La tumba de Faulkner, de Daniel Groisman

Colaboración de Diego Fernández Pais~ |

Daniel Groisman: La tumba de Faulkner.
Alción, 2010. Cuentos.

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Escuché el grito, por primera vez, entrando por
los poros de la ventana: “judío”, “judío”, “judío”,
con un eco agresivo pero a la vez caricaturesco.

Daniel Groisman, “El albañil judío”

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De acuerdo a la información que uno puede encontrar en la web, dado que nada se dice al respecto en la solapa, La tumba de Faulkner es el segundo libro de Daniel Groisman. Publicado por Alción en 2010, bajo la tutela de Juan Maldonado (uno de los editores más perspicaces que tenemos en la ciudad), este conjunto de cuentos se revela como una perla de la escasa literatura cipaya, liberal y gorila que se escribe en Córdoba.

El autor, nacido en 1983, estudió Ciencia Política en la Universidad Católica de Córdoba, y en ese movimiento se cifra otro gesto de correspondencia entre la literatura y la vida, entre su viaje hacia lo Otro y el conflicto con la tradición hebrea. En una entrevista que el periodista Marcos Calligaris le hizo para su blog personal, mientras conversan sobre el título de la obra, Groisman declara:

“En un principio pensaba llamarlo Judaimon, significante que de algún modo, al traer a escena los demonios (daimon en griego tiene ese sentido), nombra mi relación conflictiva con el judaísmo. Una conflictividad que para mí tiene un sentido productivo y no peyorativo, porque allí está implicado el amor. Es que la herencia del judaísmo es demasiado grande como para poder aceptarla sin más, sin alguna protesta”.

Algo muy parecido puede leerse en la contratapa, donde un fantasma confiesa que nos encontramos ante la pseudobiografía de un joven al que “se le presentó un mundo dicotómico: judaísmo o jamón”.

Hasta el momento todo es exactamente como la tradición lo indica, incluso la rebeldía juvenil y el espíritu de reproche a la herencia demasiado pesada. Tan es así que, con total atrevimiento, este juvenilia tampoco teme disparar contra el american dream: “un niño que fue a Disneylandia tres veces y que tomó té con el presidente Ronald Reagan en su casa de Ilinois, no puede salir indemne”. Ni bien nos adentramos en las primeras páginas, ya no cabe ninguna duda: su flirteo con la gauche caviar es algo deliberado. Es muy probable que, cuando se canse de escribir libros de cuentos, Daniel Groisman empiece a publicar columnas de opinión los domingos en el diario La Nación. Como su colega Mempo Giardinelli.

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Ida: campus, histeria y literatura

Los dos primeros cuentos de la serie, titulados “Cofradía” y “La tumba de Faulkner”, narran en clave pop las desventuras sexuales de un estudiante internado en un campus universitario de Oxford, Mississippi, al sur del Imperio norteamericano, siempre inmerso en una muy bien (di)simulada decadencia. En los dos textos Groisman recurre a todos los tics propios de la literatura manhattaniana (¿palermitana?, ¿nuevacordobesa?) que, durante los albores de la década menemista, tan defendida fuera por las huestes de Rodrigo Fresán: literatura del yo (Bellow, Roth), vitalidad narrativa (Salinger) y estética del perdedor (Hemingway, Bukowski). Es ostensible que el autor se formó leyendo sonetos clásicos, porque sus frases suelen ser armónicas y guardan un cierto equilibrio poético. Otra cosa sucede con el argumento, que a veces resulta bastante trillado.

En el primer párrafo el narrador nos confiesa que todos los personajes son liberales: “y la misma mención del vocablo ‘pareja’, ‘esposo’, ‘novia’, ‘compromiso’ e incluso ‘amor’ provocaba una sensación de emparedamiento”, figura retórica que claramente remite a la foto de tapa, en la que un niño entre gótico y kafkiano intenta desgarrar un muro, un bloque, un ghetto mental edificado con ladrillos de prejuicios adquiridos, heredados; seguro también involuntarios. Uno de los personajes, de apellido Mangold, es un magnate judío que intercede ante la embajada argentina en Washington porque tiene un padre “desaparecido misteriosamente” durante el tercer gobierno de Perón. Y acá, quizás sin proponérselo, Groisman se lleva todos los premios del progresismo blanco. Un golazo digno de envidia: recreando una famosa escena de Los Simpsons, el escritor no pone el foco en los desaparecidos del Proceso de Reorganización Nacional, sino en los desaparecidos del tercer gobierno de Perón, en los desaparecidos de la Triple A (que seguramente fueron pocos, ya que por aquellos años todavía se estilaba devolver los cadáveres); ojalá se me hubiera ocurrido antes a mí, un excelente fósil, una excelente postal de lo que supo ser el perfecto antiperonista: alguien que padeció a todos y a cada uno de los gobiernos de ese signo como si hubieran sido unos sesenta años de permanente dictadura. Lo suyo no es de conservador, sino de reaccionario. Y un reaccionario, en última instancia, es un progresista encubierto: ambos coinciden en la disconformidad con el presente.

