La forastera, de Estela Figueroa

Colaboración de Martín Araujo~ |

Estela-Figueroa-La-ForasteraEstela Figueroa: La forastera.
Recovecos, 2007. Poesía.

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Inocente despiadada
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Además del título del conjunto, “La forastera” es el nombre de uno de los poemas de este libro de Estela Figueroa, el último publicado hasta la fecha. Este poema contiene, en sí mismo, el tono y muchos de los temas y objetos que explora la obra de la santafesina. El tiempo, el insomnio y el sueño, la casa, los cuerpos, la muerte.
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La Indeseada
“¿Qué consuelo ofrecen los libros sagrados? / Ninguno. / Por eso lloro” (“Motivos”).

Parece venir desde muy lejos la voz del poema, embebida de vahos estoicos, de una sabiduría que no batalla pero tampoco se entrega mansa. Es una voz anciana que no deja de tocar el hueso de las cosas, las raíces del mundo. Estamos de paso, remarca la poeta: no hay nada que podamos hacer frente a la muerte [1]. Paradójicamente, en la primera parte de este mismo poema, ante la noticia de la muerte de un amigo, el yo poético acciona. Más allá del ansiolítico, del llanto, de la búsqueda del sueño, la poeta hace: ordena la casa. Acomodar y reacomodar son dos tensiones que animan el mundo de Figueroa.

La muerte es uno de los temas que estructuran La forastera. Abarca desde los ritos burocráticos por el deceso del cuñado hasta el asesinato de un roedor; amarillea una foto sin sobrevivientes y también una sala de hospital; rebota en el patio, en la ciudad inundada, sube con la enredadera, florece hasta el cementerio.

En esta poesía tan vital, tan deseosa, la muerte es bautizada precisamente como el cese de las pulsiones. La Indeseada, nombra Estela. La muerte es parte del ciclo de la vida pero no deja de ser aquello que pone fin a las pasiones. La poeta encarna la figura múltiple de la persistencia. Se llama a sí misma superviviente y la palabra testimonia su potencia, su esperanza. Incluso detrás del velo de la ferocidad.

La poeta vuela en la noche y lo hace, incluso, descarnada: “y soy un esqueleto / que cruza la avenida / colmada de murciélagos”. Y es que “Un muerto no es un muerto es la muerte / Es una visita que ya no vendrá / como no sea en sueños. / Es una casa a la que nunca más iremos / como no sea con la imaginación”. El cuerpo y la casa enfrentan a la muerte, resisten, disputan.

La muerte, de todas formas, es parte de un proceso de transformación de la materia. Es parte de la comprensión de la ínfima condición de lo humano en el caos del universo. En Los huesos de mi padre, esa claridad es implacable: “Ojalá un sepulturero los haya vendido / y haya comido algo especial con su mujer y sus hijos / o se haya tomado unos vinos / en rueda de amigos. / / Y con esos huesos un joven estudie medicina / —esos huesos largos y bien formados— / sin pensar en la muerte”. Que la muerte prodigue: que alimente, que dé vida, que sea vino, que nos haga sabios.

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Permanencia / Fugacidad
Lo que queda, lo que circula, lo que desaparece. Constantemente la poesía de Figueroa gravita sobre las inscripciones del tiempo. En el poema “Fin de año”, elige una figura particular para metaforizarlo: el pájaro. El vuelo, el aire, los materiales de los que se compone el cuerpo del ave (ámbar, ceniza, olvido, fuego, lobo) son la sustancia que completa la efeméride; y conjura las ausencias.

El poema que le sigue, “Mirando una vieja fotografía”, es su reverso y complemento. También interpela al tiempo aunque esta vez el elemento elegido es el fuego. Bomba, incendio, fósforo: estallido de la vida. La foto que captura para siempre (¿para siempre?) los cuerpos jóvenes que ya no están. “La vida se agotó como un fósforo”, escribe. “Y qué rápidamente” remata.

