Tabaco, de Eugenia Cabral

Colaboración de Sebastián Pons |

Eugenia Cabral: Tabaco.
Babel, 2009. Poesía.

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La rabia dura lo que el cigarrillo. / Luego el humo y la ceniza esparcen /
la desmerecida forma de lo que ha sido.


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A la casa se entraba por una puerta de chapa y luego se atravesaba un patio selvático poblado de gatos que sonaban con esa glicerina que les adivinó Cortázar, pero también con algo más. Al fondo, en las viejas habitaciones, había un espejo cóncavo que yo sólo había visto en un cuadro de Van Eyck; había queso con tortilla de grasa para agasajar a los estudiantes muertos de hambre que caíamos de visita; había un pintor obsesionado con el infinito que inventaba miniaturas con birome y liquid paper; había libros dispersos en montones imprevisibles; y, por supuesto, estaba Eugenia Cabral, que con sus homéricos ojos de lechuza todo lo duplicaba: espejo cóncavo, pintor infinitista, hambre estudiantil, gatos, miniaturas, puerta de chapa, libros, yo. En aquellos recintos de sacra profanidad, hace más de una década, grabado por la misma Eugenia en un casete TDK, y con su voz de dulces cortes a la que tan bien le sienta la tonada cordobesa, escuché una primera versión de los poemas que componen Tabaco. A decir verdad, quizá ya era la definitiva y es solamente la lejanía temporal que juega con mi memoria; quizá sólo se trata de una diferencia (o, en sentido derridiano, de una différance, ya que hay un porvenir que desborda los sentidos presentes) entre oralidad y escritura, entre escuchar aquella voz en una cinta que se desgastaba y leer ahora la letra impresa. Es que, en efecto, de ese vaivén, de ese ritmo del fumador (cigarrillo, dedos, boca, aspiración, humo, retorno), ese ir y venir desde la articulación sonora hacia el signo de tinta, de esa llegada y salida de trenes en la escena minúscula y volátil de una estación parisina o londinense, de eso nos habla subterráneamente esta obra. Es una reunión (se congregan en el libro inéditos escritos entre 1987 y 1995) y a la vez una desconcentración: porque el humo es denso sólo por un instante, un largamente demorado instante –y entonces los poemas de Cabral son fotografías oportunas–, a pesar de que luego desembarque, como una multitud urgente, la disgregación: Y yo, que antes admitiera ser fugacidad, / ahora, temía los finales y desgarramientos. / Yo, que dije “estoy sobre la tierra / como la flor de un solo día, / pero que ese día sea perfecto”, / ahora aceptaba líneas indefinidas / esperas agotadoras.

Las dedicatorias son variadas; van del agradecimiento conmemoratorio (Boris Vian) a la atención de la musageta por criaturas de ficción concebidas por otros (Blanche Du Bois), desde la figura de reconocidos poetas como Glauce o Juan Larrea (a quien Eugenia viene dedicando páginas y palabras que rescatan con justicia su obra) a las memorias personales. Pero esos homenajes jamás caen en el mero elogio, así como en otros poemas tampoco la égloga es absoluta, e incluso esa especie de oda que abre el volumen, si bien se asienta en el asunto que da título al libro, si bien borbotea reflexiones que expanden el caporal del tabaco y funda un origen mítico hacia el cual todo verso del libro debería volver para completarse a sí mismo, a la vez se cuida de lo rotundamente clásico con esos pespuntes de vocablos y voces y ritmos propios de líricas contemporáneas (que hasta cierto punto ya son —y, por otro lado, nunca serán del todo— clásicas).

Me referí a los ojos de lechuza de la poeta, a una mirada duplicante, a poemas que son fotografías. En efecto, lo visual rige en gran medida la perspectiva desde la que el tanteo articulador de Cabral devela sentidos al crearlos o recrearlos. Esto es evidente en el extenso poema “Fresco y Detalles de una Escena Argentina”, título que se justifica de inmediato: mujeres divorciadas interrogadas por espectros, hermanas mayores que hablan sobre el tamaño del pene de sus novios, el ancestral temor al padre, blusas que se desabrochan y alientan a emerger como la espuma del cuadro de Botticelli, poemas que se escriben a escondidas para huir de la familia, la ausencia de las imágenes de Perón y Eva en una casa, huellas de pies que se evaporan rápidamente en pisos lustrados. Todo se despliega sin la inmediatez de la foto digital ni las demoras del rollo que debe ser revelado, sino con la sutil pérdida del presente de las imágenes mágicas de las polaroid: fantasmas coloridos que se movilizan hasta plasmarse en la quietud para convertirse en segundos en la “desmerecida forma de lo que ha sido”. Ese extravío inmediato, esa pasión tormentosa de lo que desea prevalecer y siempre deviene, eso que, grabado en el artificio, se espanta pronto del simulacro de eternidad que lo cautivó: así sucede en los textos de Cabral. Como en una filmación cuadro por cuadro, en otro poema se suceden esas embestidas mutuas de lo eviterno y lo fugaz que evaden sabiamente la simplificación dialéctica; se trata, como concluyen los versos, de “Imágenes postrimeras. Aptas para excelente fotografía. / Desvalidas ante el dictamen de insanía. Viejas y locas.

Y siempre el cuerpo se hace presente en la obra de Cabral, como también la mención leve –justa– de una lectura literaria, y el amor sin constancias más allá de la muerte, y la definición intempestiva de un concepto que renace en su poética (“el alcohol: una chanson, un tango, / un negro spiritual / una agresora fatiga de estar triste / como si fuera el último día del mundo / y ya nadie quedara para perdonarte el crimen), y la eufónica convivencia del voseo (siguen siendo más los narradores que lo poetas quienes se le animan) con temas y formas propias de una lírica de geografías y tiempos peregrinos. Todo eso en los ritmos del fumador, en el humo que se eleva por una habitación de techos altos, en las exhalaciones y los rictus encubridores con que Bogart se acompañaba las nostalgias, y Belmondo ironizaba sus alegrías de loco, y Dietrich coreografiaba sus párpados a media asta.

No pude más que imaginar a Eugenia Cabral de estas maneras, escribiendo y corrigiendo el libro, ubicada –a pesar de que los poemas datan de fechas anteriores– a finales de los noventa, fumando en el centro de la noche de esos libros y esos gatos hacia el fondo de ese patio selvático en esa casa con puerta de chapa, rebobinando el TDK, escuchándose a sí misma mientras fumaba, y sobregrabando algún recuerdo, alguna angustia borrosa, algún porvenir saturado; y luego, mucho después, con gerundios más cercanos a nosotros, entre divertida y somnolienta, pegando y pintando papeles de cigarrillos para la tapa de su propio libro. Pero esa es meramente mi escuálida imaginación; Tabaco, obra vigorosa, es muchísimo más.

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2 respuestas a Tabaco, de Eugenia Cabral

  1. Mary Calviño dijo:

    Me gusta la reseña de Sebastián porque conduce a la Eugenia recóndita -atenta y sabia como sus mejores versos- y porque está escrita con la llaneza y el cuidado de una devolución (esa que a veces nos gustaría escribir para los libros cuando nos dan cosas).

  2. Eugenia dijo:

    Gracias, Sebastián. Es muy hermosa. Volveré a leerla.

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