Cacería, de María Teresa Andruetto

María Teresa Andruetto: Cacería.
Mondadori, 2012. Cuentos.

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Cacería es el título “mondadorizado” de lo que puede leerse como una edición ampliada de Todo movimiento es cacería, colección de cuentos que María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, Córdoba, 1954) publicara originalmente con el sello cordobés Alción. A los ocho cuentos incluidos en aquella edición de 2002, aquí se suman otros cinco, en perfecta armonía con los anteriores. Respecto del cambio de título, no me consta si la iniciativa fue de la autora o si se trató de una sugerencia del editor; si éste fuera el caso y por si Mondadori tuviera en mente reeditar alguna vez a Hemingway o a Proust, quisiera dejar asentado en actas que Campanas no es un mejor título que Por quién doblan las campanas, ni Tiempo resulta más pregnante y conmovedor que En busca del tiempo perdido.

“Todo movimiento es cacería” es un verso de Amelia Biagioni que Andruetto eligió para abrir el cuento del mismo nombre. Es el primer relato del libro, y su clave es la voluptuosidad. En él, Diana (nombre de cazadora) junto a otras dos mujeres dirigen un club de “Acompañantes gordas. Gordas dispuestas a todo”: así dice el aviso clasificado que publican en los diarios. Esa obesidad que atrae a ciertos hombres es el camuflaje exterior de segundas intenciones que recuerdan el famoso comportamiento de aquellas arañas apodadas “viudas negras”.

El músculo que mueve el segundo cuento —“Los rastros de lo que era”— es la mezcla deliberada de los tiempos verbales. En ese pasado-que-entronca-con-presente-que-entronca-con-pasado se cifra la angustia de la protagonista, una exiliada de la época de la dictadura que intenta un regreso al país. De ella se dice lo siguiente:

“Más que el dolor, la paralizan los recuerdos que tiene almacenados y no puede desechar. Si le fuera posible suprimir la memoria, acabarían de un soplo no sólo los horrores pasados, sino los que vendrán; pero no se puede.” [p. 45]

No se puede prescindir del pasado. Esta misma imposibilidad —y su consecuencia lógica, la de convivir en permanente contacto con nuestros más dolorosos recuerdos— es la que vertebra buena parte de los cuentos del libro, como por ejemplo “Cuervos sobre una chiva”, donde una mujer postrada recuerda su temprano inicio en la prostitución; o “La vibración del universo”, en el que una ex profesora de música —que hoy vive en un asilo para ancianos— carcome su presente a fuerza de recubrirlo con la memoria de sus mejores épocas; o “Una razón para irse así, sin decir nada”, en el que una mujer conduce por la ruta mientras desde su pasado la muerte se solapa con el presente para así ir acorralándola. Hay otro cuento que no necesita más que el título para demostrar la misma vocación: “Pasado perfecto”.

En mi lectura, encuentro que el anterior es el concepto central de este libro de Andruetto. Esta forma de leerlo tal vez quede a la sombra de otras más dispuestas a aceptar de entrada los lineamientos que la propia autora expone en su nota inicial, especialmente el de su “doble exploración de género: femenino y cuento”. Por supuesto que la perspectiva de género es omnipresente (como muestra basta ver uno de los mejores cuentos del libro, “Sola por algunas horas”, donde una ex profesional de la Publicidad quiere volver al trabajo luego de quedar entrampada como un “ama de casa desesperada” tras su matrimonio), pero justamente por la mediación de esa nota inicial, el lector verifica esa faceta, no la descubre. En cambio, en mi caso el concepto que destaco se dejó descubrir por sí solo, y eso provocó en mí el demorado placer de todo hallazgo paulatino.

En otro caso que sostiene esta línea de lectura, el tiempo y la revisión madura del pasado —con sus cosas buenas y malas— puede llevar a “La felicidad”, que también es el título del último cuento del libro. Durante un paseo idílico por las sierras de Córdoba, la narradora repasa cada momento de su vida en pareja, los escalones que la llevaron hasta ese presente ideal. Al ir pasando sus páginas cada vez con mayor velocidad, quise que Andruetto se convirtiera en esa heroína capaz de narrar una felicidad completa, una alegría que fuera más allá de esa vocación por la tragedia tan presente en la mayoría de los escritores. La denegación de mi deseo no implica una mala resolución del cuento, pero me hizo volver a pensar en este pasaje de Ursula K. Le Guin (de su cuento “Los que se van de Omelas”):

El problema es que nosotros padecemos la mala costumbre, alentada por los pedantes y los intelectuales, de considerar la felicidad como algo más bien estúpido. Sólo el dolor es intelectual, sólo el mal es interesante. Ahí radica la traición del artista: negarse a aceptar la banalidad del mal y el terrible aburrimiento del dolor. Si no puedes ganar, únete a ellos. Si duele, repite. Pero alabar la desesperación es condenar el deleite, abrazar la violencia es perder todo lo demás. Ya casi lo hemos perdido todo; ya no podemos describir a un hombre feliz, ni celebrar ceremonias alegres.

Entre los cuentos más nuevos, me conmueve “Un hombre viejo a la orilla del camino”, cuya última línea (incluso diría: su última palabra) es un sablazo que corta varias fibras íntimas del lector, llenándolo de indignación y vergüenza ajena. En este cuento vale destacar también el paisaje elegido: si —por ejemplo— en las ficciones ambientadas en Europa Central nunca faltan bosques de abedules, en las de la provincia de Córdoba es la soja la que de a poco se va volviendo una presencia inevitable en sus escenografías imaginarias.

También valoro la ternura y la modestia de un cuento como “Lavado, depilación, limpieza de cutis”, que como indica su nombre transcurre en una peluquería. Su humor fue el responsable de acercarme a esta autora y este libro (había leído ese cuento en la antología de autores cordobeses titulada Cuentos de Babel [Babel, 2007]).

Completan el libro “Happy Birthday”, “Lo dicen para que oiga” y el ominoso discurso titulado “La muerte de las aves”, quizás el más ajeno al conjunto; éste último destila una creciente carga alegórica para finalmente cuajar en una concreción siniestra. Hablando de finales: otra característica común a la mayoría de estos relatos es que tienden a la redondez, es decir, buscan ese clic al final que cierre bien cada historia.

Cacería de María Teresa Andruetto abona la idea de que un buen volumen de cuentos siempre es más que la mera suma de los relatos que contiene. Esta sensación se puede proyectar en el lector por distintas vías: a veces se da mediante una variedad y una inventiva tan disímil entre los relatos que su abanico produce la sensación de una imaginación libérrima, sin fronteras; otras veces, como sucede en este libro, se consigue por la selección de algunos conceptos sólidos, por el tono y el estilo parejo con que esos conceptos se trabajan, por su consistente paleta temática y por el pulimento final que consigue el oficio de los años.

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