Newton y yo, de Marcelo Díaz

Colaboración de Marcelo Dughetti~ |

Marcelo Díaz: Newton y yo.
Editorial Nudista, 2011. Poesía.

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Perteneciente a la editorial Nudista, este libro de poemas de Marcelo Díaz logró lo que hace mucho no lograba un libro de poemas, conmoverme, es decir, todo lo contrario a lo que quería Brecht en el arte de la dramaturgia. En el gran teatro del espacio en el que se mueve el autor encontré este planeta despojado. Me he quedado solo en las palpitaciones del reloj grande de la cocina y por un momento confundí la lectura en voz alta de los poemas con el movimiento del planetario. Este libro de Marcelo Díaz no se podría leer en una maratón de poesía por ejemplo, estaría vedado a la lectura en público, sería una profanación, es un libro que necesita refugiarse en el intimo estar del pensamiento. En la caverna donde pintamos ciervos, búfalos, hombres cazando y adorando las estrellas. Porque de sólo pensarlo, oído de la boca de otro ser se rompe la religión que con la poesía de Newton y yo se logra. Esa que nos trae el asombro de los primitivos mirando las grandes apariciones en el cielo devastador inconmensurable. No hay lectura de Newton y yo sin intimidad, sin el parte a parte, sin el cara a cara. Cómo se hace para usar palabras tan duras como “satélite” en clave lírica, palabras tan lejanas a nosotros como un punto en el cielo y convertirlas en melancolía. Algo que solo consiguen maestros de la literatura más cálida. Hay un resplandor, como lo acuña en el prólogo María Teresa Andruetto, en estos breves poemas. El poemario comienza con un prólogo que aconsejo no leer hasta que no se termine de hacer sangre cada poema. Indudablemente el prólogo está bien escrito y acerca datos que son medulares, pero a la vez, es como una persona interpuesta entre el lector y el autor. Abogo por que en el futuro los libros de poesía prescindan de ellos o estén al final, es decir como comentario anexo o epílogo ¿no?

En la obra es inmediata la sensación de abrazar un vocabulario que no ha sido cocido para la poesía. Más bien parece preparado para un informe expositivo sobre los puntos suspensivos que la ciencia y su demonio doméstico, la tecnología, dejan sobre el futuro humano. Sin embargo el poeta consigue ablandar los materiales como si fueran juguetes viejos en el fondo de un estanque. Los satélites, planetas, transbordadores espaciales, cosmonautas linternas humanas, juguetes viejos en el fondo del espacio que se hacen reconocibles aquí como materia poética. Es cierta la presencia de lecturas que el poeta ha realizado de la tradición de más calidad en el género de la Ciencia Ficción, dioses tutelares que sirven a la creación de una atmósfera cargada de la soledad que en el hombre anida como un universo dentro del universo; un planeta dentro de la gran nave y a la vez, un satélite natural de sus miedos, desasosiegos, odios y afectos. No hay sencillez estulta, ni amaneramiento preciosista en el libro. Hay una búsqueda en el idioma que no se transforma en artificio sino que deja que la maquinaria así expuesta sea como esos coches ya oxidados a los que les empiezan a crecer vegetación abandonados en un baldío oscuro para siempre resplandeciente, creciendo, gravitando.

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Una respuesta a Newton y yo, de Marcelo Díaz

  1. Sebastián Pons dijo:

    “Transita esa dialéctica entre lo máximo y lo mínimo, entre la realidad y su simulacro, por un camino que consiste en plantar sueños e ideales y luego rebajarlos a lo real”, leo en el prólogo de Andrueto luego de haber disfrutado del poemario de Días, y de inmediato recuerdo un cuento del autor, “Lluvia”, aparecido en una antología recordable. Veo que hace tiempo subrayé algunas partes del relato. Por ejemplo, ésta: “Afuera todavía llueve y es una afirmación de que el mundo está hecho de agua, cuando no de barro o de palabras que mojan torpemente la realidad”. Puede que conmovedora, como dice Dughetti (aunque no comparto el exacto sentimiento); pero sobre todo, ésta es poesía del intelecto, siempre que, como lo develó Nietzsche, recordemos que toda razón es el producto de la fricción y el choque de nuestras pasiones, algo como sus chispas, sus luces breves que arden rápido en su estado puro, pero que en sus fotografías (la letra escrita, la memoria intelectual, los libros) se enfrían, pierden su poder ígneo y nos dejan ese triste rostro del razonamiento que separa al intelecto del goce (hace de los que piensan los aburridos de la fiesta) y produce que los niños y adolescentes huyan de las escuelas.

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