Ruta de colisión, de Marina Colasanti

Colaboración de Maricel Palomeque~ |

Marina Colasanti: Ruta de colisión.
Edición bilingüe (traducción de María Teresa Andruetto).
Ediciones del Copista, 2004. Poesía. [1]

En esta ruta de colisiones, acaso el primer impacto sean las voces: la de la autora Marina Colasanti, en portugués de Brasil, y la de su traductora al castellano de Argentina, María Teresa Andruetto. Al amparo de una noche fresca en el patio del Cabildo, convocadas por el Festival Internacional de Poesía, ejercen el poder de la palabra. Una vibración bilingüe rebota en las paredes de adobe y se filtra en el silencio de los que escuchamos, como adormecidos por el candor. Una experiencia poética, amable por donde se la mire.

Ellas son amigas desde hace tiempo. Comparten el oficio de escribir para niños, para jóvenes, para adultos, como también la militancia de una literatura “sin adjetivos”: que no repara en las modas, en las demandas del mercado, en los editores o en la escuela.

Marina reside actualmente en Río de Janeiro. Hija de padres italianos, nació en Eritrea, un país de África cuya extensa costa limita con el Mar Rojo y que fue colonia de Italia hasta la Segunda Guerra Mundial. Por eso ella dice que fue una hija de la guerra: “Ya los Aliados habían ocupado el sur de Italia y venían subiendo; nosotros estábamos en el norte, en la ciudad lacustre cerca de la cual Mussolini, en plena fuga, fue descubierto y ajusticiado por los partisanos ” [2]. La familia Colasanti llega a Brasil en 1948.

Curiosamente, María Teresa Andruetto es hija de un partisano piamontés que desembarca en Argentina ese mismo año, por las mismas razones. “Me fueron narrados con persistencia los cuentos y las cuentas del desarraigo, los costos de pasar de una cultura a otra, de un mundo a otro. Volverse adulto es también haber migrado”, dice la autora cordobesa en Pasajero en tránsito.

Al momento de traducir, entonces, se han puesto en juego no solamente las palabras en su estricto sentido semántico y musical sino también una cosmovisión particular, empática, poética que abarca a las autoras y a sus mundos.

La poesía de Marina Colasanti no pide permiso para pasar. Ingresa sin protocolos, vestida de entrecasa, y con la gracia y agudeza de lo cotidiano se instala en la primera fila frente al escenario de emociones. Ruta de colisión es la mirada de una mujer madura que vuelve la vista atrás iluminando algunas escenas por entre la oscuridad y el silencio en la que reposa su pasado. Los viajes, la pareja, la conciencia de la muerte propia y la ajena, la infancia, todas temáticas indispensables para lograr un recorte autobiográfico en formato poético:

Frutos y flores

Mi amado me dice
que soy como una manzana
partida en dos.
Yo tengo las semillas
es verdad.
Y la simetría de las curvas.
Tuve un cierto rubor
en la piel lisa
que no sé
si todavía tengo.
Pero si en abril florece
el manzano
yo hecha manzana
y por demás madura
todavía me despliego
en flores blancas
cada vez que su daga
me traspasa.

Como las casuarinas que describe “que no son un bosque/pero cuando el viento canta/ entre las púas/forman un coral”, de esta forma se plantan, armónicos, musicales, hondos, los poemas que transitan la ruta y que en seguida logran conmover.

Porque en el recorrido de una mujer madura hay tiempo de sobra para detenerse a mirar. Con nostalgia, humor o erotismo va tamizando la palabra y la imagen, logrando un ritmo narrativo de impecable precisión. Por esos ojos claros, los de Marina, ya ha pasado el horror y la miseria de la guerra Atravesando el río Po. Ya se ha tirado abajo una casa, ya se ha dormido sobre un tatami. Ya se han despedido los amigos y los deudos: Con mansedumbre de lago/ la muerte/ está lamiendo a mi amiga (“Todavía resiste”); Va mi auto/ lleno de fantasmas/ parientes míos vestidos/ de etiqueta/ ya todos muertos/ y todavía vivos allí/ con sus sonrisas/ su edad dorada (“Fantasmas al son de Bizet”). Para huir de la muerte/ mi amiga/ usaba la bicicleta./ Pedaleaba en el Parque/ en la Avenida. Pedaleaba en las tardes creyendo pedalear la vida. (“Bicicleta azul en las calles de Nueva York”).

Por esos ojos que miran hacia atrás, sin temor a escarbar en heridas del pasado, también se ha sincerado el dolor: Pertenezco a la eterna estirpe/ de las traicionadas/mujer que teje e hila/ mientras el macho/ afila mentira y gozo entre las piernas de otra (Hematoma de infidelidad”).

No sólo se chocan los bordes de la vida y de la muerte. En la ruta que plantea Marina Colasanti los recuerdos tienen una cronología flexible, desordenada, que avanza y retrocede en el tiempo. Tienen la dosis exacta de lucidez y delicadeza. Y el poder —maravilloso poder— de colisionar con la sensibilidad del lector. Antes de pasar a la siguiente página, es necesario hacer una pausa, respirar profundo, y otra vez, dejarse llevar…

Ruta de colisión

¿De quién es esta piel
que recubre mi mano
como un guante?
¿Qué viento es este
que sopla sin soplar
encrespando la sensible superficie?
Por fuera la corteza ajena
adentro la pulpa
y entre las dos la distancia
que me atropella.
Pensé que entraría en la vejez
por entero
como un barco
o un caballo.
Pero me sorprendo
joven vieja y madura
al mismo tiempo.
Y todavía aprendo a vivir
mientras avanzo
por una ruta en cuyo final
la vida
colinda con la muerte.


Notas:
[1] La edición de este libro, delicada y poética como su contenido, recibió el Premio Alberto Burnichón al libro mejor editado en Córdoba 2003-2004.
[2] COLASANTI, Marina. Fragatas para tierras lejanas. Conferencias sobre literatura. Ed. Norma. Bogotá, 2004.

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