Soja en las banquinas, de Adrián Savino

Adrián Savino: Soja en las banquinas.
Eduvim, 2012. Novela corta.

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Soja en las banquinas integra la colección Temporal (narrativa del bicentenario), dirigida por Hernán Arias, editada por la Universidad de Villa María y lanzada, como sugiere su nombre, en 2010. Temporal nació, según indica su página web, buscando realizar una “panorámica de las narrativas de autores argentinos noveles”, situando las ediciones en un momento preciso (el bicentenario) y buscando desde esa temporalidad “hacer emerger una poderosa generación de narradores argentinos”. La colección reúne textos que oscilan entre las 50 y las 100 páginas, lo que de por sí es valioso por atender a una extensión no muy frecuente (ni buscada) en el mercado de ficción; esto sumado al aporte que significó lanzar una colección de narrativa en la provincia desde un sello universitario. Sin embargo, los títulos publicados hasta hoy contrastan un poco con el objetivo enunciado, porque de los siete autores del catálogo (dos de Córdoba, cinco de la Ciudad de Buenos Aires), más de la mitad tienen muchos libros publicados (Ariel Magnus, Mariana Enríquez, Juan Terranova y Sergio Gaiteri, que publicó La moza en esta colección) y dos de ellos, aunque con menos publicaciones, también fueron reconocidos por sus obras (Savino y Ávalos Blacha). Más allá de esta salvedad, quizás la colección a futuro permita conocer textos de autores de la misma generación pero realmente noveles, sin tantas posibilidades de alcanzar la edición.

Con respecto al libro, no puedo reprocharle absolutamente nada, salvo las ganas que me quedaron de seguir leyendo. Soja en las banquinas tiene 55 páginas y, a pesar de terminar pronto (es el único “reclamo” que me nació al leer, algo parecido a lo que sentí con alguna película de Jim Jarmush), ofrece una estructura que se adecua a la trama, una voz narrativa sólida y tres o cuatro escenas memorables, que se ofrecen como retazos de una memoria a veces de corto plazo, casi del momento, y a veces más sedimentada y lejana, que en el tránsito pasado-presente logra su cometido.

El relato comienza con una narradora-protagonista (Andy) regresando “al pueblo” para despedir a su padre muerto. Su regreso va más allá del velorio y del posterior entierro porque desde cero anuncia que vuelve para quedarse y acompañar a su madre; en un doble movimiento, esa primera situación de pérdida se solapa con una serie de reencuentros. Volver a la gente tan y tan poco conocida; a la cotidianeidad de la casa parental, a los recuerdos.

La memoria del pasado en el pueblo comienza a contrastar con la (nueva) realidad a través del registro que eligió Savino para la narradora: la escritura de un diario en el que se establece la primera persona, íntima y concreta, sin pretensiones.

Cada “entrada” del diario, encabezada por una fecha (el relato transcurre a lo largo de casi dos meses), despliega una voz clara y coloquial pero no por eso llana. Uno de los aspectos más interesantes del libro es cómo la voz narrativa, sin efectismo ni jugarretas, va desocultando día tras día el cinismo y las zonas oscuras que subyacen a la atmósfera inicial con una naturalidad que parece tan ajena como a veces exasperante. En el registro diario de la narradora no hay búsqueda de drama sino todo lo contrario, como tampoco hay crítica ni condena frente a las conductas de las personas ni a las rutinas de funcionamiento del pueblo. Y es eso mismo lo que genera extrañeza.

Encuentro un gran mérito, entonces, en las decisiones que tomó Savino para recrear el misterio que muchos percibimos en el interior cordobés y que nunca terminamos de nombrar con suficiencia. Soja en las banquinas se inserta en esa conjunción de terreno y clima indecibles que brota en los pueblos de la pampa gringa, fértiles como ninguna otra tierra argentina pero irremediablemente ralos en la superficie. Una esencia contradictoria y emparentada, en algunos puntos, con localidades de la estepa patagónica en las que la ausencia de relieve se impregna en las personas, aunque en la estepa todo se ofrezca seco debajo y sobre la tierra. Andy, la narradora, tarda sólo unos días en asimilar esa ausencia de relieve y así incorpora un ritmo y una máscara particulares; de a poco su voz y su cuerpo son absorbidos por el paisaje y comienzan a reproducir una impunidad localizada, exenta de todo cálculo urbano pero siniestra como los silencios del entorno.

Una de las cosas que más disfruto al leer narrativa es la sensación de pericia en las voces, y por tanto en el trabajo de los autores. Pericia que no nace de las gambetas y el virtuosismo desmesurado, sino del “simple” hecho de saber narrar: la habilidad de lograr que el lector no atienda al narrador; que el texto, en sí mismo, desarrolle la trama por encima de toda maniobra. Parece simple pero no lo es: cuesta lograrlo, es importante y básico al mismo tiempo. Savino aquí cuenta una historia en la que una mujer comienza a escribir un diario el mismo día que entierra a su padre. Una mujer que encuentra certezas donde a primera vista no parecen estar. Ese gesto inicial, y la forma de llevarlo a cabo, sirven para infundirle al texto una presencia íntegra, llenadora y tramposa, porque el clima creado es tan denso y a la vez oreado que me llevó a pedir (la exigencia posterior al disfrute) más páginas, más escenas inmersas en silencios, más tiempos muertos. Una trampa amable en la que terminé exigiendo esa muerte suspendida y dilatada que habita el alma de los adultos en los pueblos.

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