Breve resumen: el personaje toma mucho alcohol, se la pasa leyendo encerrado, y cuando sale es para levantarse minitas. Pero, como ya sabemos, las minitas del departamento de escritura creativa (las minitas –jóvenes o viejas– letradas) son todas unas colgadas.

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Interludio: poesía deleuziana, chill out tradicionalista

Luego el autor nos ofrece un interludio de desahogo. Una refrescante pulsión narrativa, desprovista de todo tipo de sentido, poco a poco comienza a acumularse de manera primitiva, casi febril. Y a su vez, bajo un alucinado disfraz musical, aparece más crudamente tratado el tema de la tradición: los espejos de Bioy y Borges, la escritura como un acto religioso, el “Otro” de Rimbaud. Groisman, a diferencia del Imperio, no lo puede (di)simular: es un romántico.

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Retorno: el judío y la mercancía

Toda basura antisemita, en algún momento de su podrida existencia, debería admirar a Carlos Marx: uno de los más lúcidos críticos del judaísmo. Pocos –entre los que, por supuesto, no cuenta Federico Nietzsche– supieron atacarlo con tanta inteligencia, con tanto conocimiento de causa, con tanta autoridad e impunidad. Daniel Groisman, sin embargo, no se decide a emular al responsable de El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Si en Marx el capital es el gran motor de la historia, en la cosmovisión espiritual del autor una heladera se convierte en el muro de Jerusalén frente al cual un padre se inclina “con la Torah en la mano”. Es decir, con la Constitución.

“Link” (nombre que no sólo remite a la web 2.0, sino también a la metaliteratura y a la referencialidad), “Un dilema cárnico” (que se abre con una cita de Bob Dylan: “Helpless like a rich man’s child”, y que cuenta la trágica historia del adolescente que, por culpa de la barbarie de un empleado de su multimillonario padre, es succionado por la sierra eléctrica de una carnicería y acaba en el hospital con las dos piernas amputadas), “El albañil judío” (¡ah!, la imprescindible deriva hacia la proletarización), son algunos de los cuentos que componen este último tramo de La tumba de Faulkner. Los argumentos, en contraste con lo que sucedía al principio, son francamente buenos. Las obsesiones se repiten: la difícil relación con el Padre y la Madre, “una infancia iluminada por el brillo de la mercancía”, la eterna errancia. Algunos paisajes neblinosos, siempre ubicados en ultra civilizadas ciudades de la Europa del Este, denotan que nos encontramos ante las ficciones de un exquisito escritor de vocación (y posiblemente también ascendencia) judía-alemana. Un escritor que, si simplifica y arriesga un poco más, puede llegar a dar la nota.

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Este trayecto de ida, interludio y retorno configura una válida metáfora de la literatura de Groisman y su problema con la tradición: aunque uno quiera, aunque uno se esfuerce, nunca puede librarse de ella, nunca puede salirse de ella, así como nunca puede uno librarse o salirse de Dios. Una pared, un muro sobre el cual a cada instante se dibujan miles de grietas ilusorias, encierra por completo a esas ruinas circulares que solemos confundir con el concepto de “mundo”. Pero el ser, recordemos, no acontece dentro del “mundo”. El ser acontece fuera de sí: en los bordes, en la órbita, en lo desconocido. Es que, en realidad, yo soy el otro: “Miro el espejo, no, no miro el espejo nada, el espejo me mira a mí porque yo soy un espejo que se mira”. Daniel Groisman, si finalmente se atreve a verlo, también es el Otro: un nazi, un latino, un gaucho, un peronista.

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