Llueve, de Iván Ferreyra

Colaboración de Marcelo Dughetti~ |

Iván Ferreyra: Llueve (instrucciones inútiles
para abrazarse)
. Ciprés, 2011. Poesía.

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La narrativa es una excusa para entrar al país de la poesía sin mayores preocupaciones de la forma y la tradición. Un pasaporte venenoso, un regalo griego para los lectores que esperan solo enumeraciones. En Llueve se narra, se hace poesía y como hace tiempo viene pasando se borran las fronteras. También es cierto que si los poetas entran al país de los narradores, será siempre como espaldas mojadas, con la posibilidad de ser deportados y siempre a un tiro de fusil de los perseguidores de la región. En ese campo la poesía es más noble; se parece a la isla que imaginara Moro. Se hace permeable a las nuevas voces y acepta mas amantes que un califa.

Sin embargo, como dice Pablo Anadón, a la tradición hay que conocerla. Más allá de esto, no deseo exigirle a Iván Ferreyra que escriba Llueve sabiendo donde ubicarse, como un triste personaje de opereta. Prefiero las mil máscaras que para un carnaval infernal este diablo de Oruro ha elegido: el coleccionista de pies; el gladiador de los travestis; el futbolista roñoso y enamorado de la gresca; el Karamazov que no leyó a Dostoievski; el nazi puto; el que ama las mujeres sin piernas; el lobo de niños o el cazador de hienas; el que te regala una cajita musical y te corta el asado; el que vigila mientras duermes tu respiración desacompasada; el sucio, el malo, el feo. Iván, el terrible. Un demonio que espera en la lluvia la puerta mágica del infierno para entrar al pozo que se ha construido y del cual emerge cada día con más violencia. Esa violencia que es el agua de los ojos, cuando están obligados a ver infinitamente. El agua que pasa de vaso en vaso y se sirve a un hijo sentado a la mesa cuando ya esta fría.

No es el dolor literario el que se espesa en este libro. Entiendo el plan, creo en los planes para no balbucear sobre la piedra, la poca sangre que es valioso esmaltar al sol. Pero hay algo más que eso en Llueve. Algo más que un plan mezquino. Hay otro terrible monstruo creciendo en la laguna, como dice la canción. Ese monstruo es el que el autor conoció buceando en desagües de barrio y pueblo chico, cuando regenteaba una wiskería y apaleaba la sordidez de esas “crueles provincias”. Ahora paro la pelota y te digo: si me lo diesen a escribir, no insistiría en la lluvia para cada remate… Pero llueve sobre los que maquillan niñas muertas. Sobre las mozas que presienten al asesino de sus hijos. Sobre los hondos fracasados que buscan el asiento de atrás del colectivo y ruegan a la vida no tener que moverse. Sobre mujeres gordas llenas de spray. Sobre el pozo que el maldito se ha construido para saltarle a la vida. Sobre los ojos tristes de los amantes “bombeando” como máquinas cuando ya no queda nada más que la lluvia y lo que el poeta ve. Algo de las películas tipo Irreversible, de Gaspar Noé, lo garronean al libro. La svástica rosa es un hallazgo del lenguaje del cine.

El paroxismo de la sangre y el dolor están en “Want distortion” uno de los pocos poemas del libro donde no llueve. Porque el otro donde la lluvia no se dibuja en el remate, es justo donde el personaje dice estar completo, dice haber encontrado la pieza que faltaba, la puta, su puta, la mujer con la mochila llena de esmalte. La salvaje puta de las piernas largas que lo busca y lo hunde y lo resucita. Llueve es también una historia de amor, los ingredientes funcionan como para una novela de una mujer rompecabezas que el narrador se construye despedazando la bella petera de silla de ruedas; o la de los lentes ochentosos; la de las piernas largas y sexo blanco; la mayor que vence por detrás el estrés que el marido le da por delante y acaricia a sus hijos llena de semen y revancha; la chica dura que “amamanta con la concha”; la que aparece al final para salvarlo, para encajar en su perverso puzzle. El mismo que armamos todos, el que esperamos completar (será quizás esa la cuestión principal de Llueve: la incomunicación que produce fagocitar al otro en pos de lo que nosotros consideramos la vida).

El libro presenta los poemas con títulos a manera de separadores de un video clip. Hay mucho de esa forma de mirar en la poesía de Ferreyra. La tapa anuncia con el fondo caótico de las máscaras que alimentamos entre todos, que aquí se encontrarán instrucciones inútiles para abrazarse, y es fiel a lo ofrecido. Llueve es un territorio de desesperación y usted puede elegir abrir la tapa del pozo y arrojar su existencia a las tripas del averno. Eso ya es cuestión de cada uno. No vaya abrigado ni desnudo. Allí la nieve arde, el fuego hiela y la lluvia desaparece.

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