La letra con sangre, de Dante Leguizamón | La sombra azul, de Mariano Saravia

Colaboración de Adrián Savino |

Dante Leguizamón: La letra con sangre.
Raíz de Dos, 2011. Periodístico/Documental.

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Mariano Saravia: La sombra azul.
Ediciones del Boulevard, 2005. Periodístico/Documental.

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La ciudad invisible
Una reflexión “literaria” a partir de
dos libros “periodísticos”
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1. Comienzo con dos pequeñas escenas urbanas.

La primera tiene como protagonista a un prestigioso poeta porteño. Él está siendo llevado en auto de Ciudad Universitaria a barrio General Paz, donde va a ofrecer una “clínica”. En el camino se cruza con: la Torre del Bicentenario, la nueva terminal de ómnibus, el Hombre Urbano, el extraño edificio del Centro Cívico, y el flamante Puente Rosario de Santa Fe. Epa, les dice a sus acompañantes, ¿qué es esto, Berlín, Barcelona? Se le responde que no, que eso es apenas una partecita, la ciudad verdadera es otra cosa.

La segunda escena es ficcional, y forma parte del argumento de la película De caravana. Allí descubrimos que Maxtor, acaso el más misterioso de sus protagonistas, resulta ser nada menos que un rati de Drogas que mueve, y no precisamente al menudeo. Resulta llamativo que entre tantísimos elogios, no se haya explicitado semejante apunte sobre las fuerzas del orden de nuestra ciudad. ¿Será que a esta altura a todos nos resulta un dato obvio? ¿O será, simplemente, que se evitó contar el final de la peli?
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2. De ambas escenas se desprende una sospecha en común: la de que existe una Córdoba a la que, en el mejor de los casos, muchos preferimos no mirar más que rapidito y de reojo. Una ciudad ladina y oscura, cuya invisibilidad se debe más al no querer, que al no poder ver.

Y en cuanto a las miradas que sobre esa ciudad aporta actualmente la literatura, se advierte que el foco está puesto especialmente en las clases medias, especialmente en sus estratos “venidos a menos”. La pobreza, la miseria, toda esa “mala vida” de la que surgen la mayoría de los llamados “malvivientes”, queda, en todo caso, relegada a un segundo plano.

Un motivo posible de esta inclinación podrían ser las influencias predilectas de muchos narradores actuales: realismo, objetivismo, minimalismo; sumadas al ya tradicional mandato de “escribir sobre lo que se conoce”. Cabe citar, sin embargo, alguna excepción a esta regla no escrita, que de todos modos no se refiere a esta ciudad sino al par Villa María-Villa Nueva. Me refiero a La bicicleta roja, raro libro en el que Marcelo Dughetti, con un pie en la lírica y otro en la narración más seca y áspera, les sigue los pasos a unos nenes de la calle.

Dado este marco de situación, conviene echarle un ojo a lo que algunos periodistas tienen para escribir al respecto. Porque pareciera ser en ese ámbito, donde la deuda de los libros con “la ciudad invisible” tiene más perspectivas de ser saldada.
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3. Nunca olvidaré lo que un día me dijo una mujer salvadoreña, en un pueblo llamado La Libertad: “Tenga cuidado señor, aquí hay mucho ladronismo”. La expresión me sonó mucho más apropiada que la tan solemne “inseguridad”. El concepto de inseguridad proviene de una sensación de clase: inseguro se siente quien goza o aspira a cierta tranquilidad. El marginado, en cambio, vive en un permanente estado de zozobra e incertidumbre. Ése sí que está inseguro, y sin embargo no acude a la palabrita, sino que se las arregla como puede para sobrevivir.

En el prólogo de La letra con sangre, Leguizamón escribe: “Las cosas –los delitos– acontecen en un contexto social, y ese contexto tiene una trama que en cada caso se conforma de diferentes sustancias sociales y culturales”. De sus palabras puede inferirse que a este autor le interesa menos el acotado y dudoso fenómeno de la inseguridad, que esa trama social en la que actúan sus distintos interlocutores (“fiscales, jueces, policías, dealers, vecinos, académicos, presos, víctimas”), todos (in)cómodamente instalados en la cultura del ladronismo.