En “Motivos” la poeta propone un diagrama ontológico: “Debemos soportar cuatro sufrimientos esenciales: / el nacimiento / la vejez / la enfermedad / y la muerte”. Esta sucesión se repite, incesante, en la poesía de Estela. El tiempo de la permanencia y la fugacidad se engarza en la noche, se encripta en el verano, se esparce en las glicinas. Y es en el poema que cierra el libro, Esta noche, donde vejez y florecimiento, helada y veranillo, se ensortijan. “Va a helar”, dice. “Ya heló”.

Hay varios poemas en el libro que señalan un momento calendario: “Abril”, “Diciembre”, “Principios de febrero”. Esta literalidad temporal se alterna con los ciclos que urden esa otra marcha, milenaria, circular, sobre la que Figueroa enhebra figuras. El tiempo de la naturaleza, el de las fotos, el de las cartas, el de las memorias de abuelos y padres e hijos que van extrapolándose. Figueroa va de la infancia a la vejez, y viceversa, en un trayecto que intuye a la vida como un todo: una cinta en la que existimos para siempre jamás.

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Los cuerpos perfumados
Invocando a Kavafis, Figueroa broncea los cuerpos masculinos, los descalza y los perfuma. El sexo transita el día y los espacios abiertos con el brillo y la fugacidad del verano. “Un hombre es bueno para una noche. / Cuando amanece es un reflejo dorado / sobre la cama donde se toma café” (“Principios de verano”).

Pero los cuerpos también son carne de estudio. En “Lección de anatomía”, desglosa la materia con sutileza, la mezcla, hace del cuerpo un objeto de sueño: hule, cabeza, respiración, corazón, voz, chasquido, cerebro, oscuridad, muerte, posición, sueño.

“Con la menopausia engordó / y en camisón parece una matrona”, escribe en “Mujer”. Aquí el cuerpo es un temblor del tiempo. Sentado en la cama de la siesta, condenado al recuerdo, “ahora que los amantes se han ido”. En el poema que le sigue, Diciembre, el recuerdo es narrado desde el joven cuerpo del amor. “Es diciembre / y los estudiantes que aprueban / sus exámenes / rompen las hojas de las carpetas / en la calle”. La lección que debe asimilarse y los papeles que deben romperse por el sentimiento no correspondido. “Amanecía / cuando rompí tus cartas, Tasso”. El amor es un aprendizaje en el cuerpo. Como un dolor.

“Donde no hay sexo no hay problemas”, escribe entre los primeros versos de este libro. Y pide descansar, aminorar la marcha, llegar intacta al otoño: después de los efluvios del verano.

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Frutas, animales y sexo
La poeta reclama una cierta sabiduría y exhorta: “Mujeres: tendríamos / que aprender de los gatos. / ¡Cómo agradecen el tazón / que rebosa de leche!”. El cuerpo del deseo se remite a un conocer antiguo y animal. Los animales son certeros, claros, verdaderos.  “Nunca supe qué me quieren decir los ojos de un hombre / cuando me dice que me quiere. / Pero conozco muy bien la mirada de mi perro” (“El nunca”).

El sexo es otra de las fuerzas principales en la poesía de Estela. Como el alma del mundo, domina el reino vegetal y el animal, provoca lo vivo. Y la ausencia. Los hombres que pueblan las historias de La forastera están en movimiento, son movimiento: fugacidad. La línea del primer poema (“Un hombre es bueno para una noche”) se refuerza en el conjunto. Los hombres se balancean entre la caducidad y la falta. “Nunca tuve un amado / que hiciera un largo viaje por los campos para verme”, escribe. “Nunca le saqué las botas a un hombre cansado. / Nunca tuve un amado”. Los hombres fugan: son despedazados como Tasso o yacen bajo tierra, como el padre. Repite: “un hombre triste como yo / me desveló algunas noches y se fue”. “Mujer”, el poema, precisamente abunda sobre “los amantes que se han ido”. Los hombres: carne de evocación.

