El tiempo en Ontario, de Eloísa Oliva

Colaboración de Guillermo Bawden~ |

eloisa

Eloísa Oliva: El tiempo en Ontario.
Editorial Nudista, 2012. Poesía.

Un viento frío, un paisaje urbano predominantemente blanco, es lo primero que se viene a la mente si uno piensa en el tiempo en Ontario. Pero el clima no es aquí el detonante, aunque haya nieve y sobrevuele ese gusto a soledad que suele asimilarse a cierto tipo de clima. Los personajes de El tiempo en Ontario de Eloísa Oliva (Ed. Nudista, 2012) se mueven entre el deseo que se ubica fuera de sus trabajos y la pesadez de sus tareas en el siempre uniformado y “uniformante” call center. Eloísa fue supervisora de llamadas en un call, donde entrelazó voces y personas que son los ejes y los protagonistas de cada poema. Ella misma está en el libro, sumergida en esa experiencia, en “Eloísa” podemos tal vez divisar la génesis, la voluntad del libro:

Su computadora es
sólo el principio de
todas las voces, de
todas las historias.
Hasta las cuatro, escucha.

Pero no sólo los escucha, ni se limita a subjetivar a esos trabajadores ensimismados en objetivos y desempeños telefónicos. Eloísa señala cómo llegan a cumplir sus horarios en motocicletas, en colectivos, o “…en un trolebús, hecho en Rusia”, pero también marca cómo desean el escape cándido de la ruta y el viento en el rostro. Como se lee en “Kimberly”:

Cada sábado, subida a mi Harley
recorro el asfalto de la interestatal.
Me gusta recibir/ el viento en la cara
olvidarme de todo y/ acelerar, mientras la ruta
se deshace, metro a metro, bajo las ruedas.

H. David Thoreau decía que la mayoría de los hombres viven en una desesperación silenciosa; los personajes plasmados en el libro corresponden a ese conjunto. Desean, sueñan, programan, pero están atravesados, hundidos en la escena de su trabajo que amenaza con infectar todos los aspectos de lo que son, de lo que quieren ser. “Vive en Manila, o trabaja/ en Manila” dice como al pasar el poema “Dooper”, donde la equiparación de esos dos verbos es tan terrible como certera.

No hay ánimo de denuncia política en el libro, al menos en superficie, pero en la melancolía que se desprende de los personajes trazados está presente la crudeza del tiempo concedido a sus trabajos. Transacción que es necesaria para conseguir sus sueños de pequeña intensidad, pero que al final parece embeberlo todo. Trabajar en esas condiciones, conectados ficcionalmente con el mundo pero atados a sus planos físicos, es la metáfora final. El tiempo, en Ontario, en Manila, en Córdoba, se nos escurre, fatal. Vivir y trabajar se parecen demasiado. Tal vez, una resistencia, una negativa a esa pérdida sea obtener algo, doloroso, bello, certero. Como hizo Eloísa Oliva al escribir este libro después de pasar su propia experiencia de boxes, computadoras y llamados a todo el mundo.

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