. Y es entonces que, mientras El monte… es un libro denso, lúgubre, que abraza la primera y última sombra, que se empecida dulcemente con toda cerrazón, Los caballos… fuerza a los sentidos a percibir los claros en medio de la niebla, a deshilvanarse uno mismo en la tenue nitidez que hilvana las sombras y que, a pesar de pervivir encarnada a ellas, quiere iluminar una senda sin encandilar a los lectores. Dos libros, dos poemarios (porque, ya es necesario admitirlo del todo: Marcelo Dughetti escribe poemarios, construye comunidades literarias, no individuos), dos obras, dos dolientes ternuras: una de una bella luminosidad en medio del fango; la precedente, más dolorosa aún, lacerada y de una belleza más intensa. Luego llegó esa crónica amena, también colmada de dolor, que fue Los perros del loco Torriglia (2009). Ahora bien, quiero preguntarme: luego del óvolo formado por dos estremecedores porciones (la de la cerrazón y la de los relinchos) y de la oda al vagabundo y sus vagones y sus canes, ¿qué es esto que nos entrega el poeta, hospital?; ¿con qué ánimo pasear por esas catacumbas, qué mueca abandonar en ese descenso hacia la materia de la locura? Y me refiero a la forjada por demasiados años de historia, no sólo la locura de piel y concreto de los hospicios sino también la literaria, la que leyó al mundo, al hombre, e intervino en las formas de normalidad y demencia.

Escribí “descenso” porque es inevitable caer en ciertas relaciones evidentes, como la que se podría establecer con el primer canto de La Divina Comedia (en Dughetti, sobre la puerta que abre la llave del invierno bien podría grabarse “Abandonad toda cordura los que aquí entráis”), o ciertas referencias implícitas que nos llevan a pensar en un descenso espiralado al cerebro de Hamlet en momentos en que habla con el sepulturero (el viejo aferrado a su pala), o que se silencia ante Ofelia (quizá ante sus avatares: Lucía Joyce, Alejandra Pizarnik, Sarah Kane o, en el poemario, la mujer que canta/ba), o que atraviesa los corredores de su melancolía (“¿Viste al muchacho, hijo de un rey, vagar por los pasillos del infierno?”) y se pasea con un libro en donde sólo lee palabras, palabras, palabras. De eso está hecha la locura de esta ópera pigmea, de esta pequeña melusina narrativa, esta novela que cayó en molde equivocado y entonces rebalsa a cada poema: de palabras.

Hay un barco que llega, un umbral que es necesario atravesar, la figura del cíclope, un ejército con su propósito, torres que deben caer; la obra es también, como he arriesgado, una epopeya. El objetivo de las hordas marinas que en ella se agitan es partirle los tobillos a la locura, mientras que del otro bando se regocijan en el insano vaivén de los instintos y defienden desde sus pulsiones una suerte de demencia circular bajo la mascara de aberratio mentalis partialis. Pero fracasan, todos, en todo, nadie se salva, sólo el devenir de las estaciones triunfa cuando termina el invierno, pero eso está después del poemario, cuando la ficción se apaga y el lector levanta la cabeza. Es así que, sumado a lo dicho, y respirando en el cuerpo de un surrealismo de gran vitalidad, hospital es, además, la tragedia de esos umbrales difusos que se erigen (se desintegran) entre la supuesta normalidad y lo anormal que debería ser curado; vale decir, la tragedia de ciertas instituciones de salud y, en esa perspectiva, de la sociedad entera ante la locura.

En la contratapa de una edición que (salvo por el tamaño de la letra) le hace justicia a la obra, Pablo Dema (uno de los lectores más lúcidos que conozco) habla, entre otras cosas, de un inventario minucioso del infierno, de una conciencia que delira, de un único poema que se abre y se cierra, y de un libro excepcional. Coincido en lo allí expresado y agrego la destacada hermosura que arroja la obra en su conjunto. No me apena utilizar el calificativo: como el dolor de Ungaretti, como el infierno dantesco, como la lírica quevediana del paso inexorable del tiempo, la locura poética de Dughetti (su novela, su gesta) es simplemente hermosa.

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Una respuesta a Hospital, de Marcelo Dughetti

  1. Marcelo Díaz. dijo:

    Muy atenta la lectura, está bueno el modo de abordar el texto, el modo de armar una ruta de lectura a bordo de la noción de novela, igual los intertextos son más que consecuentes para seguir las interpretaciones. Curioso com cada lectura propone autores y textos nuevos que dialogan con Hospital. Y avanzan en la construcción de una biblioteca personal. Como los autores que faltan en ciertas oportunidades se compensan con otros. No me imaginaba la relación con Kane, por ejemplo, y me pasé lo de Dante, que son más que atinados para seguir el recorrido de la nave Dughetti en su navegación por los límites del lenguaje. Palabras claves: epopeya- novela-descenso-tragedia. Todo hace juego. Y la verdad que el texto de Dughetti es genial.

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