Y también, digamos, en la del dañinismo.

Porque en Córdoba se “dañinea” cotidianamente: que venga Leguizamón si no a desmentirlo. Ya en su libro anterior sobre el violador serial (La marca de la bestia, en coautoría con Claudio Gleser), podía advertirse esa atmósfera de saña y sordidez que se respira en vastos sectores de la Docta. Y al igual que el ladronismo, el dañinismo no es privativo de un sector sino que atraviesa barreras sociales: está en las barrancas de Colonia Lola y en una esquina del Cerro, en las veredas de la Plaza de la Intendencia y en la puerta de un Hogar de Día.

Los hechos y personajes abordados en La letra con sangre son en general bien conocidos por el lector local. Todos ya tuvieron su cuarto de hora en la prensa: Víctor Saldaño, Luis Crivelli, los crímenes de Facundito y de Marcos Spedale, la Viuda Negra. El aporte crucial de Leguizamón, es precisamente ese punto de vista que concibe al delito y la violencia no como flagelos (ah, esa otra palabrita…) extraños a nuestras buenas conciencias, sino como emergentes inevitables de la vida en Córdoba, re-producidos a diario por todos los que aquí vivimos.
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4. La sombra azul, por su parte, apunta a la institución policial cordobesa (a la que pertenece el pintoresco y sagaz Maxtor de De caravana), y a su sostén en las autoridades políticas, tanto militares como democráticas. La compleja figura del protagonista Luis Urquiza, le sirve al autor para trazar un preciso retrato del clima ideológico y los entramados del poder en dos períodos históricos concretos: 1) la intervención militar de Chasseing (gobernador) y Romanutti (intendente) en tiempos de la dictadura; y 2) la gestión de Mestre (padre) como gobernador, en los años noventa.

A medida que se avanza en la lectura del libro de Saravia, se impone cada vez más la imagen de Urquiza como una suerte de incómodo antihéroe, casi siempre arrastrado por circunstancias (adversas) que escapan por completo a su control. Y lo más inquietante acaso sea la automática identificación del lector con el personaje, señal inconfundible de la indefensión del ciudadano común frente a los (no tan) distintos poderes de turno que se van sucediendo en la ciudad y la provincia. Los nombres detrás de esos poderes, todos ellos explicitados en el libro, designan también a la ciudad invisible que éste nos revela.

Si bien desde un subtítulo y una bajada, presentes en la tapa misma del libro, se intenta orientar el eje temático específicamente hacia la condición de exiliado político de Urquiza y el accionar de la Policía de Córdoba, conviene no pasar por alto un importante aporte de la investigación de Saravia. Me refiero a las más de setenta páginas que tienen como escenario a la cárcel de barrio San Martín, en las que se narra detalladamente la experiencia de los detenidos “legales” de la dictadura: un sector de las víctimas que quizás no ha recibido aún el abordaje histórico, literario y periodístico que también merece.
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5. Tanto la ciudad “policial” de Saravia, como la “delincuencial” de Leguizamón, se pueden leer como buena literatura. Es un plus que da el buen periodismo de investigación, y que se comprueba paradójicamente cada vez que ambos autores “meten la pata” por pretender sonar “literarios”. Por suerte esos pasajes son muy escasos, y lo más frecuente, tanto en la “novela” de Saravia como en los “relatos” de Leguizamón, son justamente el rigor y la concisión a la hora de mostrar los frutos de una eficaz pesquisa periodística. Rasgos que, no por casualidad, también suelen demandárseles al realismo, al objetivismo y al minimalismo en la narrativa de ficción.

Apuesto a que estos dos periodistas son asiduos lectores de literatura, y también a que en Córdoba no abundan los escritores que se asomen a los libros de investigación periodística. Es más que comprensible, puesto que demasiados de éstos harían reventar un imaginario “chantómetro”. He aquí, no obstante, dos a los que sí vale la pena prestarles atención.

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