Canon de alcoba, de Tununa Mercado

Colaboración de Alfonsina Clariá~ |

Tununa Mercado: Canon de alcoba.
Ada Korn Editora, 1991. Relatos.

Pero todavía vibran

No sabría decir si Canon de alcoba de Tununa Mercado es un conjunto de relatos o una serie de sensaciones físicas encuadernadas, es decir, unidas por un hilo que las mantiene juntas.

Se trata, sin duda, de un libro único en su género, conformado por textos que, si bien difieren entre sí, parecen haber sido afinados en el mismo tono, como un “canon”, un conjunto de voces que suenan al unísono.

Esta impresión de diversidad que va configurando un todo, se mantiene y se confirma, tal como si cada uno de de los textos fuera dibujando un solo cuerpo. Siempre anónimo, el personaje podría ser el mismo: alguien que espera, alerta y temeroso, el momento de ser penetrado “por el objeto que sucesivamente lo colma y lo abandona”.

La aventura empieza por contemplar: los objetos y las definiciones que tenemos de ellos son sometidos a una prueba que exige tocarlos, devorarlos, frotarlos contra el cuerpo. Todo pasa por la piel, por los estremecimientos que preceden al gozo. En ese vaivén entre la expectación y la realización del deseo, ocurren las historias.

El juego de gustar, palpar, dejarse invadir por “sudores y fragancias”, convierte al texto en un entramado de sensaciones que hacen de la historia, la memoria y la ficción, un territorio cuya raíz común es la poesía.

Los tópicos o temas que desarrollan los distintos relatos (no todos son cuentos) giran en torno a lo que ocurre entre las sábanas: la soledad, el deseo, el sueño y el amor. Entre esos hilos, se despliegan los otros, los que tensan la prosa de Tununa Mercado. Una prosa que parece originarse en un espacio intermedio entre el sueño y la vigilia, “donde la realidad se apaga y las imágenes, el lenguaje, se encienden como lámparas”. En ese territorio, donde la pura belleza de las formas se desarrolla sin interrupciones ni intromisiones, la autora consigue explorar las zonas más erógenas del lenguaje.

En una entrevista, Mercado se negó a definir su vínculo con la literatura como profesional: “lo mío es placer” afirmó, “puro placer”, tal como una eterna novia que se resiste a formalizar su compromiso. Y en La letra de lo mínimo, otra de sus obras, aclaró que nunca ha dejado de escribir “que el máximo erotismo es precisamente escribir o, si se prefiere, solamente pensar o, aún más, contemplar… que las palabras extraigan y segreguen Eros, por la pura fuerza, ascética y desnuda, del acto de escribir”.

El resultado es una escritura intensa y desbordante. Una escritura no apta para quienes no aprendieron a copular con los ojos, con el tacto, entre las páginas y entre las palabras, esos pequeños seres que “todavía vibran”.

Una escritura que apela a un lector capaz de introducirse entre las sábanas, sin apuro, y de encontrar, entre los huecos del texto-tejido, un espacio para el gozo de la contemplación. Un lector-cuerpo, capaz de penetrar la trama y desbordarla, desbordándose. Porque la escritura, como el amor, exige de “otro” que nos haga “tocar el absoluto para después abandonarnos”.

La puerta de la alcoba está abierta, el texto aguarda, la senda del placer se parece a una ilación de sílabas. Llegar al final, al éxtasis, o al desborde, depende del lector.

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