Las florecillas del diablo, de Marcelo Fagiano

Colaboración de Mary Calviño~ |

Marcelo Fagiano: Las florecillas del diablo.
Cartografías, Colección Archipiélago, Vol. 6,
Río Cuarto, 2009.

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No se vive donde se sabe

Qué suavidad —no sin alguna audacia— acompaña el título de este libro de Marcelo Fagiano cuando elige usar el castizo diminutivo de las flores en una designación asombrosa: parece dicho en voz baja, o pronunciado por una maestra en su discurso de calendario escolar, o leído al pasar en una tapa ajada colgada de la puerta de un quiosco… Voy sumando estas impresiones al tiempo que intento explicar esa lectura que fuera como acomodar las florcitas en un recipiente adecuado, con un poco de yuyo verde aunque no lo necesiten.

El énfasis en el diminutivo, leído entre nosotros agrega cierto matiz de extrañeza, como si se dudara de una traducción, y en efecto no es extravagante para nombre de película (Poppies Are Also Flowers, EE.UU., 1966, de Terence Young sobre guión de Ian Flemming se dió a conocer en español como “Las flores del diablo”). Y Fagiano contó con versiones en video de algunos de los poemas del libro proyectadas durante la presentación [disponibles en You Tube: “Poética de los materiales” y “Pequeños piratas”], lo cual dice algo acerca del carácter traslaticio atribuible al símbolo vegetal que organiza el libro. Hay algo más: la tapa del volumen reproduce un detalle de acuarela de Oscar Robledo, el artista plástico puntano radicado en Río Cuarto donde murió en 2009, a quien el poeta dedica la obra; son entonces, también, un manojito de flores en memoria del amigo, señalando al ausente. Y son “del diablo” —con ese énfasis argentino que subraya algo entre el pudor y la ansiedad— no porque sean (arriesgamos) muy chiquitas o silvestres, apenas visibles, sino porque así de insignificantes tienen vida. La tensa impostación de la expresión que nombra estos textos refugia en lo declaradamente menor, cortado y casi ajeno lo poco que se puede afirmar de la vida, aun en versos.

Ni Virgilio, ni Pavese, ni Bukowski —las tres voces poéticas de tonalidad dominante, en mi opinión, entre las que se ofrece la materia sutil del conjunto— lo desmienten: la sombra o la distancia que nos separa de los demás es remota y estéril o es una infancia; y así aparece un centro desde el cual los poemas van y vienen como apenas tentados por una brisa de ángeles caídos:

La mano, indiscreta,
escribe y traduce esas ondas
al soplo de un papel: yace ahora,
aprisionado en su blancura, el exacto
y ambiguo rayo que cruza
la sutura craneal de los pensamientos.
(“Tormentas”)

Siente temor por aquellas miradas
que vociferan extraños cascotes del habla,
murmullos de nebulosa estima, marchitas entrelenguas
desgastadas por el llano transcurrir de las palabras.
(“El ahorcado”)

Complementariamente con el cuidado por la definición de las imágenes, la dimensión sonora de los textos aprovecha el rechinar de las cadenas oxidadas de las hamacas de la plaza o el tic tac de un reloj familiar; recupera de las capas más hondas de la memoria cierto mecanismo cancelado que el trajín cotidiano fija en su desgaste. Y entonces las ondas, (otra vez) vienen y van de la espontaneidad o el descuido a un esfuerzo rítmicamente (¿filosóficamente?) ponderado, como si los poemas de este libro pudieran salir corriendo de una punta hasta la otra de la vida:

Hamácate niña, perfora el ojal del cielo
con tus pétalos de sueños, dibuja
aquel péndulo que acerca y aleja ramilletes de ternuras.

Hamácate, brinca en el aire
con la inocencia de un ángel que no se sabe,
cultiva el jardín del círculo, multiplica
las flores de tus gestos, rasga el aire de la tarde
con la vibrante cadena de los parques, desgarra
con ese sonido todos los miedos.
(“Canción”)

Como esos objetos que se tienen
y se creen propios por siempre.
(…)
la mujer pulsera
se ha dsprendido de nuestra muñeca.
(“Los relojes y las mujeres”)

Considero que lo logran y al llegar allí, al punto definitivo de una conclusión más que aparente, se oye el obturador de una cámara de fotos:

(…)
una docena de años de gracia
antes de conocer el dolor
que regala la vida y fortalece el conocimiento.
(“Las florecillas del diablo”)

Para los lectores que lo buscan, este conjunto de poemas es un nítido registro literario de las despedidas entre generaciones escrito lejos de Buenos Aires. En ese manojito de flores anónimas Marcelo Fagiano encuentra el poder de lo que se abre y libera, aun implícito en la perplejidad de lo recóndito que —siguiendo al Cartógrafo que resolvió la contratapa— vuelvo a citar: “Las llaves del cielo se clavan, / se atornillan, se cuelgan, se pintan / y no se sabe qué abren o si algo cierran / en la conciencia de los hombres”.

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5 respuestas a Las florecillas del diablo, de Marcelo Fagiano

  1. Marcelo Díaz. dijo:

    Una lectura lúcida, una síntesis entre emotividad y forma sobre un texto cargado de sensibilidad.

  2. Suny dijo:

    Hermoso el poema de la hamaca. Y genial el comentario, tan lúcido y sencible, de mi colega Mary. Hace mucho que no leía algo tan bueno en estos blogs.

  3. antoniotello dijo:

    Excelente comentario para un libro hondo y delicado, tan propio de Marcelo Fagiano, poeta de una generación no sé si única, pero si magnífica, de jóvenes poetas cordobeses. Enhorabuena.

  4. Pedro Centeno dijo:

    Un poemario GENIAL!!!

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