Y así los hombres, el sexo, se articulan como ausencia y deseo, pero también como necesidad. O mal necesario. El yo poético, entonces, confiesa entregarse “a estas pasiones / que cada tanto / asaltan”. Lo que en otro de los textos, Pequeños asesinatos, cobra un carácter más colectivo: “Es cierto. Nadie / nada escapa / de lo que implica una atracción sexual”. Incluso, cuando la referencia del poema no es a humanos sino a roedores.

Los animales se enlistan y participan del mundo, hacen el mundo. Son seres de fábula, encarnan y simbolizan. Desean. Y son también aspiraciones, posiciones, ideas. Perros, pájaros, peces, gatos, lauchas, lobos, lechuzas. Y además mujeres, insectos, plantas: seres de amor que transitan el goce y sus trampas sin mayor posibilidad de dominar lo vivo [2].

“Tomates rojos / con una hendidura negra. / Limones amarillos / con pezones verdes. / Zanahorias erectas / papas ovales / bananas que yacen arqueadas”, los vegetales también están sexuados. Frutas y hortalizas libidinosas habitan la casa. “Sexo sobre la mesa / donde amaso el pan”. En los ojos de la poeta una orgía vegetal ha conquistado la cocina.

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Casera
La poesía entera de Figueroa está atravesada por acciones cotidianas y, en particular, asociadas a tareas domésticas. Sentarse en el patio, tomar café en la cama, barrer, cambiar las sábanas, leer en la cocina, lavar. Osvaldo Aguirre sostiene que la casa es el motivo central de la poesía de nuestra autora. La casa que es el cosmos. La casa que es lo que construimos alrededor de un corazón. La casa que es el cuerpo y el fantasma [3]. La casa donde somos y hacemos. Alimentar a los animales, colgar ropa en el placard, envenenar una laucha, regar,  acomodar libros, dormir la siesta, amasar. La casa que es la verdad, el espacio de la certeza.

“Pero hice de mi casa un lugar / donde brindo tierna hospitalidad a las plantas y los animales” (“El nunca”). El refugio, el espacio donde la lengua puede desplegarse en el amor y la ternura. Allí donde se desea, se sueña, se recuerda (“Mujer”). Adonde se llora y se silencia y se combate la pérdida (“Florencia se va de casa”).

La casa es, podríamos decir parafraseando a Aguirre, la voz. Los cimientos desde los que se levanta esa mirada pequeña cargada de familiaridad. Intimidad de una voz que por momentos se extraña, se hace levemente impersonal, muta, como una casa en la noche, como un espacio en sombras. El caos espaciotemporal y también las oscilaciones socráticas del yo poético pueden reposar en ese ámbito, real y simbólico, que es la casa que es el bálsamo de la voz. “Pero amo este lugar donde yo duermo / con la ventana abierta / sintiendo el resquemor de los jazmines”. Un lugar para habitar, cantar, darse a los sentidos. Con un perfume tímido y brutal.

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[1] Sin embargo, elige escribir y nombrar: la Indeseada. Y nombrar siempre es una forma de dominio. Pero nos atengamos a lo que la autora argumenta: los libros, la escritura no salvan. Y la muerte, claro, es invencible.
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[2] “Su poesía esboza una teoría del amor a partir de la comparación con el modo en que ciertas plantas se aferran o ahogan o prescinden de lo que las rodea (las plantas y los animales: dos referencias a partir de las cuales reinventa y (re)presenta su mundo íntimo). La imposibilidad de tomar distancia para ver lo que se mira cuando se ama; las cegueras de la pasión que sólo saben de su propio exceso y la inercia que lleva a no poder controlar prácticamente nada de lo que acontece”, escribe la investigadora Analía Gerbaudo en Estela Figueroa y la “nueva poesía argentina”.
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[3] “MI CUERPO // Hay momentos en que mi cuerpo me parece / como una casa abandonada. // Y no sé si soy yo / o es mi fantasma / que ha entrado en él / por error”. De Máscaras sueltas – A capella, Ediciones UNL, Santa Fe, 2009.

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